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LITERATURA

Injusticia poética

HASTA LA IZQUIERDA LITERARIA (SARAMAGO, GALEANO, BENEDETTI) RECHAZAN MANIOBRA DE D. ORTEGA.

Por José Miguel Oviedo

Los conflictos, contradicciones y paradojas nunca han estado ausentes de la vida y la obra de Ernesto Cardenal, quien, a sus 83 años es, sin duda, el más influyente poeta nicaragüense de nuestro tiempo. Su expresión predominantemente objetiva, con escasas metáforas y un timbre oral o documental, más cerca del versículo o la prosa que del verso, tuvo un poderoso impacto a partir de los años sesenta, cuando contribuyó a popularizar la poesía de tono coloquial en todo el continente. Su obra ha pasado -con altibajos- por muchas fases, ligadas siempre a los profundos cambios en su experiencia personal, pero sobre todo a los acontecimientos históricos de su país, América y el mundo, con las culturas indígenas como firme sustrato.

Desde joven, Cardenal fue el paradigma de dos actitudes que no suelen presentarse juntas: la fe religiosa y el radicalismo político, el misticismo y el compromiso revolucionario. Fue novicio en el convento trapense de Gethesemani, Kentucky, donde se sometió a las severas reglas de ese monasterio bajo la dirección espiritual del poeta Thomas Merton, un gran influjo en su formación religiosa. Luego de pasar por otro convento en un remoto lugar de Colombia, tomó los hábitos, volvió a su país, donde fundó una iglesia en Solentiname, y organizó la comunidad indígena de ese lugar, defendió sus derechos y promovió su desarrollo social.

LOS PERROS DE SOMOZA
Cuando los sandinistas derrocaron al dictador Somoza y tomaron el poder, Cardenal -viejo antisomocista- fue nombrado ministro de Cultura. Recuerdo haberlo visitado en su despacho ministerial, cuyas amplias oficinas estaban tan bien refrigeradas que el implacable calor de Managua parecía no existir; Cardenal me explicó la razón para ese ambiente perfectamente climatizado: estábamos sentados justo en el espacio que Somoza tenía reservado para el conforte de sus perros de raza.

Su peculiar versión de la teología de la liberación le creó problemas con el Vaticano (todos recordamos el dedo admonitorio sobre su cabeza inclinada que Juan Pablo II le mostró cuando llegó de visita a Nicaragua) y que terminaron por convertirlo en un sacerdote en rebeldía. También sabemos lo que pasaría, un tiempo después, con la revolución sandinista: los líderes cometieron graves errores, produjeron una inflación de vértigo, olvidaron sus promesas y tuvieron que entregar el poder al perder una elección que creían tener ganada. Varios intelectuales y líderes sandinistas -el novelista Sergio Ramírez, la poeta y narradora Gioconda Belli, entre otros- hicieron su autocrítica y se apartaron de la línea oficial del sandinismo que representaba Daniel Ortega. Cardenal escribió un libro de memorias titulado Vida perdida, que ofrece un amargo testimonio de su desengaño personal y político.

PARA LLEGAR AL PODER
Ortega persiguió el retorno al poder y, tras dos derrotas electorales, logró finalmente su objetivo gracias a un pacto con el ex-presidente Arnoldo Alemán, político de derecha tan corrupto como obeso. El pacto consistió en que sus respectivas fuerzas parlamentarias cambiasen la Constitución para que el nuevo presidente pudiese ser elegido con solo un tercio de los votantes, y para que la sentencia carcelaria de Alemán -por delito de corrupción, claro- fuese conmutada por una simple detención domiciliaria, con lo cual el ex mandatario podía disfrutar a sus anchas las varias hectáreas de su hacienda El Chile. Así, Ortega obtuvo el ansiado retorno al poder, para lo cual se presentó como un revolucionario arrepentido y tan devoto católico que oportunamente se le vio comulgar ante las cámaras de televisión.

El segundo mandato de Ortega es un completo desastre y está llevando, de nuevo, al país a la ruina política, económica y social. Mientras eso ocurre, Ortega ha retomado un gastado discurso revolucionario que no convence a nadie y, a veces, ni siquiera a él mismo: pese a ser un orador atroz, le gusta hablar mucho en un total estado de confusión mental y verbal que recuerda la charlatanería de un ebrio. Cuando recibió la visita del presidente Rafael Correa, lo presentó como "el presidente de Corea". Chávez, Correa y Fidel Castro son los héroes de su panteón revolucionario, ante quienes hace méritos, concediendo asilo político y protección a miembros y simpatizantes de las FARC. Estas actitudes han creado malestar en los sectores democráticos y una significativa escisión dentro de las propias filas de la izquierda intelectual. Y aquí entra Ernesto Cardenal a jugar un papel clave.

FLAGRANTE INJUSTICIA
El poeta fue invitado a la inauguración de Fernando Lugo, sacerdote de izquierda, como nuevo presidente de Paraguay. Las contradicciones se agudizan más si se tiene presente que, antes, Lugo había sido invitado a Nicaragua por Ortega, a quien le ofreció una vociferante adhesión; ésa es una de las varias razones por las cuales no siento la menor simpatía por él. En Paraguay, Cardenal hizo duras críticas a Ortega y su esposa Rosario Murillo (que alguna vez fue poeta). Eso irritó a la pareja presidencial que respondió desempolvando un viejo expediente criminal por injurias que se le siguió a Cardenal y logró que lo sentenciaran a pagar 20 mil córdobas de multa o ir a la cárcel. El poeta ya ha declarado que no pagará esa suma y que está dispuesto a sufrir prisión.

La decisión judicial es una revocatoria -ilegal, por ser ya cosa juzgada- de un fallo anterior que absolvió a Cardenal por considerar la demanda del todo infundada. La respectiva historia legal es larga y enredada. Baste decir aquí que fue iniciada por un ciudadano de origen alemán que tenía arrendado un hotel que, como otros bienes de la comunidad de Solentiname, estaba registrado a nombre de una fundación sin fines de lucro; el poeta naturalmente se opuso a los planes de esa persona para que el hotel pasase a sus manos. Todo esto, en el fondo, prueba cuán frágil es el sistema judicial nicaragüense ante la presión y los intereses de los poderosos. Así se explica por qué la acción legal interpuesta contra Ortega por repetidas y probadas violaciones a su hijastra Zoila América Narváez fue desechada; es él, no Cardenal, quien debería estar en la cárcel.

La amenaza pendiente sobre el poeta ha provocado escándalo y una ola de protestas, aun de los intelectuales más radicales de todas partes, desde José Saramago a Eduardo Galeano y Mario Benedetti, lo que ahonda el cisma ideológico al que antes hice mención. Aunque no comparto todos los aspectos de la posición política de Cardenal, el simple hecho de que sea una víctima de persecución por Ortega me mueve a ponerme de su lado en estas circunstancias: se trata de una flagrante injusticia.

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