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NOVELAS GRÁFICAS

Las historias del porvenir

Por Gustavo Faverón Patriau

Solemos pensar en el origen de un género literario como cosa del pasado remoto: un tiempo legendario que vio nacer mitos, romances, cantares de gesta, tragedias; los siglos borrosos de la historia en que se fueron fundiendo formas diversas para parir la crónica, el cuento, la novela. Somos menos conscientes del nacimiento de géneros que van fecundando en el presente, ante nuestra mirada a veces distraída: las novelas-blog, las novelas-videoclip, las zapping-fictions, todas nacidas de la fusión de lenguajes, donde las técnicas del cine y el video se confunden con los modales de la literatura tradicional.

Un género que, pese a encontrar sus antecedentes a mediados del siglo diecinueve, ha visto su desarrollo mayor en el veinte, y su auge estético en las dos últimas décadas, es el cómic, convertido ahora, tras una poderosa sofisticación, en lo que la crítica suele llamar "novela gráfica". Es un género que tiene sus propios clásicos contemporáneos (Will Eisner, Hugo Pratt, H. G. Oesterheld, Alan Moore, David B., Osamu Tezuka, Adrian Tomine, etc.) y que ha producido algunas de las mejores creaciones literarias de las últimas décadas, como el imprescindible Maus, de Art Spiegelman, memoria del Holocausto contada desde el punto de vista del padre del autor, un sobreviviente de Auschwitz, o la notable novela Jimmy Corrigan: el chico más listo del mundo, de Chris Ware, cuyas páginas fueron exhibidas como cuadros en el Whitney Museum of American Art.

La expansión del cómic como lenguaje y como vehículo, además, ha dado lugar a una serie de fusiones antes impensables. Los reportajes-cómic de Joe Sacco se han vuelto material ineludible para entender fenómenos tan relevantes como el conflicto palestino-israelí o la guerra en los Balcanes. Lo que antes se llamaba "historieta" ha ingresado al terreno de la evaluación política y social (en Estados Unidos, la versión más consultada del informe oficial sobre el 11 de setiembre es una narración gráfica; en el Perú, acaba de aparecer Rupay, que intenta explicar los años de la guerra interna de los ochentas y noventas). Desde las primeras creaciones, décadas atrás, del magnífico y siniestro Robert Crumb, el cómic se ha convertido en el idioma favorito del underground, de muchos movimientos marginales, de grupos de reivindicación étnica y social, de minorías políticas, etc.

Desde la orilla literaria, se han dado pasos en dirección al lenguaje mixto, hecho de imágenes y palabras, que es la lengua del cómic: la centralidad de las fotografías en las narraciones del alemán W. G. Sebald, por ejemplo, o del dibujo en ciertas novelas del uruguayo Mario Levrero. Ya Cortázar escribía versiones delirantes de Fantomas y guiones para cómics, y, sin ir demasiado lejos, la imagen proyectada sobre un écran es elemento central en las performances de autores latinoamericanos hoy, como Mario Bellatin, Pedro Lemebel o Diamela Eltit.

Por un lado, el cine multiplica las adaptaciones de novelas gráficas: allí están Persépolis, 300, Sin City, V for Vendetta, A History of Violence, American Splendor, Ghost World, From Hell, o los proyectos actuales de El eternauta, en Argentina, y Watchmen, en los Estados Unidos (para no mencionar las interminables sagas basadas en cómics de aventuras o súper héroes, que son moneda corriente desde hace mucho, y que suelen ser la cara menos interesante del fenómeno). Por otra parte, más significativo aun es que muchos cineastas, incluso cuando no adaptan cómics, han asimilado sus estéticas, sus modales y sus tópicos, y los han incorporado a su lenguaje cinemático: en esa ruta se hallan M. Night Shyamalan, Tim Burton, Terry Zwigoff o Terry Gilliam.

No son pocos los escritores latinoamericanos que siguen un camino análogo, diseñando sus narraciones con elementos tomados del cómic, aunque no incorporen la imagen como tal en sus obras: Paco Ignacio Taibo II en México, Alberto Fuguet en Chile (quien ya cruzó la frontera, con su novela gráfica Road Story) o César Aira y Pablo de Santis en Argentina. El último es además guionista de estupendas historietas publicadas en la legendaria revista Fierro, y adaptó a ese medio la novela La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, con resultados notables; el mismo Piglia editó hace tiempo una apreciable antología de adaptaciones al cómic de cuentos canónicos argentinos, titulada La Argentina en pedazos.

La aproximación creciente del cómic al registro novelístico y la introducción de rasgos de la novela gráfica en otras artes forman parte, creo, de un solo fenómeno mayor: la tendencia a la hibridación y a la fusión que está en el espíritu del pastiche, el collage y la parodia, que a su vez animan buena parte de las artes postmodernas. La fragmentación innata de la novela gráfica, fragmentación propia de un "arte secuencial" -como llama Will Eisner al cómic en conjunto-, se convierte en el modus operandi más apto para artistas y escritores interesados en expresar, precisamente, la evaporación de las causalidades y la ruptura y la impotencia de las "grandes narrativas": se trata de creadores que prefieren representar su incomprensión del mundo contemporáneo y de la historia antes que explicar la realidad en discursos totalizantes y abarcadores.

La creciente tendencia a entender la relación entre el ser humano y la imagen como un ejercicio de lectura y a la vez una inmersión, es decir, la idea de que cuando vemos una imagen, por decirlo así, la estamos leyendo desde adentro (que vivimos sumergidos en una marea de imágenes concurrentes), hace que el mundo de la letra impresa y el universo de la plástica se miren uno al otro cada vez con mayor familiaridad. El cómic, como el cine, tiene un pie en cada hemisferio, y ello lo transforma, según pienso, en el lenguaje más poderoso para la escritura de ficciones en un tiempo en que los lectores se acostumbran a la simultaneidad de lo gráfico y lo escrito (Internet es sin duda el motor más activo de esa integración). Esto significa que quienes asistimos hoy a la escalada del cómic como género, probablemente estamos viendo el desarrollo del arte narrativo que con más versatilidad se encargará de contar las historias del porvenir.

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