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Aquí sí hay una novela

El canalla sentimental. Jaime Bayly, quien ha tenido una carrera literaria más bien errática, alcanza por fin la madurez con una novela sólida y emotiva

Por Enrique Sánchez Hernani

Realizar una lectura objetiva de cualquiera de los libros de Jaime Bayly es una empresa ardua, a causa del propio autor, quien no ha sabido deponer su máscara de personaje televisivo ni cuando procede como escritor. En sus primeros libros, aun hasta "La noche es virgen", actúa como un polígrafo vocinglero, atento al gag humorístico y a establecer con el lector la complicidad de compartir la comidilla en torno a ciertos personajes públicos, sobre los que da todas las pistas posibles para que sean identificados. Su atractivo, aquí, no está en su edificio narrativo sino en el efectismo de develar violentamente presuntos secretos refrendados por las apariencias de los modelos verdaderos. Por ello no escapa del corsé del best seller, del folletín, del libro adobado para vender grandes tirajes por méritos ajenos a su calidad intrínseca.

Que esa parte de su producción sea muy legible ('light', la han motejado, no sin falta de razón) no la convierte en literatura, como no la son buena parte de los best sellers. Nadie dice tampoco que los libros que venden mucho no sean literatura; bastante también se han vendido "Cien años de soledad" o "Don Quijote". Forzando la apreciación, esa parte de su producción, a lo más, podría ser incluida dentro de una suerte de moderno costumbrismo que seguro el tiempo se llevará al olvido dentro de no muchos años. De ese grupo, el mejor libro es, sin duda, "Los últimos días de 'La Prensa'". Los otros parecen parte de una fabricación serial, sin personalidad independiente.

Pero de esa parte a hoy, Bayly ha ido madurando, con altibajos ciertamente. "Yo amo a mi mami", por ejemplo, era una ingrata copia de Alfredo Bryce. En los libros siguientes ya daba muestras de querer desprenderse de ese papel que se había conferido a sí mismo, el de una vigorosa máquina de contar chismes. Pero en honor a la honradez tenemos que admitir que en este último libro, "El canalla sentimental", por fin lo ha logrado: Bayly ha escrito una obra literaria con calidad. Que muchos de sus capítulos (o todos, no lo hemos podido cotejar) hayan aparecido previamente en varios diarios hispanoamericanos, no desmerece el empeño.

El autor ha editado, corregido, pulido y montado sus crónicas de tal manera que ha logrado hacer una buena novela con ellas. Hay que ser honestos. El personaje, que toma su nombre (variado por una "s") --para evitar alejarse de su pecado original: el de aportar su dosis de escandalote--, ha cobrado espesor, sentido y deambula por una atmósfera melancólica, de absoluta humanidad, que no quedaba clara en sus otros libros, que de una línea a otra solo disparaban hechos figurados o presuntamente ciertos ("revelaciones") para atrapar al lector. Esta vez Bayly ha creado un personaje (él mismo, cosa que otros escritores suelen hacer) que muestra su mundo y sus cavilaciones sobre el inexorable paso de la vida, con doliente acidez, reclamando para sí mismo, por encima de su condición, su derecho a ser un hombre. Ese combate por ser admitido, al menos ante los que Baylys, el personaje, quiere, lo humaniza. Esto no pasaba antes, pues aparte del cinismo del personaje principal, nada más se podía decir, porque nada más nos entregaba su escritura.

Quienes no quieren mucho al Bayly escritor deberían renunciar, esta vez, a sus prejuicios. Podrían perderse una novela emotiva, con un buen balance narrativo, que se lee bien y funciona.

POESÍA
Canciones de rabia y despedida
El tema de este libro es el de las separaciones, los exilios, con toda la carga metafórica y melancólica que dichos escenarios suponen. Pero, a pesar incluso de las pistas que podría brindar su título -- "La idea era irnos aún niños"--, aquí no hay espacio (por lo menos no demasiado) para la ternura ni la nostalgia ni cualquier otro sentimiento blando: este es un libro emotivo, sí, pero también duro, áspero, intenso.

El clima de "La idea era irnos aún niños" es el de los aeropuertos, las estaciones de tren o de autobús, las playas herrumbrosas de los puertos. Es el clima inestable de la intemperie, el de las frustraciones expuestas, casi saboreadas: el clima ideal para metabolizar la rabia y convertirla en imágenes, en un orden signado por el brillo o la belleza.

Dice Glave en 'Epifanía de J. Schübel': "Sé que vi como una luz el espanto en tus ojos / perdida en la turba de otros ojos tan discretamente agresivos / que solo buscaban llevarte de la mano a espaldas del bar...".

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