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CRÍTICA DE ARTE

Dioses

Por Raúl Cachay A.

Los dioses habitan siempre en un plano inalcanzable para los mortales. Pero el empíreo mitológico o el paraíso católico se parecen muy poco al lugar en el que deambulan las decadentes deidades de carne y hueso que Josué Méndez presenta en su segundo largometraje: allí, en los prístinos rincones del balneario de Asia, esa sucursal local del Miami más frívolo, consumista y chillón, los personajes de "Dioses" deambulan como espectros provenientes de un lugar que no existe.

Méndez ha construido una historia que se desarrolla sobre la base de silencios, complicidades réprobas, cínicas convenciones sociales y un hedonismo recalcitrante que bordea siempre la majadería y la estupidez.

El padre que abruma con la magnificencia de su billetera (Édgar Saba con el obligatorio bigotito 'facho' que parece indesligable a este tipo de papeles, como los que tuvieron Hernán Romero en "No se lo digas a nadie" y Gianfranco Brero en la serie "Esta sociedad"), la hija disforzada (Anahí de Cárdenas, otra graduada de "Esta sociedad"), el hijo confundido (Pedro Gjurinovic, otro de los hallazgos del realizador en esta cinta) y la madrastra arribista (notable Maricielo Effio): todos son arquetipos en torno de los cuales se moviliza un nutrido coro de voces y presencias que, en un espacio como este, solo pueden formar parte de dos grupos perfectamente antagónicos, los de arriba y los de abajo.

Los que se disfrazan como españoles y se embriagan a ritmo de flamenco o los que deben esperar a que caiga la tarde para poder siquiera tocar las aún tibias arenas de la playa; los que bailan hasta el amanecer y se embrutecen de a pocos con la monotonía del techno y el influjo de las drogas de diseño o los que cada día deben viajar como reses en tortuosos vehículos de transporte público y están obligados a vivir en barrocos asentamientos humanos.

Entre esos dos planos de la realidad pendula Diego (Gjurinovic), un adolescente que se lleva mejor con las 'nanas' que se encargaron de criarlo que con un padre que solo sabe acercarse a él para ofrecerle un trabajo en su fábrica con la promesa de que así podrá tomar la posta en el trono de su pequeño imperio, pero esa no es la única ondulación existencial que lo atormenta: Diego es incapaz de contener el torrente sexual que se apodera de sus hormonas cada vez que observa a su hermana.

Méndez explora este mundo dividido con el pulso firme de un documentalista que no tiene miedo de acercarse a la cuna misma del león para retratarlo en su cotidiano salvajismo, pero en su visión también hay lugar para la compasión: estos personajes, aunque sus acciones por momentos nos indiquen lo contrario, sí tienen caminos de redención. "Dioses" seguramente desatará una polémica similar a la de "Días de Santiago" entre la crítica local, pero es indudable que este es un nuevo y valioso aporte del realizador a la endeble filmografía nacional. Que venga pronto la tercera.

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