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EDITORIAL

Crecimiento económico y conservación ambiental

Por Martha Meier Miró Quesada. Periodista (*)

Al Gore, ex vicepresidente durante la gestión Clinton y actualmente principal vocero del problema del calentamiento global, escribió en su libro "La Tierra en juego": "Cuán chocante resulta el contraste entre el tremendo poder y la eficacia desplegados por nuestro sistema económico en su aplastante victoria filosófica sobre el marxismo-leninismo, y la vergonzosa incapacidad de ese mismo sistema para advertir la contaminación del agua, el envenenamiento del aire, la destrucción de millares de especies vivas. Tomamos mil millones de decisiones económicas al día, quizá sin comprender que sus consecuencias nos acercan de manera cada vez más irremisible al borde la catástrofe ecológica".

En los noventa Gore nos llamaba a reflexionar sobre el crecimiento económico y el progreso mal enfocados. Sobre un desarrollo que no es tal, en la medida en que termina justamente empobreciendo y arrasando las bases mismas de la democracia y de la economía: los recursos naturales, las materias primas de las que dependen las industrias, los alimentos saludables que dan fuerza vital, creativa y emocional al ser humano, gestor a fin de cuentas de la riqueza y del capital.

Las decisiones económicas mercantilistas, de visión cortoplacista, han llevado, durante el siglo XX, a la pérdida del 75% de la diversidad genética de los cultivos agrícolas (según datos de la FAO). Pérdida prácticamente incuantificable en términos económicos. Cada vez se siembran menos variedades de legumbres, frutas, granos y tubérculos. Se afecta de este modo la dieta humana con graves consecuencias. Según pronósticos de expertos agrónomos de la India, de las treinta mil variedades de arroz otrora cultivadas en el mundo, muy pronto se cultivarán apenas... ¡diez! Y este tipo de pérdidas tiene otros ejemplos. En el siglo XIX, por ejemplo, Estados Unidos cultivaba más de siete mil variedades de manzanas; hoy sobreviven en sus campos apenas el 25% de esas variedades.

"El planeta simplemente no puede resistir el impacto ambiental del desarrollo en la actual escala. De hecho creo que el producto nacional bruto será sustituido como un indicador económico, por las mediciones de la destrucción ecológica. Las corporaciones deberán convertirse en ambientalistas, de otro modo sufrirán la ira de los consumidores e inversionistas", concluyó el investigador norteamericano Gerald O. Barney, del Instituto de Estudios para el Siglo 21, en la mesa redonda auspiciada por el Centro de Estudios Avanzados para la Administración, de la prestigiosa Escuela Wharton, de la Universidad de Pensilvania. Y no le faltaba razón a G.O. Barney. Los movimientos de consumidores conscientes por la cuestión ambiental y la responsabilidad social son crecientes. Y logran ya boicotear productos y sacarlos del mercado si no cumplen con ciertos requisitos.

En 1992 Andrew Steer, especialista británico vinculado al Banco Mundial, explicaba: "Los encargados de la formulación de políticas de desarrollo reconocen cada día más que no tomar en cuenta los costos del deterioro ambiental es una actitud que resultará ineficiente, y en muchos casos ineficaz, para aumentar los ingresos y el bienestar de la población".

El camino está marcado y la senda no es difícil de transitar. Puede haber desarrollo con conservación ambiental. Puede haber gran crecimiento económico sin deterioro del ambiente. Muchas empresas alrededor del globo han empezado a dar el ejemplo. Es cuestión de inteligencia y sensibilidad. Como decía el amauta Javier Pulgar Vidal: "Si la humanidad no tiene el valor de enfrentarse al reto de la conservación, no será por incapacidad técnica o carencia de entendimiento, será por falta de visión y voluntad política y generosidad".  Y es justamente esa generosidad la requerida para que el sistema que aplastó al marxismo-leninismo siga vigente y fortaleciéndose día a día.

(*) ESPECIALISTA EN TEMAS AMBIENTALES.

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