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EDITORIAL

El fondo y las formas en el discurso presidencial

Frente al permanente rechazo que generan los políticos en la ciudadanía, no le falta razón al presidente Alan García cuando reacciona airadamente para exigir al Congreso de la República cumplir con sus obligaciones legislativas y dar las leyes más importantes que el país necesita. Increpar a la representación nacional a que no pierda el tiempo, deteniéndose en leyes secundarias y hasta inútiles, tampoco está de más.

Pero así como entendemos que el reclamo del mandatario se justifica en la permanente y denostada función parlamentaria, también debemos coincidir con quienes han cuestionado el tono confrontacional del discurso presidencial, porque no favorece ese clima de paz y de cohesión social que el propio Gobierno ha solicitado mantener a todos los peruanos, en beneficio del país, en el crítico momento de crisis financiera internacional.

Sin embargo, en el Día del Dirigente Popular, el mandatario volvió a utilizar expresiones altisonantes, generalizaciones discriminatorias y hasta insultos que desde esta columna siempre hemos criticado por innecesarias y porque no se condicen con quien ostenta la más alta investidura en el Perú.

No repetiremos aquí lo dicho por el presidente García en la Plaza de Acho, pero tampoco podemos pasar por alto algunas de sus expresiones. Por ejemplo, dijo que desea hacer muchas cosas, "pero tiene que regirse por la Constitución y las leyes aprobadas por el Congreso". También fue preocupante la generalización que hizo sobre las organizaciones no gubernamentales, la sociedad civil y los dirigentes comunales, al señalar que no le gustan "los pitucos metidos a izquierdistas", y que confía más en los "hombres de color cobrizo" que luchan por el pueblo. Y, finalmente, no deja de ser cierto que atacar al Congreso puede convertirse en un búmeran contra el cambio de imagen que ese poder del Estado --cuya majestad no está en cuestión-- requiere para revertir el descrédito que arrastra en la opinión pública.

Este discurso, que algunos han encontrado racista, es contraproducente porque no solo puede generar reacciones más enérgicas, sino incrementar la convulsión social y el conflicto social que ciertos sectores quisieran instaurar en el país.

Creemos que el presidente García, cuyas dotes oratorias son indudables y reconocidas incluso por políticos extranjeros de fuste, cuenta con recursos suficientes para comunicarse con la ciudadanía y con el resto de poderes públicos, sin llegar al insulto.

El calor de un mitin no debería llevarlo a sacrificar ni el fondo ni las formas en un país que, según las últimas encuestas de la Universidad Católica, ha sabido reconocer la reacción del Gobierno en el escándalo de los 'petroaudios'.

Es más, como expresó ayer el mandatario en la presentación del plan anticrisis, el país necesita más cohesión y menos convulsión social que puede espantar la inversión que reclama la economía nacional. En esta coyuntura, tampoco sería sensato generar enfrentamientos --entre los poderes, las instituciones públicas y las organizaciones de la sociedad civil-- que, además de innecesarios, resultarían inoportunos.

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