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SIC.

La historia de Williams, joven con VIH que hoy orienta sobre el tema

Riesgos de una sexualidad irresponsable

Por Fernando González-Olaechea

Cuatro días antes de mi cumpleaños me dijeron que tenía VIH. Me enteré de casualidad. Yo tenía un amigo que llevaba jóvenes a la posta de Chorrillos, la que está en la avenida Huaylas, para que se hicieran la prueba de Elisa. Ese era su trabajo: conseguir cierta cantidad de muchachos al día. Un día me pidió que fuera, acepté hacerlo como un favor. Fui y tomé la prueba. Regresé a la semana, pero no porque me preocupara el resultado. Yo estaba seguro de que no tenía nada. "El sida les da a los que se acuestan con prostitutas u homosexuales", pensaba. Recién iba a cumplir 19 años.

Entré al local. Pedí mi resultado y me senté en la sala de espera. Luego de unos minutos una señorita se asomó. "¿Viene a recoger sus resultados?", me preguntó. Respondí que sí y me dijo que esperara un rato. Luego de media hora salió otra señorita y me preguntó: "¿Es usted el de los resultados?". Le contesté que sí. Le pedí que se apuraran, que ya tenía media hora ahí. La espera me estaba preocupando. El lugar tenía cubículos de madera y a través de las delgadas separaciones entre un ambiente y otro escuchaba los murmullos. "Qué le vamos a decir ahora", "no está el consejero", escuché que le decía una de las señoritas a otra, detrás de una puerta. En ese momento ya sabía que algo estaba mal.

A la hora de haber llegado, me llamaron. Entré a uno de los cubículos, me senté y una señora me dijo que no tenía ninguna ITS (infección de transmisión sexual), pero que --vio la hoja con los resultados de los análisis e hizo una pausa-- había salido positivo en VIH. La noticia fue seca, sin drama, calmada. En ese momento me quedé en blanco. No recuerdo nada claramente. Recuerdo que tenía a esta señora delante de mí y que movía la boca, pero no escuchaba nada. Me vi dentro de un ataúd y vi la cara de mi madre, mirándome, hacia abajo, decepcionada. "Te fallé mamá", pensé, y la señora seguía moviendo la boca frente a mí y yo sin escuchar nada.

Ahora recuerdo haberle dicho dos cosas: si había un lugar donde podía escapar a morir tranquilo, solo, y que no quería que mi familia se enterase de mi diagnóstico jamás. Ella intentó calmarme, me dio la dirección de algunos lugares donde podía ir a informarme y a hablar con otras personas. Al salir de ahí empecé a llorar. Lloraba tanto que no podía caminar, no podía ver y me senté en la misma sala de espera. Se me acercó un hombre, Lito, y comenzó a hablarme. "Yo también tengo VIH hace años", me dijo. Salimos y fuimos a la playa a conversar. Fue la primera consejería que tuve. Hablamos por horas. Era un perfecto día de verano y yo me enteraba de que tenía VIH. Horas después estaba en el puente Villena, pensando si debería saltar al camino empedrado tantos metros allá abajo o no. No es que haya pensado mucho en el suicidio por aquella época, pero estaba devastado. No lo veía como una salida, simplemente lo pensé.

El VIH te da en cualquier momento. Yo no percibía ese riesgo. Ahora me protejo y protejo a mi pareja. Con ella ya tenemos cuatro años juntos y convivimos. Ella también es seropositiva y me entiende. Aunque tengo VIH, he mantenido relaciones con personas que no lo tenían: algunas lo entendían, algunas no. Pero tener VIH no significa que debas estar únicamente con otra persona con VIH. Es más fácil, porque te entiende, pero eso no garantiza que la relación dure. Al final las cosas funcionan o no, más allá de tener el virus.

¿Sabes? Cuando estaba en cuarto de media hubo un concurso de oratoria en mi colegio y quedé en segundo puesto. ¿Sabes cuál fue mi tema? El VIH. Ahora, después de tanto tiempo, sigo hablando sobre eso.

Ahora tengo 31 años. Nunca supe quién me contagió. Yo me inicié sexualmente a los 16 años y me cuidaba poco. Usaba condón solo si la chica me lo proponía y siempre para prevenir un embarazo, no para cuidarme de alguna enfermedad, eso me parecía, como dije, de homosexuales o prostitutas. Pero mi vida ahora tiene sentido. Me hice más útil. Trabajo ayudando a la gente, informando a los jóvenes sobre los peligros de las enfermedades sexuales, y puedo ayudar a otras personas con VIH, como me ayudaron a mí. Por curioso que parezca, a partir de mi diagnóstico positivo aprendí a vivir.

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