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LA OBRA DEL MEJOR JUGADOR BRASILEÑO

El legado de O Rei Pelé

En su libro "Mi legado" (edición 2002) el fabuloso ex crack cuenta detalles nunca antes conocidos en el que considera su único testimonio oficial

Por Jorge Barraza. Periodista

En el mismo camarín del Santos quedó un Pelé casi niño, al cuidado del técnico Lula y de futbolistas consagrados como Zito, Pepe, Pagao, Formiga, Vasconcelos flamantes campeones paulistas de 1955. Dondinho, padre de ese morenito flacucho promesa de crack, había sido futbolista profesional y conocía a varias de las figuras santistas. "Él se va a quedar en Vila Belmiro, les pido que me lo cuiden", solicitó Dondinho.

Pelé lo recuerda con enorme emoción: "Vasconcelos, el capitán del equipo, tenía un corazón tan grande como su corpachón de ropero. Me rodeó los hombros con un brazo y le dijo a mi padre: quédate tranquilo, va a estar en buenas manos".

Ni Julio Verne hubiese podido imaginar en aquel momento que ese montoncito de ilusión, todo timidez y nada de músculos, sería luego el Atleta del Siglo. A esa emoción inicial de ser presentado en un club de Primera, y nada menos que entre los profesionales, le siguió una gran tristeza: su papá Dondinho y su descubridor, Valdemar do Brito, se despidieron allí mismo. "Por mucho que me gustara la idea de entrenarme con Santos, allí mismo hubiera pagado por volver a Baurú con mi padre", recuerda Pelé. "Nos abrazamos con fuerza y pude contener las lágrimas al verlo partir. No quería que el resto del vestuario me viera llorar".

La anécdota es una de las muchas que cuenta Pelé en su libro "Mi legado", aparecido en el 2002 y al cual el superastro considera su único testimonio oficial. "Es la Biblia de Pelé", dice. "Mi legado" amenizó nuestras vacaciones en el mar.

Quince años tenía Pelé. Apenas tres meses después, tras haberlo alimentado convenientemente, Lula lo hizo debutar en Primera. Los mayores del plantel lo mandaban a comprar cosas. "Ve rápido, no ahorres gasolina", le ordenaban. Así le quedó su sobrenombre inicial: Gasolina. "Pero tras mis primeros goles comencé a salir en los diarios. Se los mostraba a mis compañeros y les decía: ven, aquí no dice Gasolina, dice Pelé, así quiero que me llamen".

Edson Arantes do Nascimento soñaba con el estrellato en la pensión del Santos tanto como extrañaba a su familia en Baurú. "Si algo me salvó fue el clima cálido y de amistad que reinaba en Vila Belmiro", narra. Y lo define como una escuela de compañerismo. "Era como si ese ambiente austero hubiese sido planeado a propósito: nada de lujos superficiales, lo valioso estaba en la actitud". Pero el pequeño Pelé venía bien formado desde el seno familiar, donde la rectitud de Doña Celeste, su madre, era de hierro. "Su código era inquebrantable --relata Edson--: la familia Arantes do Nascimento era pobre, pero se debía comportar bien. No robábamos, no mendigábamos, no mentíamos, no engañábamos, no decíamos palabrotas cualquiera fuese la provocación, creíamos en Dios y le rezábamos regularmente, aunque no esperábamos que solucionara nuestros problemas. Tratábamos con respeto a la gente mayor y sobre todo obedecíamos a nuestros padres, si no".

"Mi legado" revela un costado casi desconocido de la vida del máximo goleador de la historia. Las brutales defensas no fueron el mayor obstáculo que debió sortear Pelé para llegar a la cima, sino su propia madre. Papá Dondinho jugaba en un cuadro pequeño de Tres Coraçoes, en el interior de Minas Gerais. Sus ingresos eran magros. Luchó hasta tener la gran oportunidad: lo fichó el Atlético Mineiro, pero en su primer partido, tras un choque con Juvenal (que luego jugó el Mundial del 50), se rompió los ligamentos. Y comenzó un calvario. La obstinación de Dondinho por vivir del fútbol lo llevó a Baurú, contratado por el BAC. Allí fue la familia, siempre en medio de apremios económicos. De allí que Doña Celeste fuera terminante: "No quiero otro futbolista".

Pero Dondinho sabía que tenía una joya entre manos y casi dedicó su vida al pequeño Edson, a quien los niños de Baurú comenzaron a llamar Pelé. Le enseñó a cabecear, a definir, a poner el cuerpo todos los fundamentos. Y un día sucedió lo increíble: al modesto BAC, donde jugaban padre e hijo, llegó el gran Valdemar do Brito, figura de renombre en el fútbol brasileño, para entrenar a los niños. Allí Valdemar encontró a Edson y lo llevó al Santos. Convencer a Doña Celeste de que el muchachito dejara la fábrica de zapatos donde trabajaba y la casa paterna para irse a jugar al Santos fue la prueba más dura que afrontaron. Pelé cuenta que eso resultó mucho más difícil que ganar el Mundial de Suecia.

"En julio de 1950 yo tenía nueve años. Estaba jugando en la calle, como siempre y Dondinho me llamó: adentro, que ya empieza la final. ¿Qué final?, pregunté. La final del mundo entre Brasil y Uruguay. ¿Y qué pasa?, insistí. Que va a ganar Brasil y vamos a celebrar, respondió. Papá, tío Jorge y varios amigos escuchaban el juego por radio. Cuando terminó, con el triunfo de Uruguay 2-1, Dondinho lloraba. Nunca había visto a mi padre llorar y le dije, por esas cosas de niños, para consolarlo: no llore, papá. Yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted, se lo prometo".

También hay en "Mi legado" un perfil muy futbolero. Bellas historias de canchas y vestuarios. Pero eso es motivo de otra columna.

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