Dos exposiciones en Lima

Utopía y desencanto

Lucía Fernández y Elena Damiani son dos artistas jóvenes de sensibilidades, estilos y problemáticas disímiles, pero cuyos trabajos oscilan entre la utopía y el desencanto; entre las armas de la fantasía y la vigila de la reflexión y el cuestionamiento.

Por Diego Otero

En uno de sus mejores ensayos, el italiano Claudio Magris decía que la utopía y el desencanto, esos conceptos aparentemente irreconciliables, en realidad se necesitan. Según Magris, si el Quijote es un personaje luminoso e imborrable lo es porque actúa en complicidad con Sancho, su némesis. Contra todas las evidencias y peligros, el Quijote sostiene las riendas de la pura fantasía y se hace a la aventura. Pero por sí solo no puede llegar a ninguna parte: necesita de Sancho, que es quien sabe que el yelmo de Mambrino es una bacinica y que la encantadora Dulcinea es en realidad la vulgar Aldonza, pero también que el mundo no tiene brillo alguno si no se va en busca de aquel yelmo hecizado y de aquella belleza transparente.

Estas exposiciones (Trayecto de una ilusión, de Fernández, y Sites, de Damiani) apelan a estrategias discursivas distintas, a dimensiones, sensibilidades, referencias y tonos a veces antagónicos. Y sin embargo, en la sintaxis de sus itinerarios, dibujan con sorprendente claridad esa parábola planteada por Magris. Y aunque los resultados corren diversa suerte, en ambas propuestas hay una mirada que se desentiende de cualquier obvia aproximación de género y se asienta en paisajes reflexivos amplios, que pueden encontrar su núcleo argumental en lo íntimo o en lo social, en búsquedas que se inmiscuyen entre los pliegues del deseo y el destino (Fernández), o que inspeccionan, en el límite entre el sueño y la geometría, las complejas relaciones entre cultura y naturaleza.

Trayecto de una ilusión
Trayecto de una ilusión (que va en la Galería Pancho Fierro hasta el 20 de mayo), es la segunda individual de Lucía Fernández. Consiste en tres instalaciones que adoptan climas y técnicas de reminiscencias orientales para generar un contrapunto que tiene tanto de lírico como de reflexivo. Una ilusión puede ser una fantasía pero también un deseo. Y es ahí, en ese delgado límite que se abre entre ambas nociones, que Fernández ha depositado el sentido de su propuesta. En "Partitura", que es una suerte de secuencia pictórica en la que la síntesis cromática y el uso de los "silencios" resuenan como una versión zen de Carlos Amorales, esos pájaros que se detienen en los cables y que luego echan vuelo son las notas imposibles de una música que escapa. Y en ese desencanto hay también humor, aire, una promesa de respiración.

En lo mejor de Trayecto de una ilusión hay lirismo y contemplación, cierto, pero también esa ironía soterrada, en clave baja, casi muda, que es muy limeña en su ambigüedad, que le otorga un punto de acidez al conjunto, y cuya ausencia se siente como un golpe en "Una ilusión", otra de las instalaciones del proyecto. Porque si el último lienzo de la serie "Partitura" luce vacío como una sonrisa plena, silenciosa o condescendiente, los cientos de grullas de papel de "Una ilusión", con toda su delicada belleza y su inocente homenaje a las lecciones de la paciencia, carecen de algún matiz, una promesa mínima de distancia. En ese sentido es pertinente que un proyecto como Trayecto de una ilusión se inscriba en las coordenadas de una plegaria lírica en tiempos de reciclaje moral, pero vale la pena preguntarse, ¿podemos hacer del todo nuestra esa plegaria?

Paisajes mentales
Sites, la muestra de Elena Damiani que va en Vértice hasta el 26 de mayo, recurre a un amplio tejido de estrategias plásticas (dibujo, diseño, pintura, instalación, video) para darle la vuelta a la idea de que el encuentro entre naturaleza y artificio encarna necesariamente una fricción, una crisis. Si despojamos a la arquitectura de su carácter obviamente utilitario, entonces podemos acercarnos a un espacio mental en el que el hombre parece habitar su mundo como si realmente le perteneciera. Es la arquitectura en función de la fantasía y la voluntad, con algo de absurdo, de capricho visual, de boutade. La pieza más memorable, por lo menos en términos conceptuales, es aquella gran pared de acero erosionada por una serie de agujeros modulares de los que emergen pequeñas y débiles plantas. Para Damiani la utopía tiene solución de continuidad en el arte, ese espacio en el que la fuerza vegetal vulnera al acero, dándose el lujo de dejar una bella marca de defloración.

Raspa y. ¿gana?
Este jueves se inaugura la primera individual de Rocío Rendón, Raspa y Gana. Estampa lúdica en liquidación. Se trata de una ambientación que intenta diseccionar, con mordacidad y rigor, el culto al azar y los símbolos de la suerte a través de un montaje que recurre al grabado como soporte material. Todo el espacio galerístico será cubierto por una especie de enorme mosaico formado por los más variados símbolos de la buena fortuna, esos que recorren los diversos estratos de la cultura popular peruana. Pero hay un detalle: ese gran mosaico estará cubierto por una delgada capa de pintura que no hace anclaje en el grabado, es decir, que no afecta al grabado, de manera que estará en manos del propio público la acción misma de develar las imágenes -como quien raspa un boleto en busca de un premio-, y con ello, de hacer de la puesta en escena un encuentro entre pulsiones psicológicas, necesidades básicas y cultos religiosos, todo bajo la lluvia de estímulos de la sociedad de consumo; esa que parece anegar todas las cosas. Va en Artco hasta el 1 de junio.