Bajo el azul de tu misterio

RECUERDOS. Víctor Churay era llamado el Guamán Poma de la selva. Este pintor bora fue el primero en abrir camino a los artistas selváticos. Pero hace cinco años murió asesinado en Lima. En Pucaurquillo, el curaca recuerda su inconclusa búsqueda del tinte azul natural

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Lo persiguió, lo soñó, lo invocó, lo deseó con el consciente y con el inconsciente, pero nunca jamás lo encontró. El azul no se dejó hallar por él, ni en lo más extraviado del monte. El pintor bora Víctor Churay Roque (o Ivá Wajyámu, su nombre tradicional que significa 'Guacamayo emplumado') buscaba el tinte natural en alguna raíz, tallo o insecto de lago que diera esa tonalidad de color clara, contemplativa... temperada. Pero la muerte lo azuló execrablemente en Lima, en el 2002, antes de que pudiera atisbarlo. El 15 de abril de ese año, su cuerpo fue encontrado desbarrancado en un acantilado de la Costanera, en San Miguel, en un crimen que nunca se resolvió. Y que --como suele suceder con esa clase de deceso que no tiene justificación del cielo, pero crea su propio cielo, que podríamos llamar: 'muerte popular'-- ha hecho que en la selva se convierta en un ícono de color sagrado.

Churay había nacido en 1972 en Pucaurquillo, una comunidad a 45 minutos de Pevas, una ciudad que a su vez está a diez horas de Iquitos, una capital de departamento cuyos artistas originarios, por su parte, estaban a centenas de años del olvido hegemónico limeño. Fue precisamente Víctor, el pintor que produjo una doble fascinación: en la antropología (porque se le debe una completa recopilación de mitos boras aún inéditos), y en el arte popular, porque coadyuvó a borrar la identificación de todo artista popular solo con la sierra o con los conos limeños migrantes de la sierra.

El agónico abandono artístico de la selva se combatió desde Pucaurquillo, una comunidad de 770 habitantes: 320 huitotos y 450 boras separados por una cancha de fútbol y arrejuntados por obra y ansias del amor entre sus jóvenes. La frase 'artistas por naturaleza' tiene aquí un significado total. 'Puca' significa rojo en quechua, el idioma asimilado por las etnias amazónicas cuando, en 1937, 1.200 boras, huitotos y ocainas huyeron del Putumayo, por las guerras fronterizas entre el Perú y Colombia, y buscaron asentarse en las costas y costras (la explotación cauchera heriría salvajemente a los indígenas) del río Ampiyacu. 'Puca' alude a la tinta roja de los barrancos aquí y es la paradoja de Churay: era un hombre del pueblo rojo que buscaba el azul.

Lo anhelaba desde los 12 años cuando aprendió a utilizar tintes naturales usando de pincel los tallos del piri piri: el achiote, el pijuallo, la leche de caspi, los guisardos. En el colegio aprendió a usar los tintes industriales y ganó muchos concursos hasta llegar a exponer por primera vez en una colectiva en Leticia, Colombia, en 1994. Sus orígenes condenaban a Víctor al endiosamiento de lo que hiciera: su padre es el curaca del milenario clan pelejo (pelejo es el perezoso, que para los boras es símbolo de fortaleza) y su madre Lea Roque, es una descendiente del clan aguaje.

Y es precisamente su papá, Wahcayu (o Víctor Churay Flores en el DNI), quien recibe a todo extraño en Pucaurquillo con una tristeza roja. Él fue el protagonista de una película, porque dos años después de la muerte de su hijo el documentalista Fernando Valdivia culminó de editar "Buscando el azul", un filme sobre su hijo que ganó el premio de la Fundación Rigoberta Menchú en el "Voces contra el silencio", un festival de documentales independientes que se realiza en México.

En la cinta, en primera imagen, Víctor aparecía definiéndose, impulsivo y peliagudo: "Soy signo leo, pertenezco al clan pelejo, de los clanes más fuertes que hay en todos los clanes... porque a un pelejo se le golpea y no pasa nada". Valdivia lo conoció en 1993 y ambos se hicieron buscadores amigos. La idea del documental surgió en 1996 cuando se identificó con la feliz obcecación del pintor bora por encontrar ese pigmento de mar en alguna planta escondida, a cientos de kilómetros del Pacífico y el Atlántico.

Las imágenes son 'extrañables' para Wahcayu, su progenitor capitán en las expediciones por el azul y a quien el documental muestra matando a las boas. "Yo iba con él cuando nos internábamos en el bosque, porque Víctor desde niño nunca pudo matar a ningún animal salvaje", cuenta el padre, que por la pobreza negra de este poblado tiene pocos dientes, aunque sí un amarillo orgullo. Wahcayo recuerda la vuelta del hijo prodigio a comienzos del 2002, cuando venía de encandilar a Lima con su pintura mítica y, sin embargo, su búsqueda del azul se comenzaba a diluir. Y el 'puca' resurgía con fiereza: porque Churay, que estudiaba Historia desde el 2000 en San Marcos, quería ser alcalde de su pueblo y llegar hasta congresista. Víctor era un 'tocado', pero cuando vivió en Lima se trastocó (dicho esto sin maniqueísmos). Ex compañeros recuerdan que lo tentaba ser barra brava de la 'U' y algunos artistas jóvenes de Pevas lo pintan como alguien que le gustaba la 'bronca'. El curaca coge su manguaré y hace un testimonio de parte de su corazón.

LA FAMILIA ROJA DEL AZUL
Su color favorito es el verde. En su maloca (templo para ceremonias), Wahcayo de 66 años, toca el manguaré sin contemplaciones: un tambor de árbol doble (el más grueso es hembra y el más pequeño es macho), fabricado con topa y que es el teléfono de los boras. Por un código de sonidos, como una sincopada clave morse, --que se decodifican por su rapidez y fuerza y que suenan a mecanografía tribal--, él puede informar a kilómetros que ha llegado visita o que se reúna el pueblo por una emergencia. Wahcayo rememora luego: "Víctor empezó a pintar desde el colegio McDonalds, por el nombre del primer cura que llegó, en Pevas, donde yo lo llevaba remando en peque peque. Yo le enseñaba a lamer ampiri de tabaco, que te produce visiones, te hace marear, te desmayas, sudas y te sale tu saladera. También coca que aquí la ponemos líquida en la boca, no la picchamos, como en la sierra. Pero Víctor prefirió después buscar colores con el ayahuasca".

Con la llamada lluviosa del manguaré llegan los Churay. La madre de Víctor llora sin consuelo. La sola mención del hijo la devasta. El curaca y el manguaré también se quiebran. La hermana mayor y el hermano también pintor, Jairo, intentan mantenerse serenos. Ella habla sin detenerse: "Su crimen nunca se aclaró. Cuando el ataúd llegó a Pevas había miles de personas esperándolo como si fuera un presidente. Ufff, mi hermano empezó pintando pescaditos, mariposas, tucanes. No nos dimos cuenta cuándo empezó a pintar tan bien, pero él se juntaba con mi papá, con los ancianos y siempre preguntaba por las tradiciones más antiguas. Él se quedaba pintando hasta la una de la mañana con lamparines. Y cuando se fue haciendo famoso, fue el primero en comprar una radio y el primero que trajo un televisor al pueblo".

Anastacia Trigoso fue uno de los personajes de Víctor, ella era la reina de la fiesta de la garza blanca: "Me bañaban con hojas y quedaba bien negrita y me adornaban con pluma de la garza. Y me ponían corona y me hacían bailar por los pueblos día y noche, junto con la garza blanca que llega del bosque cada tres, cinco, siete o diez años, no sabemos. La fiesta se hace para tener buena suerte, que la tierra produzca, haya buenas frutas".

El curaca pelejo quiere fundar un museo en el que fue el cuarto de Víctor, que traiga dinero a una de las comunidades más pobres de la selva (y donde tortura el diablo del alcoholismo, la parte de los huitotos desde las 11 de la mañana es un pueblo tiranizado por el trago más amargo). Pero claman porque en Lima les donen aunque sea algunas reproducciones de sus cuadros. La familia peregrina todos los domingos a la tumba en el extremo de una pendiente. Aquí el líder huitoto Melitón Díaz, y compañero de promoción escolar, cuenta: "La última vez que vino me dijo que ya no regresaba, que sus rivales en la dirigencia de estudiantes de San Marcos lo querían matar, porque él marchó contra Fujimori". Esta es una de las versiones de la muerte que nutren el mito rural. Sus pinturas, además, también tenían un fondo crítico, porque a la manera de Guamán Poma retrataron la explotación brutal de los caucheros y las lapidaciones y asesinatos en el fuego de que eran víctimas los nativos. Pero las versiones de su muerte siguen propagándose en este codo reseco del Amazonas.

LA MUERTE VERDE
Los partes policiales decían que su muerte en la cuadra 15 de la avenida Costanera se debió a "una severa conmoción cerebral", producida por varios golpes "presumiblemente" por un robo (la presencia de fumones es reconocida en la zona) o por suicidio (aunque nadie encontró una sola razón para esta última hipótesis). Otra versión decía que antes había estado en una pollada en la cuadra 19 de la avenida La Paz, que se fue ebrio y que se resbaló unos 100 metros por el barranco. Pero el cadáver tenía rastros de atroces golpes. Nunca se resolvió el supuesto crimen y en Pucaurquillo se destejen las hipótesis más tenebrosas.

Los brujos dicen que en sus mesas han visto que lo mataron los serenos del distrito limeño (justo por la fecha en que asesinaron a un torero español); otros llegan al disparate: que lo mató Francisco Grippa, el pintor delirante de Pevas, porque Churay habría encontrado en secreto el azul; y estaba envidioso. También hubo leyendas urbanas en Lima, la antropóloga Belén Soria, del Seminario de Historia Rural de San Marcos, que lo cobijó, recuerda su muerte como trágicamente inesperada: "Cuando llegó a Lima, en 1997, estuvo con el doctor Pablo Macera como tres años. Tenía como cincuenta cuadros, no todos en la corteza de árbol llamada llanchama, también en cartulina. Era dinámico, entusiasta, con grandes sueños. Fue el que abrió el camino de los pintores de la selva, antes se consideraba que eran artesanales. El azul lo sacaban del huito, pero era grisáceo, por eso lo recuerdo siempre queriendo volver para encontrar el auténtico azul. Sus cuadros no se vendían mucho, ahora costarían más, como hace Rember Yahuarcani". Rember es un talentosísimo pintor que tiene como norte a Churay y como sur, no repetir los excesos que, según confiesan los que lo conocieron, la vida bohemia le ocasionó. Mientras tanto el azul natural sigue intacto en la jungla. La familia Churay lo sigue buscando con misterio. Un niño bora repite lo que dicen los adultos más tenebrosos, que el mortal color esperaba a Víctor a efímeros metros de donde murió, en el mar que tanto le gustaba ver desde que llegó a Lima. Solo el cielo lo despedía con ingratitud: ese día mortal, como todos, se mantuvo color del huito: azul grisáceo.