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HABLE CON ELLA

La desobediencia creativa

Por Marcela Robles

En el libro "Las desobedientes, mujeres de nuestra América", se reseña la historia de aquellas beligerantes, insumisas y revoltosas del siglo XIX, que se salieron del canon, se quitaron el corsé y se atrevieron a escribir; sentadas en la tapa del horno donde se cocinaban todos los prejuicios en contra. Entre ellas figura la peruana Clorinda Matto de Turner, autora de la inclasificable "Aves sin nido".

No esgrimo la desobediencia como un estandarte. Se trata de una metáfora que irradia estados interiores que salen a la luz luego de los procesos creativos, convertidos en una criatura que camina con sus propias patas, sin que uno pueda hacer nada para detenerla o amordazarla. Una vez que nos ha exprimido a su antojo nos deja exhaustos sin ganas de volver a reincidir. Hasta que reincidimos. ¿Y eso qué indica? Que la literatura es más fuerte que nosotros.

Tampoco menosprecio la obediencia. Cuando no se trata de un estado de hipnosis idiótica o robótica, o de sumisión, puede ser un buen entrenamiento; una disciplina que fortalece el ánimo, la templanza; la capacidad de entender mandamientos ajenos, y la comprensión de causas que no son las propias.

El asunto es que luego de ser expulsados crónicamente del parnaso de los que siguen las reglas al pie de la letra, y de lamernos las cicatrices, aprendemos el catecismo de la desobediencia creativa. El que nos enseña que si uno transita por los caminos que elige tiene que desobedecer algunas leyes del statu quo, e improvisar. Ahí surge un desafío mayor, el de la desobediencia a uno mismo, quizás la voz más autoritaria que existe: un mandato.

La prestigiosa escritora británica Jay Griffiths, sacerdotisa de las culturas indígenas excluidas del pensamiento globalizante, visitó, entre muchos otros países, el Perú. Quería probar ayahuasca, buscando cura para su depresión (con muy buenos resultados). La autora, que publicó en el 2007 su libro "Wild", luego de los siete años que le tomó viajar mientras lo escribía (o viceversa), ha señalado que Occidente opera como una especie de apartheid intelectual, que promueve la idea de que nuestro modo de pensar es el único o en todo caso el mejor. "Es hora de saber --dice-- que hay muchas maneras de vivir y de pensar de las que cualquiera pueda imaginar".

Ya desde niña, cuando descubrió el diccionario, se dio cuenta (felizmente) de que no necesitaba esperar a que los adultos le explicaran lo que significaba una palabra. "Escribir --ha dicho-- es a su vez un arte y un servicio. Siento que el mundo nunca ha necesitado tanto de escritores 'verdaderos', aquellos que van por ahí haciendo preguntas, actúan como mensajeros para sus lectores y son fieles a lo que saben".

La literatura es una suerte de reconciliación. El lugar en el que se llega a entender mejor a cada criatura sin la distancia que impone la realidad; esa arena donde, en una misma página, siete renglones más abajo de donde aparece el asesino puede irrumpir el héroe que nos librará del dictador. Ahí conviven todos los seres imperfectos que se vuelven personajes perfectos en la ficción ante la mirada piadosa del autor, sin importar qué tan despiadados sean los actos que cometen.

Alertados por la palabra de Griffiths, que según los críticos escribe con una gracia salvaje, recordemos el peligro de mirarnos permanentemente el ombligo, a riesgo de convertirnos en un apartheid individual.

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