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José Balta: historia de un magnicidio

Fue hace 136 años

Por David Hidalgo Vega

Horas antes de caer prisionero, el presidente José Balta terminó de redactar lo que sería su último mensaje a la nación. Era un discurso dirigido a los congresistas de la época, cuando no había forma de transmitirlo en directo al resto del país. Balta llegó a poner las últimas correcciones con ayuda de su asistente personal. "Cuando recibí de vosotros la insignia del poder supremo [] acababa de pasar la República por una de aquellas violentas crisis que demandan prolijos cuidados para curar recientes y graves heridas, y una voluntad incontrastable para evitar las repeticiones de deplorables extravíos [...]. He procurado a todo trance la conservación del orden público, cuyo trastorno se ha intentado en más de una ocasión, aunque sin éxito, y sin que la Nación haya tenido que deplorar las terribles consecuencias que habrían sido inevitables si los planes de desordenadas ambiciones hubiesen llegado, por desgracia, a realizarse". El texto no llegó a su destino. Su autor estaba muerto cuando se hizo público. Eran las Fiestas Patrias de julio de 1872.

El discurso fue entregado a los diarios de Lima, entre ellos El Comercio, por el hermano del presidente, en homenaje póstumo, seguro de que "convencerá al mundo entero de los patrióticos y leales sentimientos que abrigaba el corazón del jefe de la República, víctima de la más horrenda traición". Para entonces, el decano había vuelto a las calles tras mes y medio de clausura por orden presidencial. La historia contaría luego que por esos días Balta consideraba la idea de realizar un golpe de Estado, pero que se arrepintió. Alguien siguió con el plan.

ANUNCIO DEL GOLPE
El 22 de julio, el diario "La Patria" dio cuenta del caos. "Hoy han tenido lugar graves sucesos. A las dos de la tarde, la mitad del batallón Pichincha, a órdenes de su primer jefe, penetró al Palacio de Gobierno y tomó preso a S.E. el presidente de la República, que fue conducido al cuartel de San Francisco, donde permanece", informan las primeras líneas. Era lunes. Lima empezaba una semana de zozobra. "Al mismo tiempo, una parte del cuerpo de artillería, el Zepita N° 3 y la otra mitad del batallón Pichincha se posesionaron de la Plaza de Armas, donde permanecieron hasta poco después de haber sacado al presidente".

Media hora después, las dos cámaras del Congreso iniciaron una reunión de urgencia para analizar los hechos. Los congresistas acordaron rechazar el golpe de Estado. Estaban redactando una moción oficial cuando un pelotón irrumpió en el hemiciclo y conminó a que todos los presentes lo abandonaran. La situación fue confusa. "Hasta el momento de poner en prensa el periódico, nada sabemos acerca de la situación que han creado estos sucesos".

El golpe había sido encabezado por el coronel Tomás Gutiérrez, ministro de Guerra, un aparente aliado en tiempos de revueltas, que había apoyado en su tiempo a Ramón Castilla y que, en el fondo, debía resentir de Balta la anulación por cuestiones políticas de su ya ganado rango de general. A pocos días del cambio de mando, Gutiérrez encabezaba una facción decidida a impedir la entrega del poder al recién electo presidente Manuel Pardo. "En vista del inminente peligro en que se encontraban las instituciones y más que ellas, el porvenir del país, el Ejército, la Armada Nacional y la mayoría del pueblo me han proclamado Jefe Supremo de la Nación", decía el decreto que el militar mandó publicar al día siguiente. Su mensaje al país era todavía más inflamado. "He salvado a la Patria del espejismo en que iban a sumirla el partido político más funesto y la debilidad del Coronel D. José Balta (sic)".

Gutiérrez estaba respaldado por sus hermanos Marcelino, Silvestre y Marceliano, también coroneles del Ejército, quienes estaban al mando de los batallones que protegían Lima. Los testimonios de la época calculaban su fuerza en ocho mil hombres. El golpe, sin embargo, no tenía el respaldo del pueblo.

El incidente que lo puso en evidencia cobró en ellos su primera víctima. En el cuarto día de la insurrección, con la ciudad azorada por tiroteos impredecibles, Silvestre llegó del Callao para hacer coordinaciones en Palacio de Gobierno. Luego se dirigió a la estación del ferrocarril para tomar el coche de retorno a su puesto. "Al pasar cerca de un grupo de más de cincuenta personas, una de estas gritó: 'Viva Pardo'. Ese fue suficiente motivo para que él sacara su revólver y disparara seis tiros contra el pueblo y tratara de desenvainar su espada, para lo que no le dio tiempo un joven que lo derribó de un balazo", dice una crónica periodística que narra todos los hechos de la revuelta.

Lima terminó de incendiarse. Por diversas zonas se desataban escaramuzas entre la población y las tropas golpistas. Al enterarse del fin de su hermano, Tomás Gutiérrez envió un contingente que no solo le confirmó la noticia, sino que lo previno de un inminente levantamiento popular. El dictador ordenó el regreso del batallón que custodiaba al derrocado presidente Balta para asegurar las calles que rodeaban Palacio. Poco después, y al parecer sin su conocimiento, su otro hermano, Marceliano, dio la orden de ejecutar al mandatario.

"Como a las doce del día corrió la noticia de que el coronel Balta había sido fusilado en el cuartel de San Francisco", relató El Comercio al día siguiente de los hechos, 27 de julio, en una edición de emergencia que lo devolvía a las calles tras la censura, en medio del caos. "Poco después de este rumor, lo vimos confirmado por un doméstico de Balta, que le había llevado el almuerzo". El cuerpo fue sacado al patio del cuartel, de donde fue llevado en hombros por algunos oficiales hasta una capilla. La ejecución había sido brutal. "El cuerpo de Balta estaba desnudo, cubierto tan solo de una camiseta de lana: por las espaldas, la frente y la garganta enseñaba las heridas de bala; y en el costado, la boca y el pecho, de las bayonetas".

En pocas horas, la furia popular acorraló Palacio. La crónica de esa jornada cuenta que los batallones militares iban desertando en favor de la población. "Los acontecimientos se suceden con una rapidez fatal para los tiranos", escribió nuestro reportero. A eso de las cinco de la tarde, las últimas tropas que defendían Palacio cedieron a la multitud. Un grupo de notables ingresó a la casa de Gobierno para tomar el control. La gente invadió las casas de los cabecillas del golpe, buscó al dictador por toda la ciudad.

A eso de las nueve de la noche, Gutiérrez, que se había refugiado en el cuartel de Santa Catalina, trató de fugar cubierto con una capa. En una calle fue capturado por oficiales leales a Balta. Mientras lo trasladaban, la multitud empezó a juntarse, furiosa, para exigir su cabeza. Sus custodios tuvieron que meterlo a una botica. De allí no supieron más.

"De la botica lo sacaron y nada valió para que fuera perdonado; aquel soldado de tanto brío, de coraje tan probado, imploraba perdón de rodillas, suplicaba con la desesperación más grande; pero todo fue inútil. Escrito estaba que debía morir en manos de un pueblo que al victimarlo no creía que se vengaba sino que satisfacía a la justicia y a la ley. El cadáver fue objeto de actos de odio, que por más reprobables que sean, no se pueden evitar [...]. Así terminó su corta pero nefanda dictadura".

Marcelino Gutiérrez logró esconderse en la casa de un pariente. Pero la fatalidad arrancó una terna a esta aventura familiar. "Un testigo presencial de los sucesos del Callao nos refiere que ayer a la medianoche fue muerto D. Marceliano Gutiérrez, herido por una bala del pueblo, en el estómago, justamente en el momento en que pretendía hacer fuego con los cañones", indicó el corresponsal de la provincia constitucional.

El fin de los Gutiérrez fue tan brutal que la lúgubre fotografía de sus cadáveres --aparentemente montada-- es la imagen clásica de este episodio. En ella aparecen los cuerpos de Tomás y Silvestre, colgados de las torres de la Catedral de Lima, "donde ha querido el pueblo que ostenten como escarmiento de traidores". El poeta Juan de Arona describiría la escena días después en estas páginas con el poema "Los ajusticiados": "Vedlos flotando al aire en carnes vivas/ los que hasta ayer en caliente lecho/ horas gozaban al placer no esquivas". A la mañana siguiente, los cuerpos fueron bajados y arrojados a una hoguera. El cadáver de Marceliano, el insurrecto que ordenó matar al presidente, fue traído especialmente para alimentar el fuego. Los presentes "quieren que ni sus cenizas queden y que los cuatro vientos las arrastren", escribió el autor de la crónica. Su tembloroso asombro aún tiñe esas páginas.

Últimas noticias del pasado
1872
27 de julio. Primera edición de El Comercio tras mes y medio de clausura. Aquí se da cuenta de los terribles hechos.

1872
31 de julio. El Comercio publica el último discurso del ya desaparecido presidente Balta. Nunca llegó a su destino.

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