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Crónica: El terror que invadió un país

10:25 | El secuestro de la residencia del embajador japonés en Lima en 1996 marcó un punto de quiebre en la historia. Ningún recuento debe ignorarlo

Por David Hidalgo Vega

Todavía se recuerdan varias imágenes televisadas esa noche, la turbación de los reporteros, el espanto de los vecinos, la crispación de los policías. Todavía se recuerda la sensación de incredulidad ante una escena que cabía esperar en una película, pero que de pronto aparecía en casi todos los canales como una transmisión en cadena. Terroristas en una recepción diplomática en San Isidro. Una explosión en una casa vecina. Cientos de personas secuestradas. Una confusión que tomaría cuerpo a la mañana siguiente por medio de titulares que saltarían desde los quioscos de Lima.

El Comercio lo dijo así: "Terroristas toman a más de 200 rehenes". El primer impacto de esa cuchillada noticiosa iba seguido de un tiro de gracia: "Comando suicida del MRTA asaltó con armas de grueso calibre residencia del embajador del Japón". Todavía se recuerda fragmentos de ese episodio, está dicho, pero nada impacta más que leerlo como la primera vez.

La nota de portada de este Diario daba cuenta del asalto cometido por unos 18 integrantes del grupo terrorista durante la recepción diplomática por el cumpleaños del emperador Akihito. El ataque les había permitido secuestrar a más de 200 personas, "entre ellas los ministros de Relaciones Exteriores, Justicia y Agricultura, congresistas, diplomáticos y funcionarios del Gobierno", decía el reporte.

Aquella había sido una primera noche de confusiones a mansalva. En los primeros minutos del ataque, algunos invitados creyeron que acababa de estallar un balón de gas, hasta que tres detonaciones más y el griterío de los atacantes hizo evidente que se trataba de un secuestro. Poco después, en el exterior, corrió la versión de que los emerretistas habían ingresado camuflados entre los mozos de la recepción. Luego la policía descartó esa posibilidad: la incursión se había producido por el forado de una pared lateral abierto a punta de explosivos.

El ataque de ese martes 17 de diciembre había desconcertado del mismo modo a los efectivos policiales de resguardo de dignatarios, "que no podían salir de su asombro, pues en sus propias narices los sediciosos habían tomado el control de la residencia, habían logrado cerrar la puerta y reducir a la decena de efectivos de seguridad de la embajada y de la PNP que se encontraban en el interior". Una primera liberación de rehenes proporcionó una ligera dosis de alivio, aunque la angustia acuchilló la madrugada varias veces más. "Hubo esposas que desde el exterior de la residencia pedían ser canjeadas por sus cónyuges", informó este diario. Una fotografía lo evidenciaba: la hija del embajador de Alemania corrió a su encuentro al verlo salir. Integraba una comisión negociadora voluntaria.

Otro de esos picos ocurrió a eso de las dos de la mañana, cuando el entonces alcalde de Miraflores, Fernando Andrade, decidió escapar por la ventana de un baño. "Debía ganar la puerta del garaje, que estaba a unos 60 metros. Sabía que podían dispararme tanto del primer como del segundo piso", relataría después, en una conferencia de prensa. Su testimonio permitiría conocer esbozos de la situación dentro de la residencia. Ningún rehén había sido maltratado, hasta entonces, pero los terroristas habían dejado en claro la situación. "Se nos dijo que éramos prisioneros de guerra", contó Andrade.

Un mensaje del grupo emerretista apuntaba en esa dirección: se presentaba el secuestro como una acción de guerra destinada a obtener la libertad de la cúpula emerretista encarcelada en varias prisiones del país. En el conjunto de liberaciones exigidas figuraban los nombres del cabecilla Víctor Polay y de dirigentes claves como Peter Cárdenas, Lucero Cumpa y Miguel Rincón. Un enérgico editorial de El Comercio respondió con repudio a la acción terrorista, pero reclamó serenidad. "Las características del asalto y sus peticiones insólitas [...] ameritan un tratamiento extremadamente cuidadoso, en el cual se mantenga estricto equilibrio entre la energía indispensable para la defensa de un sistema democrático y la cautela operativa en aras de criterios humanitarios que no pueden, ni deben, ser pasados por alto".

Era el comienzo de un largo drama internacional. El canciller japonés llegó en visita de urgencia a Lima para informarse de la posible respuesta del Gobierno Peruano. La ONU exigió la liberación de los rehenes. El presidente de EE.UU. Bill Clinton ofreció ayuda inmediata. El Papa se mostró angustiado. Aquel diciembre estuvo cargado de miedo. Pocos años como ese terminaron con tanta angustia.

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