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Postales del Callao de principios del siglo XX

19:05 | Como una romántica usanza de los albores de la publicidad, los negocios de principios del siglo pasado utilizaban unos rectángulos de cartulina con bellas imágenes impresas. Eran las postales, que también se usaban para escribir pequeños mensajes

Por Enrique Sánchez Hernani

A propósito del aniversario 172 del Callao, el Gobierno Regional del primer puerto ha impreso un catálogo con parte de la mejor producción de postales de aquellos tiempos: Luis Sablich Solera, Editor gráfico del Callao, 1905-1930. Las postales son parte de la inmensa colección de Humberto Currarino Cámere.

Cuando el siglo XX se volcó sin aspavientos sobre Lima y el Callao, sus habitantes miraron con curiosidad el nuevo siglo que se le abría. El censo de 1908 descubrió que en la capital vivían poco más de 140 mil habitantes, la mayoría muy atenta a las novedades que relumbraban en Europa. Mientras en 1905 la gran novedad en Lima fue la inauguración del monumento al coronel Francisco Bolognesi, a la cual asistió un multitud de enfervorizados peruanos, el Callao se consolidaba como un puerto moderno y animoso. 

Los chalacos espectaban una bullente vida comercial. A comienzos de ese siglo, por el primer puerto desembarcaban toneladas de cacao que iban a parar a las fábricas Field, Ravettino, Battifora, Carbone y otras, todas italianas, para preparar la golosina de moda: el chocolate. La fábrica de cerveza A. Kieffer del puerto competía barril a barril con la limeña Backus Johnston. Quienes pasaban con el alcohol se inclinaban por una bebida gaseosa recién inventada: la Kola Inglesa. Y de Lima al Callao, y viceversa, los vecinos viajaban, apurados, en un flamante invento: el tranvía eléctrico.
Este es el apretado panorama que había en la capital cuando un ciudadano chalaco, Luis Sablich Solera, cuyo padre había emigrado al Callao desde San Francisco, decidió imprimir un pequeño artilugio para hacer más popular su tabaquería: una colección de primorosas postales con imágenes del primer puerto, primero en duotono y luego coloreadas.

Imágenes de otro tiempo
Sablich aprovecharía el trabajo de varios estudios fotográficos que desde mediados del siglo XIX se habían afincado en el puerto, desde el ahora célebre Courret Hermanos (que después se trasladó a Lima) hasta J.W. Newland, Jacob Ward, Eugenio Maunoury, Antonio Delolme y otros. Un aviso del diario Callao de la época da cuenta de cómo se vendían las postales: "Negras finas de bromuro a un sol la docena e iluminadas finas de bromuro a un sol dos docenas". Las postales se mandaban a imprimir a Alemania pero no se conoce con precisión cuántas imágenes trabajó Sablich; lo que sí se sabe es que vendía postales con un solo motivo: el Callao.

Tras haber venido imprimiendo sus postales desde 1905, Sablich, que había vivido en el puerto todos esos años, se ve obligado a mudarse en 1932 al jirón Miro Quesada, en Lima, a pocos metros de El Comercio. Por la crisis económica mundial, su labor de impresión de postales se detendrá algún tiempo después. Sin embargo seguirá vendiendo tarjetas postales de otros editores, tabaco, pipas y loterías hasta su muerte, la que ocurre en marzo de 1968. Entonces tenía 86 años.

Coleccionando el pasado
Un albur puso en la ruta de coleccionar tarjetas postales a Humberto Currarino Cámare. Él es, hoy por hoy, el mayor tenedor de tales tarjetas. Su colección, guardada amablemente en el escritorio de su casa en La Punta, con una vista al mar fabulosa, alcanza la friolera de 15 mil unidades. Más o menos, porque Currarino ha perdido la cuenta. Sólo de Sablich guarda unas 500 tarjetas, y de otro editor limeño, Eduardo Pollack, tendrá unas 1700. Todas están guardadas en unos sobres de plástico sin ácidos, para evitar los hongos. "Eso es lo interesante del coleccionista: su trabajo no tiene fin", dice Currarino bajando tomos y tomos de sus archivadores.

La colección se inicia en la época en que Currarino estudiaba Derecho en la Universidad Católica, en el jirón Camaná, allá por 1964. Como todo estudiante de Derecho, le gustaban los libros antiguos. Hasta que un día, husmeando en una librería de viejo, halló un lotecito de postales antiguas. Al revisarlas encontró una postal del Callao, de 1904, editada por un tal Torres, y la compró. "Cambié libros por postales", sonríe. Por entonces coleccionar postales era una extravagancia. Allí empezó. Desde entonces se hizo asiduo a las tiendas de viejo, a las de antigüedades y más tarde a la Cachina.

Con el tiempo, una buena parte de su compilación de postales Currarino la ha obtenido fuera, porque los limeños y chalacos las enviaban a sus amigos en el extranjero con saludos fugaces. Ha caminado por París y Buenos Aires, así como por Roma y Madrid. En todas estas ciudades hay casas especializadas que han permitido incrementar su repertorio. Los precios por cada una suelen variar mucho. Currarino ha llegado a pagar hasta 100 y 120 dólares por algunas de ellas, sobre todo las adquiridas a un anticuario en la calle Maipú, en Buenos Aires.

En esta misma casa bonaerense hizo un trueque. En su catálogo figuraba una vieja postal de las Islas Malvinas, a 250 dólares, pero que no era de la propiedad del tendero sino de un tercero. Currarino recordó que tenía una igual en su casa de La Punta, y la cambió, en trueque, por una postal peruana que le interesaba, ilustrada con la imagen del BAP Huáscar. Una rareza.

Por Europa y La Cachina
El coleccionista chalaco también ha visitado los mercados de pulgas de varias ciudades importantes, sobre todo los puestos dedicados a la filatelia, íntimamente vinculada a la cartofilia, que es como se conoce a la colección de postales. Pero sorprende al afirmar que la mayor cantidad la ha obtenido en La Cachina. "Antes yo buscaba las postales y las fotografías; ahora ellas me buscan a mí. Los cachineros ya me conocen y vienen a mi casa", subraya. Saben que el mejor precio se lo van a sacar con él.

Con las postales, pegadas en viejos álbumes de fotografías, Currarino también ha hecho un buen acopio de retratos antiguos. Y así ha extendido su pasión a viejos negativos en vidrio de, por ejemplo, Courret, Ugarte y Castillo. Currarino, ahora, tiene unos 5 mil vidrios. "Los compré antes que la Biblioteca Nacional lo hiciera, a Jorge Rengifo", da el dato. Él cree que su colección es mayor que la que posee la Biblioteca.

Por el volumen de su recolección, Currarino ahora piensa hacer una fundación, pero la idea todavía está en pañales. Ha reunido aquellas que tienen imágenes no sólo del Callao sino que también de Lima, Barranco, Miraflores y Chorrillos, además de postales con retratos personales, básicamente peruanos. Añade que coleccionistas de postales en el Perú son pocos, quizá unos cinco o seis, no más. Él, claro, los conoce a todos. Y como buen coleccionista, codicia la postal que no tiene. Por ejemplo, hay una que ahora desea: ésta tiene una imagen de la Plaza Grau del Callao con un circo, muy rara.

Currarino, abogado especializado en Derecho Pesquero, chalaco de toda la vida, dedica todos los fines de semana a revisar sus postales. El resto de la semana ejerce su profesión. Y al decirlo mira un estante con varios cientos de tarjetas sin orden alguno. Son las que le falta clasificar. Piensa poner manos a la obra pronto. Afuera resuena el mar, levemente, recordándole que tampoco hay premura. Tiene la vida por delante.

Las postales en su historia
Aunque las tarjetas postales fueron patentadas en Filadelfia, Estados Unidos, en 1861, por un industrioso impresor de nombre J.P. Carlton, con el fin de enviar mensajes breves a un destinatario postal, será en Austria donde este pequeño rectángulo de cartulina cobrará auge, pues en 1865 su gobierno autorizó la circulación de cartas oficiales sin sobre.
La novedad prendió de tal manera que ya para 1869 la Dirección de Correos y Telégrafos austriaca logró vender un millón y medio de ejemplares de aquella monería en menos de tres meses. Pronto aquel rectángulo con diferentes tipos de ilustraciones fue muy popular en toda Europa y Estados Unidos.

Para inicios del siglo XX, en Europa, las ilustraciones se hacen muy sofisticadas y de alta calidad, al punto que existen series ilustradas por artistas como Gustav Klimt, Egon Schiele, Henri Toulouse Lautrec y Kokoschka, entre otros. En el Perú haría lo propio Daniel Hernández y el no menos famoso fotógrafo arequipeño Max T. Vargas.

Por aquellos años las tarjetas postales se usaron con fines diversos. Mostraban la colonización de África, la revolución zapatista en México o aspectos de la guerra civil en España. Las más comunes se ilustraban con paisajes o arquitectura de las localidades donde se comerciaban. Posteriormente, Alemania, tras ser el lugar predilecto para imprimir postales, quedó fuera del mercado luego de la Primera Guerra Mundial. Entonces Estados Unidos ocupó ese lugar.

Hasta 1930 duró la usanza de la tarjeta postal como objeto artístico. Una nueva moda desplazó entonces las preferencias visuales de los noveleros: el cine, que con su aparición marcó una nueva etapa para aquellas tarjetas, volviéndola más comercial.

Fantasías eróticas
Las ediciones peruanas de postales se iniciaron en 1901 con el trabajo de Fernando Garreaud, hijo del fotógrafo francés Emile Garreaud que llegó a Lima en 1855 y cuyo  trabajo quedó registrado en El Atlas Geográfico del Perú de Mariano Felipe Paz Soldán. Fernando se hizo conocido por sus postales elaboradas con la técnica Real Photo, entre las que una serie de imágenes eróticas hizo las delicias del público.

En la misma línea trabajaría el célebre Emile Leopold Reutlinger, que nació en el Callao en el año de 1863 y viajó a París en 1883 para encargarse del estudio fotográfico de su tío. Fue el iniciador de la llamada 'foto glamorosa' y se hizo famoso por retratar a los políticos y artistas destacados de Europa, además de inmortalizar a conocidas bellezas de la época, como Cléo de Mérode, hermosa bailarina de origen aristocrático, marcada por un romance imposible con Leopoldo II de Bélgica.

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