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Francisco Miró Quesada Cantuarias: El niño, el filósofo y el periodista

El ex director periodístico de El Comercio cuenta tres momentos en la vida de su padre, quien el próximo 21 de diciembre celebrará su cumpleaños.

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Ilustración de Francisco Miró Quesada Cantuarias hecha por Victor Aguilar

—El niño—
Mi padre nació un mes después que acabó la Primera Guerra Mundial. Curiosa coincidencia porque mi abuelo Óscar Miró Quesada de la Guerra, conocido en el mundo periodístico como Racso, es decir Óscar al revés, nació en 1884 cuando terminó la guerra con Chile. Fueron épocas en las que se empezaba a construir la paz, sin duda una paz conflictiva, pero al menos los protagonistas decidieron no seguir matándose. Ellos nacieron en un contexto histórico en el que había voluntad de paz.

Me contaban unas tías abuelas que, cuando mi padre nació, Racso le dedicó un poema en el que le decía cómo sería su destino. Tendré que creerles porque ese poema nunca lo vi. Pero esto sí es verdad. Mi padre me cuenta que nació rodeado de amor y que la figura de su abuela Rosa María Dagnino de Cantuarias aparece en sus primeros recuerdos. Él le decía a esa recordada abuela “wawa” y la adoraba con toda su alma. También desde muy niño recuerda a su madre Josefina Cantuarias Dagnino, que falleció cuando él tenía nueve años, y por supuesto a Racso, quien al enviudar hizo la doble función de padre y madre, no solo para él, sino para su hermano mayor Óscar, más conocido como Kuki, quien fue un muy destacado oncólogo.

Luego de esta tragedia que, como dice mi padre, lo enfrentó desde muy niño con la muerte, Racso se casó con Rita de la Fuente y tuvieron dos hijos: Alfonso, más conocido como Foncho, y Marta, sus hermanos menores a los que quiere y recuerda mucho.

Como la vida de un niño tiene muchas experiencias solo contaré una. Cuando tenía siete años, viajó con sus padres y Kuki a Francia, porque era el país que más le gustaba a mi abuelo. Desde las páginas de El Comercio siempre defendió a Francia durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Cuando llegó a París, el niño Paco quedó impresionado. Después, la ha visitado muchas veces, incluso fue embajador allí. Todavía dice: “París es la ciudad más bella del mundo”. Fue ahí donde aprendió un excelente francés hasta llegar a ser bilingüe. Lo habla como si fuera su propio idioma, aunque él dice que no es así, porque, como es inteligente y culto, es modesto. Fue internado en un colegio ubicado en el distrito de Passy, que tenía el mismo nombre, situado en la calle Renoir. No le gustaba ese colegio, tampoco el internado; sin embargo, a su corta edad, ganó un premio para alumnos extranjeros en un concurso literario realizado en la lengua de Voltaire y Victor Hugo. El tema fue sobre Adán y Eva.

Debido a sus constantes protestas, sus padres decidieron cambiarlo, con su hermano, a otro internado situado en una pequeña ciudad alpina, cerca de Megève, que se llama Saint-Gervais-les-Bains, que podemos traducir como San Gervasio de los Baños. Conocí esta ciudad con mi esposa el 2005. Queda cerca del Monte Blanco.

—El filósofo—
Durante su juventud, decidió ser filósofo. Entró muy joven a la Facultad de Letras de San Marcos y toda su vida ha estado ligado a esta vieja e histórica universidad. Me cuenta que la filosofía fue su pasión porque quería saber la verdad y poner en duda cualquier aseveración sin sustento racional y comprobación científica. Ante tamaño reto, su padre, que también había estudiado Filosofía, le dijo: “Si quieres ser filósofo de verdad, tienes que estudiar muy en serio”.

Así, con gran pasión, empezó a estudiar a los filósofos clásicos y modernos. Pero aquí otro dato. Como dije, había estudiado francés y era bilingüe, pero además estudió inglés en francés y alemán en inglés para comprender a Kant y otros filósofos alemanes. Estudió en La Salle y en el Raimondi, donde conoció a grandes amigos, cuya amistad se prolongó más allá de la etapa escolar, como Miguel Sangalli y Arnaldo Cano. Desde luego, aprendió italiano. Pero hay más. Estudió griego clásico y latín, obligatorios para aprender Filosofía en San Marcos. Luego quechua. Algo le enseñó José María Arguedas, con quien fue íntimo amigo, tanto que el antropólogo y literato andahuaylino le dedicó un poema.



"Con tu corazón de niño harás revivir a los hombres de sangre congelada.
Con tu buen saber apreciarás todo lo hermoso forjado en nuestra patria.
No te canses hermano, pero no descanses.
Ahuyenta a los malos , levanta a los que aman a nuestro Perú para que te ayuden.
La montaña, la nieve, la lluvia no te detendrán tu corazón que es de oro, de fierro y de paloma" 
                                                                        José María Arguedas



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Arguedas en una actividad de la Casa de la Cultura 1963. De izquierda a derecha: Francisco Miró Quesada, Washington Delgado, Carlos Cueto Fernandini

Le encanta hablar quechua. Todavía a sus 100 años, lo chamulla un poco con la querida Marina, encargada de la cocina en su departamento. Sin duda una excelente cocinera. En 1959, cuando viajó invitado a la Unión Soviética y a China, luego de escribir dos libros, uno sobre Rusia y otro sobre China que tituló La otra mitad del mundo, decidió aprender ruso con unos discos que compró. Tanto sonaban esos discos por toda la casa que yo, a los diez años, llegué a aprender algunas palabritas que se me han quedado hasta ahora. Pero he aquí lo más sorprendente: estudió portugués con un diccionario. Y lo hizo durante el vuelo que lo llevó a Buenos Aires y Río de Janeiro para pasar su luna de miel.

Su obra filosófica es amplia y variada. Creo que su libro más importante es Apuntes para una teoría de la razón, escrito a comienzos de los sesenta, y luego otro que es una revisión de sus Apuntes y que tituló Esquema para una teoría de la razón. Lo extraordinario de este segundo libro es que lo escribió a los 90 años. Sabedor de que a esa edad pueden producirse ripios más frecuentes que los normales, le pidió a su gran amigo y exalumno David Sobrevilla, destacado y riguroso filósofo, que le diera una revisada.

David me contó, luego, con admiración que la obra tenía mínimos errores conceptuales, que mi padre aceptó sus sugerencias e hizo las correcciones del caso. Otros creen que sus aportes más importantes están en su Lógica jurídica, o quizás en su pensamiento político a través de su libro Humanismo y revolución, y hay quienes dicen que es su Filosofía de la matemática. En realidad es un filósofo todoterreno que ha abarcado temas de filosofía analítica y especulativa, desde la matemática hasta la lingüística, pasando por la política e incluso la literatura si nos atenemos a la ponencia que presentó sobre Don Quijote de la Mancha en nuestra Academia de la Lengua, institución de la que, como es lógico, es el miembro más antiguo. Es un verdadero monstruo del saber.

FMQC 100 años

En El Comercio durante la ceremonia de homenaje por sus 100 años. Está acompañado, de izquierda a derecha, por sus hijos Eduardo, Diego y Francisco.

—El periodista de El Dominical—
Trabajé 19 años en El Dominical que hoy le rinde homenaje. Siempre a su lado, en un semanario que a lo largo de su historia se ha convertido en un símbolo del periodismo cultural en el Perú. Cuando ingresé, tenía 18 años. Fue en 1966. Conocí a los que, por aquella época, eran unos jóvenes y destacados periodistas e intelectuales, porque por lo general se da esa combinación en los semanarios culturales, como Mirko Lauer, Luis Delboy, Carlos Ortega y Víctor Honigman, quien hacía los dibujos del recordado Supercholo, otro gran invento de mi padre. Compartí con otros un poco mayores: Héctor López, Luis Felipe Angell, Sofocleto, y César Miró, que fue mi tío. Se llamó César Alfredo Miró Quesada Bahamonde.

Cuando retornó la democracia y el presidente Belaunde devolvió los medios de comunicación a sus legítimos propietarios, anclé nuevamente en El Dominical, esta vez como asistente de mi padre. Fue en este cargo que vi su modalidad de trabajo. Todos los lunes los periodistas del suplemento nos reuníamos con él para hacer un balance crítico del número anterior y planificar el siguiente. El equipo encabezado por Manuel Jesús Orbegozo, extraordinario periodista, estaba integrado por Manuel Cisneros Milla, quien remplazaría a Orbegozo en la Jefatura de Redacción cuando este se jubiló; Alfonso La Torre, conocido con el seudónimo de Alat; Jorge “Coco” Chiarella; Hugo Bravo y la infaltable asistente de mi padre, Enriqueta “Queta” Rojas Cañamero. La crítica literaria estaba a cargo de Ricardo González Vigil, que reemplazó a José Miguel Oviedo, porque este viajó contratado por una universidad norteamericana.

Gran parte de lo que aprendí del periodismo se lo debo al tiempo que permanecí en El Dominical porque, además de ver la forma como trabajaba mi padre, compartía experiencias con importantes periodistas e intelectuales. Tengo grandes recuerdos. Durante los noventa, hasta que me nombraron subdirector de El Comercio, en 1996, ingresó una nueva hornada. Fue jefe de Redacción Juan Velit Granda, secundado por Hugo Garavito Amézaga, otro gran periodista, con la participación activa de Claudio Cano, Jorge Paredes y Mario Gómez. Algunos de ellos empezaron a trabajar desde mediados de los años ochenta, como Garavito, Cano y Julio Carracedo, que murió a temprana edad.

—Colofón—
Todo lo que he contado y podría contar más sobre Francisco Miró Quesada Cantuarias, mi padre, no hubiera podido ser posible sin la compañía y el apoyo de mi madre Doris Rada Jordán. Lo más importante en la vida de mi padre no son sus libros ni los títulos ni los cargos que desempeñó, sino el haber conocido y vivido con mi madre, como si fueran dos tórtolos enamorados, dos aventureros arriesgados, dos románticos incorregibles. Todavía siguen así.

Como diría el filósofo musulmán de la antigüedad Al-Farabi: “La felicidad suprema”.


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