Abbas Kiarostami: Últimas flores
Abbas Kiarostami: Últimas flores
Juan Carlos Fangacio

Redactor

juan.fangacio@comercio.com.pe

Dejo detrás una vida entera
en un instante
y lloro por mi propio ser.

Abbas Kiarostami


La obra de Abbas Kiarostami se sostiene sobre las pequeñas grandes cosas.
    Pequeñas porque, por ejemplo, hasta el 2010 no había hecho ninguna película fuera de su natal Irán, pese a ser aclamado a nivel internacional. Su inspiración giraba principalmente en torno al mundo rural, el de agricultores y ganaderos. (El corrector ortográfico cambia la última palabra e intenta colocar “ganadores”. Nada más lejos del cine de Kiarostami, un experto en cuestionar el concepto del triunfo: “Muchos consideran que en la vida es preciso establecer una meta para alcanzar el éxito, pero yo no creo que funcione de ese modo. Tal vez suceda en el mundo de los negocios o en el ámbito científico. En el arte, el perfeccionamiento solo puede surgir de la inadecuación”, dijo alguna vez).
    Pero su obra se ocupa también de las grandes cosas, de la vida en toda su compleción: su primer corto, de 1970, se centra en el inocente dilema de un pequeño niño, mientras que su último largometraje, del 2012, atiende el drama existencial de un anciano en Japón. Ese arco narrativo entre "El pan y la calle" y "Like Someone In Love" refleja la amplitud de su mirada sobre el alma humana. No es arbitrario que uno de los temas recurrentes en el cine de Kiarostami —pero también en su fotografía, en sus pinturas y en su poesía— sean los caminos. Cada ruta es una búsqueda, pero no es nunca lineal. Como bien apunta el filósofo Jean-Luc Nancy en su estupendo ensayo "La evidencia del filme", los caminos que presenta Kiarostami son siempre zigzagueantes, derroteros que sus personajes suelen recorrer, de ida y vuelta, en automóviles. Por eso abundan las escenas filmadas desde el interior de los coches, que encuadran —a través del parabrisas o de una ventana— un paisaje, un grupo de gente, una situación, como metáfora de lo que es una pantalla, de lo que es el cine en sí.


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¿Qué otros temas suelen ser recurrentes en su trabajo? La presencia de niños, a los que dirige con asombrosa sensibilidad; el poder de la solidaridad y la generosidad, incluso en situaciones extremas; amplios campos, árboles, flores; la repetición de acciones, pero no en el sentido imitativo, sino más bien como continuidad y diferencia, a la manera de la doctrina de Heráclito y el río; o el particular uso del humor, que inserta con maestría hasta en una película como "Y la vida continúa", ambientada en las semanas posteriores al catastrófico terremoto de 1990 en Irán.
    Y nadie como él, desde luego, para poner en entredicho la identidad. Partiendo desde una base creativa en la que pulverizó como pocos los límites de la realidad y la ficción, no como una simple mezcla de géneros —tan de moda hoy por hoy—, sino como una poética con la cual podía nutrirse de ambos mundos de forma bastante natural para luego construir un paisaje único y deslumbrante. Él mismo consideraba el cine como “un arte menor”, pero a la vez pugnaba por redimensionarlo mediante un lenguaje “que no se entienda”, en el que no todo estuviera dicho por el director, sino que hubiera un margen a completar por el espectador. “Un día, me hicieron un elogio involuntario, que me impresionó mucho”, contaba. “Me presentaron a alguien con las siguientes palabras: ‘He aquí al director de "Close-Up"’. El sujeto, que no era del mundo del cine, respondió: ‘¡Ah! ¡Yo pensaba que esa película no tenía director!’. Esa idea me pareció sublime”.
    Ese trabajo de transparencia, de humildad en el discurso que cubre un talento creativo extraordinario, es el que ha marcado la obra de Kiarostami. Y sus frutos son historias tan hermosas como inolvidables: el impostor que se hace pasar por cineasta solo por amor al sétimo arte en "Close-Up"; el niño que recorre pueblos a pie para devolverle un cuaderno a su compañero de escuela en ¿Dónde está la casa de mi amigo?; el hombre que busca a un alma generosa que lo asista en su suicidio en "El sabor de las cerezas"; o aquel otro que espera pacientemente la muerte de una anciana para grabar su cortejo fúnebre en "El viento nos llevará". Personajes anónimos con ideales que lindan entre lo tierno y lo desconcertante, pero que palpitan a cada momento, viviendo el presente en toda su plenitud. “En cuanto al futuro, simplemente no tengo tiempo para pensar en él”, afirmaba Kiarostami. Y ahora que se ha convertido en pasado, el cine lo extrañará.