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Democracia: aciertos, errores y desafíos

Una nueva jornada electoral resulta oportuna para reflexionar sobre nuestro sistema de representación.

Distintos puntos de vista coinciden en que es peligroso limitar la democracia al ejercicio del voto

Distintos puntos de vista coinciden en que es peligroso limitar la democracia al ejercicio del voto.

Getty Images

Por Franklin Ibáñez

Nunca fue perfecta, ni exenta de contradicciones. Los pensadores clásicos estaban divididos en torno a su valía. Tucídides pone en boca de Pericles un célebre elogio de la que calificaban su creación original: “Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia”. No faltaban razones para el orgullo. La ley alcanzaba a todos por igual y los cargos se elegían por mérito; no por clase, ni apellido, ni riqueza. Acudían al ágora —¡una plaza abierta!— para discutir los asuntos de la ciudad, informarse y decidir en función del bien común. Dedicar tiempo y energía a la política, sea para debatir u ocupar un cargo, era el camino de la virtud: valía más que ocuparse del enriquecimiento propio.

Ciertamente las últimas líneas recogen una idealización que ha llegado hasta nuestros días. La realidad fue más cruda. La democracia nació ensangrentada. Sócrates, quien había encarnado el espíritu democrático en su afán por polemizar de todo, fue condenado por mayoría de votos. Platón no le perdonaría a este sistema de gobierno haber eliminado a su maestro. ¿Cómo es posible que marineros inexpertos impusieran dirección al barco simplemente por su número y fuerza? Aristóteles también despreciaba la nueva distribución de poder, pues igualaba lo que es desigual por naturaleza. Y es que, como muestra el caso de Sócrates y otros célebres ciudadanos, el poder ilimitado de la democracia corre el riesgo de eliminar la diferencia necesaria y sobresaliente para igualarnos en la mediocridad.

Que las masas empoderadas devengan fácilmente en tiranía y caos lo comprendieron súbitamente los revolucionarios franceses tras resucitar la democracia con júbilo más de 20 siglos después. Rápidamente tuvieron que echarse para atrás. Ponerle frenos y controles. Si la versión clásica podía condenar a muerte a sus ciudadanos en nombre del bien común, la democracia moderna invierte el orden: el bien común consiste ahora en la protección de los ciudadanos. La regla de mayorías es moderada por los derechos individuales y otros contrapesos que suelen recoger las constituciones. La democracia debe protegerse, incluso, de sí misma.

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Entonces ¿qué queda? Algunos proponen una visión mínima o estrecha de la democracia, que asemeja a una técnica o instrumento imperfecto pero necesario para la distribución del poder. El instante culminante —tal vez el único para la mayor parte de la población— se reduce a cada votación en la que los electores optan por la alternativa más cercana a sus beneficios particulares. El interés general se reduce al equilibrio electoral de los cálculos particulares. Los candidatos compiten como en un mercado. Ofrecen sus mercancías (planes de gobierno) a sus clientes (electores). Por lo cual es posible que se compre el mejor producto, o simplemente el que se publicita más o mejor. El Estado no es más que instrumento y guardián de los intereses individuales, sobre todo económicos.

Otros, en cambio, no renuncian a recuperar los ideales clásicos: la democracia es una cultura, un estilo de vida. El elector es ante todo un ciudadano responsable y preocupado por participar en la construcción del bien colectivo. Si la elección es un momento crucial, la vida democrática la trasciende ampliamente. Los derechos de participación política no son instrumentos para defender intereses propios, sino elementos constitutivos del ser humano. Los partidos poseen visiones o ideologías —en el mejor sentido de la palabra— que ofrecen a la población para moldear, no beneficios particulares, sino una empresa o aventura común. Se parte de un nosotros; se arriba a un nosotros, el pueblo. El Estado acoge la participación y la organiza para convertirla en decisiones vinculantes de un pueblo soberano.

He adaptado la presentación de estas dos versiones de la democracia —tomándome varias licencias— a partir de Jürgen Habermas, uno de los principales pensadores contemporáneos. Él llama liberal a la primera visión; y republicana, a la segunda. Acusa a la primera de ser demasiado estrecha, prácticamente vaciada de ética; a la segunda, más bien por su sobrecarga moral que la vuelve impracticable, utópica.

La solución podría estar por la vía intermedia, esto es, centrarse en el procedimiento y nutrirlo de un componente ético que lo legitima: la deliberación. El procedimiento democrático no debe enfocarse exclusivamente en la elección, sino en la formación de la voluntad popular a través de la opinión pública. Tanto en las universidades, las asociaciones culturales, los colegios profesionales; como en otros espacios se puede intercambiar ideas. La opinión pública, concepto central para la democracia moderna, surgió en modo semejante, con la deliberación incluso en bares y cafés hace tres siglos. Hoy las redes sociales y la tecnología contribuyen con nuevos impulsos. ¿No estamos en condiciones de reinventar la democracia?

REFLEXIONES

Josiah Ober, de la Universidad de Stanford, ha escrito un ensayo titulado “El significado original de la palabra democracia”. En él sostiene que el significado de democracia tiene que ver más con la capacidad de hacer cosas que con el gobierno de la mayoría. Dice también que democracia es una palabra que significa distintas cosas para las diferentes personas. Si vamos a sus orígenes, en la antigua Grecia, entendemos que está compuesta por demos y kratos, lo que traducimos como ‘el poder del pueblo’. Pero ¿poder en qué sentido? En la actualidad la democracia se entiende, en primera instancia, como el poder de decisión de la mayoría por medio del voto. Esto, según Ober, es dañino, pues supone una reducción del valor potencial de la democracia en nuestra sociedad moderna.

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