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Alien: Covenant, la imaginación al poder

Ridley Scott retorna a Alien. Esta es la historia de cómo un monstruo espacial se volvió digno de una saga mitológica.

Alien: Covenant, la imaginación al poder

Alien: Covenant, la imaginación al poder

Las franquicias de Hollywood han superado la prueba generacional. Cuando recién nos reponíamos de Rogue One, precuela de La guerra de las galaxias (1977), llega el turno de la de Alien: el octavo pasajero (1979): Alien: Covenant, firmada por Ridley Scott, autor también de Prometeo (2012). Todo esto nos recuerda que, desde hace cuatro décadas, los grandes estudios están en el negocio de la ciencia ficción, el último género en ganarse el respeto de la industria cinematográfica.

Hoy estamos tan acostumbrados a las fantasías espaciales que damos por sentado que siempre estuvieron allí, como si las décadas que separan De la Tierra a la Luna (1902) de 2001: odisea del espacio (1968) hubiesen ocurrido en un abrir y cerrar de ojos. Mencionamos aquellas películas de Georges Méliès y de Stanley Kubrick no solo por su condición histórica, sino porque fueron las más vistas en su año de estreno, las únicas del género en conseguirlo antes de La guerra de las galaxias. Alien no emuló ese récord (la cinta más taquillera de 1979 fue Kramer vs. Kramer), tampoco obtuvo aclamación universal de la crítica (hubo quienes menospreciaron su mezcla de ciencia ficción y terror), pero hoy se revela como una obra maestra adelantada a su época. Nada mal para un proyecto que empezó como cualquier serie B.
 


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¿Quién fue el padre de la criatura? Antes que Ridley Scott filmase un plano de la película, ya había otro reclamando su autoría. Su nombre era Dan O’Bannon (1946-2009), un joven apasionado por la ciencia ficción que antes de cumplir los 30 años había colaborado con dos futuros cineastas de culto: John Carpenter (en Dark Star, su ópera prima de 1974) y Alejandro Jodorowsky (en la abortada primera adaptación a la pantalla grande de Dune). O’Bannon había hecho de todo para ellos: desde escritor y supervisor de efectos especiales, hasta actor y montajista. Pero algo iba seriamente mal en su carrera: no tenía ningún dólar ahorrado, ni siquiera una cama propia.

En medio de la desesperación, O’Bannon escribía y reescribía historias sobre astronautas y criaturas espaciales. Quizá Roger Corman, el rey de las películas B, se interesaría en producirla cuando tuviera el guion. Hasta que un día tuvo una gran idea: se imaginó un monstruo naciendo de nuestro propio organismo, un horripilante ser arrancado de las propias entrañas. O’Bannon se había dado cuenta de que no hay nada más aterrador que el dolor físico, y que los escenarios que desfilaban por su mente (cuerpos invadidos y violentados por un agresor irracional) tenían fuertes resonancias freudianas. Ahora sí tenía algo entre manos.

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Mientras O’Bannon buscaba aliados para materializar sus fantasías, al otro lado del
Atlántico el mejor realizador de comerciales en Inglaterra apostaba su dinero en su primera película como director. Ridley Scott deslumbró en el festival de Cannes con Los duelistas (1977), inspirada en un cuento de Joseph Conrad y ambientada en las guerras napoleónicas. El jurado presidido por Roberto Rossellini le entregó el premio Cámara de Oro por unanimidad. Cuando parecía que la vida no podía ser más dulce, Scott recibió una llamada desde Hollywood: 20th Century Fox necesitaba contratar con urgencia a un director.

El guion que le ofrecieron tenía un título sencillo: Alien. El productor Walter Hill estaba convencido, después de haber visto Los duelistas, de que había encontrado al director ideal, basándose tan solo en el factor talento. Lo cierto es que ni Hill ni Scott profesaban devoción por la ciencia ficción, pero la industria había cambiado de la noche a la mañana gracias al fenómeno de La guerra de las galaxias. El inesperado blockbuster de George Lucas había abierto las puertas de los grandes estudios a personajes que solían ser considerados excéntricos y chiflados; uno de ellos era O’Bannon.

La cinta Argo (2012) muestra el Hollywood de fines de los setenta, que fue el momento exacto cuando las películas B pasaron a convertirse en las más demandadas. Si vieron Argo, recordarán que esos productores de vieja escuela no sabían bien lo que estaban haciendo, lo que era estupendo para visionarios como Ridley Scott, quien aprovechó la confusión para hacer el filme de monstruos galácticos más sofisticada posible. El Alien que soñaba filmar tendría la belleza plástica de 2001: odisea del Espacio y la visceralidad de Masacre en Texas (1974), sus dos mayores influencias. El concepto visual tendría que estar a la altura de semejantes ambiciones, y quién mejor que el pintor surrealista H. R. Giger (1940-2014) para ayudarlo a contar la historia con imágenes perturbadoras. Además de darle un sello tenebrista prácticamente desconocido al género, Scott renombró la nave asaltada por el extraterrestre como Nostromo, en homenaje a la novela homónima de Joseph Conrad. Por fin Scott se sentía como en casa.

Según Dan O’Bannon, sus constantes peleas con los productores lo distanciaron de Alien. El día del estreno pagó su entrada como cualquier mortal y entró enfurecido a ver cómo habían desfigurado su creación. Comprobó, por ejemplo, que Ripley, la única persona capaz de enfrentar a la criatura, había sido reescrita para ser mujer. Lo maravilloso es que todos esos cambios funcionaban. El hombre que nunca dejó de creer en el poder de la ciencia ficción se retiró satisfecho por haber contribuido a elevar el género; ahora podía seguir soñando otros proyectos imposibles, sin miedo a ser considerado un caso perdido.

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