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El cine total de Hungría

Tras el merecido Óscar a "El Hijo de Saúl", un acercamiento a una rica y desconocida tradición

Contrario a lo que opinan sus detractores, los premios Óscar tienen varias cosas positivas; quienes sufrimos la falta de variedad de la cartelera comercial podemos dar fe de ello. Fue necesario que la Academia muestre entusiasmo por "El hijo de Saúl" (László Nemes, 2015) para que se convierta en la primera película húngara en estrenarse oficialmente en el Perú desde "Campos de esperanza" (Lajos Koltai, 2005), otro drama sobre el holocausto judío. Esta es la novena vez que una producción húngara compite por este galardón, y la segunda —antes estuvo "Mephisto" (István Szabó, 1981)— en alzarse triunfadora. La estadística de un estreno húngaro cada diez años es aun más desoladora si reparamos en la importancia de esta cinematografía. Incluso entre los cinéfilos más duros, apenas tres directores suelen ser tomados en cuenta: Miklós Jancsó, István Szabó y Béla Tarr, todos ellos autores de una filmografía extraordinaria, aunque el patrimonio fílmico de Hungría no empieza ni termina con ellos. De no ser por el festival Al Este de Lima —responsable de traer a nuestro país los mejores filmes actuales de Europa del Este—, estaríamos en la oscuridad absoluta. Este artículo pretende ofrecer un panorama general del cine húngaro, pasado y presente, intentando llenar los vacíos de la memoria. 

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Apenas reconocemos sus imágenes, pero Hungría es uno de los países que más ha contribuido al desarrollo del cine mundial. No es ninguna afirmación temeraria, es un hecho fácil de comprobar. Tenemos que remontarnos a los orígenes del sétimo arte para hallar las primeras evidencias de que los húngaros nacieron para hacer películas. De hecho, fueron dos inmigrantes húngaros de origen judío (William Fox y Adolph Zukor) quienes fundaron los estudios Fox y Paramount Pictures. En Gran Bretaña, los hermanos Alexander y Zoltan Korda (productores y directores) tuvieron un rol estelar en la consolidación de la industria local. En Alemania, el crítico y teórico Béla Balázs colaboró en los guiones de G. W. Pabst y Leni Riefenstahl. La influencia húngara se hizo sentir con fuerza en el período clásico de Hollywood. Allí se instalaron talentos en todas las áreas: actores (Peter Lorre, Bela Lugosi, Zsa Zsa Gabor), músicos (Miklós Rózsa, ganador del Óscar en tres oportunidades), fotógrafos (John Alton, también ganador del Óscar) y, por supuesto, directores. En este último campo, destacaron el prolífico Michael Curtiz —cuyo verdadero nombre fue Manó Kertész Kaminer y quien ganó el Óscar nada menos que con "Casablanca" (1942)— y el menos conocido Paul Fejos, autor de "Lonesome" (1928), obra maestra del cine mudo. Tanto Curtiz como Fejos empezaron sus carreras en Hungría, pero abandonaron su tierra debido a la inestabilidad política. Este camino fue seguido por varias generaciones de cineastas, incluyendo a Ladislao Vajda —director en España de "Marcelino, pan y vino" (1955)—, y los fotógrafos László Kovács y Vilmos Zsigmond, responsables de iluminar algunos de los filmes norteamericanos más representativos de la década de los setenta. 
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La época clásica del cine húngaro estuvo dominada por los géneros tradicionales, especialmente la comedia y el melodrama, ambos producidos, a la manera de los grandes estudios de Hollywood. Quizá la película más recordada de los años previos a la Segunda Guerra Mundial sea "Hippolit, el lacayo" (1931), dirigida por István Székely. En esta comedia de costumbres, una familia de nuevos ricos contrata a un refinado mayordomo para que les enseñe a comportarse como verdaderos aristócratas. "Hippolit, el lacayo" ha superado largamente la prueba del tiempo: sigue siendo famosa entre los cinéfilos húngaros y los críticos de ese país la escogieron en el 2000 como una de las 12 mejores películas de su historia. Algunos años después, en plena guerra —Hungría fue aliada de la Alemania nazi—, fue presentada en el Festival de Venecia una película que se adelantó a su tiempo: "Hombres en la montaña" (István Szöts, 1942) fue aclamada como una revelación, y mereció comparaciones con la poética de Dovzhenko, Ford y Renoir. Esta película es hoy considerada precursora del neorrealismo italiano por estar filmada en escenarios naturales: las cordilleras de Transilvania. En ella presenciamos el drama de una pareja de campesinos que experimenta, en carne propia, el costo de la ocupación. La humanidad de "Hombres en la montaña" desagradó a Joseph Goebbels y esto dificultó que István Szöts —entonces de 30 años— pudiera continuar con su carrera como director. Con la desaparición del III Reich, la industria de cine se reactivó lentamente, entonces bajo la protección del gobierno comunista. La obra que mejor representa ese momento histórico de trauma y duelo nacional es "En algún lugar de Europa" (Géza von Radványi, 1948), una ficción de la posguerra con aire de crónica, representada totalmente por niños huérfanos. 
     Si existe un eslabón entre el cine húngaro clásico y el moderno, nadie puede reclamar ese título con mayor autoridad que Zoltán Fábri (1917-1994). Por su trayectoria es injustificable que este maestro del cine sea un perfecto desconocido para las nuevas generaciones de cinéfilos. Sus películas desfilaron por los festivales más exigentes de Europa (Cannes, Berlín, Venecia, Locarno) cosechando siempre trofeos. Incluso llegó a estar nominado al Óscar en dos oportunidades: por "Los muchachos de la calle Pal" (1968) y "Húngaros" (1978). Entre sus obras cumbres se cuentan "Un pequeño carrusel de fiesta" (1956) y "Professor Hannibal" (1956). Pero quizá será mejor recordado por "Match en el infierno" (1962), inspirada en hechos reales, acerca de unos prisioneros de guerra que enfrentaron a los nazis en un partido de fútbol. Hollywood rehízo esta película con Michael Caine, Sylvester Stallone y Pelé. La popular "Escape a la victoria" (1981) tuvo un final feliz que contradecía al original de Zoltán Fábri. 

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La década de los sesenta ha sido llamada “la edad de oro del cine húngaro”, tanto por un sostenido aumento en la producción nacional como por la calidad artística de sus filmes. Son los años de los “nuevos cines”, soplan aires de libertad y los jóvenes abrazan la revolución con sus cámaras y sus historias personales. El líder natural de este movimiento fue Miklos Jancsó (1921-2014), considerado por Béla Tarr como “el más grande director húngaro de todos los tiempos”. Jancsó, discípulo de Antonioni, despuntó con sus dramas históricos, filmados en larguísimos planos secuencia, y en ambientes rurales. "Los desesperados" (1965), "Los rojos y los blancos" (1968) y "Salmo rojo" (mejor director en el Festival de Cannes de 1972) son títulos esenciales de este cineasta. Otro autor que brilló en esta década es István Szabó (1938). Su primer éxito internacional fue "Padre" (1966), evocación sensible de la infancia y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la historia reciente de su país. Estas características las identificamos en toda su filmografía, en la que resalta la trilogía con el actor austriaco Klaus-Maria Brandauer: "Mephisto" (mejor guion en Cannes), "Coronel Redl" (nominada al Óscar a mejor película extranjera y Premio del Jurado en Cannes, 1985) y "Hanussen" (nominada al Óscar a mejor película extranjera, 1988). Quizá los cinéfilos locales tengan más presentes "Encuentro con Venus" (1991), con Glenn Close; y "Sunshine, el amanecer de un siglo" (1999), con Ralph Fiennes, ambas estrenadas en el Perú.  
     La nueva ola húngara tuvo su consagración en Cannes cuando "Diez mil soles" (Ferenc Kósa, 1965) se alzó con el premio al mejor director. Los historiadores señalan que este período culminó en 1968, cuando la sátira política "El testigo", de Péter Bacsó, fue prohibida por las autoridades comunistas. Pero si hacemos una lista de grandes joyas del cine europeo, estrenadas en los años setenta y ochenta, seguramente hallaremos espacio para cintas húngaras como "Amor" (Karóly Makk, 1971), "Un extraño papel" (Pál Sándor, 1976), "Dichosos días de mi padre" (Sándor Simó, 1977), "El pequeño Valentino" (András Jeles, 1979), "El tiempo se detiene" (Péter Gothár, 1982), "La rebelión de Job" (Imre Gyöngyössy y Barna Kabay, 1983), "Relaciones prohibidas" (Zsolt Kézdi-Kovács, 1983) "Diario para mis hijos" (Márta Mészáros, 1984), "Mi siglo XX" (Ildikó Enyedi, 1989). También descubriremos al venerado Zoltán Huszárik (1931-1981), cuya ensoñadora "Szindbád" (1971) ha sido declarada la mejor película húngara de la historia. Así llegamos a Béla Tarr (1955), el último gran maestro de cine húngaro, el más místico de todos. Tarr deslumbró a la crítica con "Sátántangó" (1994), tour de force de siete horas de duración que impuso un estilo de hipnóticos planos secuencia. "Armonías de Werckmeister" (2000) y "El caballo de Turín" (2011) son monumentales alegorías en blanco y negro que escarban en la angustia del ser.   

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En la actualidad, el cine húngaro goza de buena salud gracias a los filmes de Agnes Kocsis ("Pál Adrienn", 2010), Péter Bergendy ("El examen", 2011), Benedek Fliegauf ("Solo el viento", 2012), György Pálfi ("Corte final: damas y caballeros", 2012), János Szász ("El gran cuaderno", 2013), Kornél Mundruczó ("Buscando a Hagen", 2014), Károly Ujj Mészáros ("Liza, the Fox-Fairy", 2015). Pero también el género documental ha destacado con "Torn from the Flag" (Klaudia Kovacs y Endre Hules, 2006) y "Drifter" (Gábor Hörcher, 2014). Mención especial para Puskás Hungría ("Tamás Almási", 2009), un viaje emocional por la vida de Ferenc Puskás, goleador del Real Madrid y la selección húngara del “fútbol total”. 

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