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La conquista del fuego

En la fiebre del lanzamiento de la misión Parker Solar Probe, una aproximación a las revoluciones culturales y científicas suscitadas por el centro del universo.

el lanzamiento de la misión Parker Solar Probe

Los acercamientos del hombre al Sol han sido culturalmente disímiles en las distintas etapas de la historia. Es la primera vez que se busca llegar físicamente tan cerca.

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El entusiasmo por los cuerpos celestes ingresa hoy a una dimensión desconocida. En este año con 12 lunas nuevas orbitando alrededor de Júpiter, se celebra la aparición de un gigantesco planeta errante a las afueras de nuestro sistema, mientras que las esperanzas de vida extraterrestre se nutren de agua líquida encontrada bajo el hielo polar de Marte; un misterio que la astronauta adolescente Alyssa Carson podrá despejar cuando su nave despegue con dirección al planeta rojo en el año 2033. Aunque, en medio de tanta revelación sideral, el Sol reclama su jerarquía como centro del universo con el inicio de una misión que la NASA ha trabajado a lo largo de seis décadas: el lanzamiento de la sonda Parker Solar Probe.

Nunca antes la NASA había bautizado uno de sus proyectos en honor a un científico vivo. Merecido reconocimiento concedido al astrofísico Eugene Parker, de 91 años, teórico de los vientos solares y las fuerzas magnéticas. Un grueso escudo térmico a base de carbono permitirá que esta nave robótica sea expuesta a temperaturas superiores a los 1.300 °C. Viajando a 200 kilómetros por segundo, la Parker Solar Probe tiene por objetivo completar 24 vueltas a la corona solar —la capa externa, compuesta de plasma— en un lapso de siete años, dentro del cual se espera acumular información sobre sus condiciones atmosféricas y su impacto sobre la Tierra, convertida hoy (y sin posibilidad de retorno) en un invernadero.

                            —Los imperios del Sol—
La primera fuente de energía fue motivo de idolatría desde los rituales paganos en los albores de la civilización. Se asociaría a distintas divinidades de Egipto —entre ellos, Ra, el demiurgo con cabeza de ave rapaz— hasta que el faraón Akenatón se entregó al primer culto monoteísta, concentrado en Atón: el disco solar.

Se humanizaría en la Grecia Antigua bajo la figura de Helios, de corona fulgurante y al mando de cuatro corceles de fuego. Se transformaría en Apolo, dios de la armonía y la belleza, en el Olimpo grecorromano. Según la mitología, Dédalo ofrendó a los templos de Apolo las alas que confeccionó para escapar del Minotauro en el laberinto de Creta; proeza fatídica en la que perdería a su hijo, castigado por la temeridad adolescente de volar tan alto. Apolo también sería símbolo del poder político de la monarquía francesa, cuando un joven Luis XIV lo encarnó en una danza luciendo trajes dorados. Desde entonces sería referido como el Roi Soleil, cuyo dominio era tan vasto que el Sol nunca se ocultaba en él.

Mientras que el Perú, imperio del sol, es visto hasta hoy como la región mítica de tierras fértiles iluminadas por el Inti. Como observa Luis Loayza en uno de sus ensayos más célebres, resulta curiosa la percepción extranjera de la capital. Comenta que, por asociación, “no puede haber en el mundo un lugar más soleado que Lima. El clima tropical de nuestra ciudad es una de nuestras características más famosas”. En torno a este sol imaginario, se pregunta: “¿Cómo explicar que la ciudad del sol es tan húmeda que a veces la creemos submarina, que la niebla nos ha vuelto a sus habitantes un poco anfibios?”.

                              —Quemados por el Sol—
Desde el terreno metafísico, la ciencia y la filosofía han buscado explicar el verdadero lugar del hombre en el universo. Al tercer siglo antes de Cristo, Heráclides Póntico —discípulo de Aristóteles, defensor del geocentrismo— intentó demostrar que la Tierra no es un cuerpo estacionado, sino que rota en su propio eje. Y, aunque desaparecido, el tratado de Aristarco de Samos fue aun más revelador, en tanto propone al Sol como centro del cosmos.

Nace así la teoría heliocéntrica, que 17 siglos más tarde alzaría la revolución copernicana contra los preceptos de la Santa Inquisición. Se atribuye al organismo secular errores de percepción en la Edad Media. El planeta rectangular, autosuficiente y amurallado dentro de sus propios horizontes, fue puesto a girar por Nicolás Copérnico. El precio fue alto: recién pudo ver el primer ejemplar de su controversial Sobre las revoluciones de los orbes celestes (1543) unas horas antes de morir tras permanecer tres décadas recluido en una torre al oriente de Prusia, lejos de territorio cristiano.

Sostiene Koestler en Los sonámbulos (1959) que con el caso Galileo, obligado a retractarse de rodillas ante su tribunal, surge la noción de que la ciencia es el camino hacia la libertad de pensamiento. “Los pioneros de la nueva cosmología, desde Kepler hasta Newton, basaron su búsqueda en la convicción de que debían existir leyes detrás de fenómenos confusos; de que el mundo era una creación completamente racional, ordenada y armónica”, explica.

Para el húngaro, los grandes descubrimientos consisten principalmente en despejar los obstáculos psicológicos que obstruyen la aproximación a la realidad. Aquel espíritu impulsa teorías como la de Hubble, probatoria de la infinidad de galaxias aún por descubrir. Como también la sonda de la NASA que nos acerca al centro mismo de la vida.

De no correr la suerte de Ícaro —es decir, de no estrellarse contra un asteroide o verse envuelta en una tempestad de chatarra espacial—, la Parker Solar Probe será la primera nave que roce el astro venerado y temido, por cuya soberanía gravitacional algunas de las mentes más lúcidas lo sacrificaron todo.

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