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Conversaciones con Luis Loayza

A un mes de la muerte del autor de El avaro, un fragmento exclusivo del nuevo e inédito libro de Ortega, "La comedia literaria. Memoria global de la literatura latinoamericana".

Luis Loayza

En la intimidad: el elusivo Luis Loayza en una inusual escena familiar con su nieta Sibylle, en mayo de 2011.

Archivo familiar

Por Julio Ortega

Luis Loayza (Lima, 1934) llegó a Austin, después de un viaje larguísimo desde Ginebra. Leo en mi cuaderno de notas que llegó la noche del sábado 23 de octubre de 1982, y que fui a esperarlo al aeropuerto con Aníbal González Pérez, quien empezaba en la Universidad de Texas su primer puesto académico. Lucho me había visitado en 1972, en Barcelona, y yo le había devuelto la visita el mismo año. Nos encontramos, después, en Lima, y yo habría de pasar otra vez por Ginebra y compartir la charla en su piso con José Ángel Valente, Américo Ferrari y Raúl Deustua. En su vuelo a Austin, se detuvo en Nueva York, una de las ciudades que amaba, donde había vivido tal vez diez años, traduciendo para algún organismo internacional y jugando al ajedrez, su mayor pasión, aunque la escritura y la lectura, actividades que se sustituyen como si al volver la página fuesen la misma, sean su territorio privado y final. Trajo para Cecilia un tomo de Holderlin en francés, y una muestra de poesía italiana del 900 para mí. A pesar del largo viaje, Lucho lucía pulcramente relajado, como siempre, y nadie diría que había cruzado medio mundo. Su modo de estarse era sólo suyo, cómodamente instalado, como si hubiese llegado ayer, y prosiguiese una charla de evocaciones y variaciones amenas. Antes de la medianoche, como en cualquier novela de nuestro amado Henry James, nos retiramos a nuestros aposentos.

Domingo 24. Hacemos un relajado paseo por el Lake Travis, cerca de casa, entre la hojarasca del otoño, como si recorriéramos un capítulo de Thomas Mann, pero en un atajo llegamos al Safeway, donde una máquina dispensadora vende pulp fiction. Alonso Cueto vino para comer juntos en casa. Robert Campbell, joven narrador tejano, fanático de la narrativa latinoamericana, pasó a la hora del café, que tomamos en el jardín. Hacía un tiempo otoñal, y todavía crepitan las hojas a nuestro paso, revueltas por la brisa. Divagamos, según mis notas de ese día, en torno al “rojo inglés,” y recordamos las peores traducciones de Shakespeare al español, entre las que era imbatible la del peruano que hizo hablar en criollo a los enterradores de Hamlet. También, de las novelas de Robbe-Grillet y de Claude Simon; parece que yo prefería las de Robbe-Grillet, Lucho las de Simon. Por la tarde, paseamos por Terry Town, cerca de casa, para comprobar el crepúsculo, que Turner había puesto de moda, dejándole a Manet el amanecer. Seguramente no pude dejar en paz a las albas y citar la de Lope: El sol abre la boca y nace el día. Volvemos al tema recurrente del 900 peruano.

Lucho estuvo siempre intrigado por el destino intelectual y político de sus figuras. Fueron grandes eruditos, aristocráticos y tímidos, cuya reticencia les impidió ser más de lo que fueron. Sus mejores herederos fueron liberales: Raúl Porras Barrenechea, Jorge Basadre. Su mayor antagonista: José Carlos Mariátegui. Nos deteníamos en José de la Riva Agüero, un aristócrata hispanista cuya herencia gastó, en parte, recabando sus títulos nobiliarios en Madrid. Y donó su fortuna a la Universidad Católica, donde había estudiado Lucho diez años antes que yo; y donde, por espíritu crítico, nos opusimos —cada quien en su turno— al programa conservador y tradicional de Riva Agüero y su corte. Hasta su donación estaba atada al arzobispado limeño, y a su cardenal de turno. Los otros intelectuales novecentistas, Ventura García Calderón y su hermano Francisco, fueron prominentes figuras de su hora. Ventura fue muchos años embajador del Perú en París. Lástima que sea inevitable recordar que hizo esperar a Alfonso Reyes en el vestíbulo por no haber anunciado este su visita. Era protocolar y fastidioso, aunque apasionado. Una vez, en un café parisino reconoció a un peruano que había dicho alguna infamia contra su padre, que fue Presidente del Perú cuando la guerra con Chile; Ventura se le impuso en la mesa y lo abofeteó. Francisco, seguidor de Rodó, y vocacional arielista, enfermó de los nervios (esto es, enloqueció) y fue internado en el Larco Herrera. Un día intentó suicidarse saltando del puente Rímac, sin comprobar que es un río a media caña, con agua insuficiente para todo. A resultas de lo cual, Francisco solo se resfrió. La risita limeña, que espantaba a Vallejo, le mordió los pasos.

Lunes 25. Los lunes suelen ser más luminosos en Austin y vamos al campus temprano. Pasamos por mi despacho en Batts Hall y lo presento a los colegas. Comemos la ensalada saludable del Faculty Club y seguimos a mi clase de literatura peruana donde hemos leído sus libros El avaro y El sol de Lima, así como su espléndido relato “Enredadera”. Lucho resuelve preguntas con pausa didáctica y buen ánimo. Habla de sus caminos de escritor. El avaro representa la soledad de un joven limeño que escribe fuera de un mundo banalizado por la dictadura del general Odría. Su lema político más astuto fue “La democracia no se come.” La precisión coloquial, equidistante del demótico público, afirmaba, en la limpidez de la prosa de Loayza, la intimidad del lenguaje, su validez. Con Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo habían hecho una memorable revista, cuyo título proclamaba otro espacio: Literatura. Estudió Leyes, pero no ejerció la carrera más allá del año de prácticas. En 1958 fue el primero de los tres amigos en marcharse del Perú: en un barco, hacia París. Mario se quedó en Madrid y Abelardo no logró salir de Lima.

En París, trabajó en France Press internacional. En 1961 regresó a Lima, y trabajó de editorialista en el diario Expreso. Coincidí con él en ese diario, aunque no nos conocimos. Yo trabajé allí un par de meses, en el suplemento dominical, y desde mi despacho una mañana vi a Loayza escribiendo, en el suyo, reconcentrado, como si estuviera solo. Yo admiraba sus cuentos, pero no me animé a interrumpirlo. Verlo, de perfil, algo inclinado, con la mirada fija en la página, me bastó. Deduje que escribía sin pausa porque sabía lo que iba a decir. Y tenía una cuartilla para hacer su editorial diario, que no firmaba. Su prosa, me digo ahora, parecía deberse a la fácil complejidad de un dictado cuyo tiempo es a la vez vertiginoso y medido. Quizá porque uno sólo puede escribir en un formato, con la intimidad facilitada por una medida fluida. Yo leía sus notas y reconocía su voz, porque había recibido una lección suya sin que hayamos cruzado una palabra.

Loayza se había instalado en Nueva York, traduciendo, y dedicado a su más larga pasión, el ajedrez. Como todos los grandes ajedrecistas, era implacable, o sea, para nada sentimental. Jugué un par de veces con él y me dobló el rey sin piedad. “Enredadera” demuestra la red afectiva que diseña Loayza con suficiencia, esto es, con distancia justa. No implica un juicio de valor ni se complace en el retrato de una familia perturbada por su propia sombra. El afecto está en la atención, que asiste a la red intrincada del lugar de la mujer en el lenguaje que no le provee espacio. ¿Una novela en la forma de un cuento extenso? No soy un novelista, se define Lucho. Novelista, en todo caso, sería Henry James, me dijo. Había leído las varias biografías del Maestro y protestaba que, tal como la de Emir sobre Borges, recayeran en un biografismo simplón, aduciendo como clave una homosexualidad latente o un incesto entusiasta. Se entiende mejor a James cuando es huésped de la casa de campo de unos amigos aristócratas y ve que irrumpen en el salón unos jóvenes de vuelta de caza, con sus altas botas sucias de barro, y el americano señorial les reprocha el descuido y las maneras. Quien lo cuenta concluye que Henry James, el elegante y sabio pariente americano, no comprenderá nunca, sin la huella de barro, la nobleza anglosajona.

Julio Ortega

El crítico Julio Ortega nos cuenta, en una especie de diario, el paso de Luis Loayza por Austin. [Foto: Leslie Searles / archivo]

Leslie Searles / archivo

Había logrado interesar a Lucho en la obra de Guy Davenport, que yo encontraba el más intrigante y creativo de los actuales narradores y ensayistas americanos. En el Bookstore de U.T., compró algunos de sus libros. Y, en efecto, apreció mucho esa lectura. Terminamos el día con la previsible y larga divagación sobre el Perú, los limeños y los escritores peruanos.

Martes 26. La colección latinoamericana de Barbara Duncan, estudiada por Damián Bayón, demuestra la vivacidad del arte de los años sesenta, cuando la libertad de la composición abstracta, que anuncia un espacio en construcción, deja paso al flujo del color material y urgente. Con Gonzalo Díaz Migoyo, joven colega peninsularista, experto en la narrativa del Siglo de oro, comemos en el Santa Rita, y repasamos autores españoles favoritos, los de Lucho son más cercanos: María Zambrano y José Angel Valente; Gonzalo es quevediano entrañable, y yo sigo releyendo el Quijote. Se suma Pablo Beltrán de Heredia, memorioso tertuliano, que había sido secretario de redacción de la Revista de Indias, había conocido a Raúl Porras y era aficionado a la historia nobiliaria. Esa tarde es la conferencia de Loayza sobre la teoría literaria implícita en el Carácter de la literatura del Perú independiente (1905), de José de la Riva Agüero y Osma, fundador de la crítica peruana, inspirado por la noción del “espíritu de los pueblos” que postuló Taine. Loayza lee su trabajo con el mismo ánimo de la conversación: la crítica no es para él un modelo discursivo aparte, sino un diálogo sobre el linaje y las consecuencias de un texto, y más en este caso, tratándose de un modelo de leer el Perú. Aunque Loayza no se impone sino que expone las interrogantes de su tema, es imposible no identificarlo con esa mesura, distancia discreta, y convicción íntima que anima su reflexión. Deduzco que su hipótesis es que en la vasta obra de Riva Agüero hay una clave de lectura de la tradición nacional; al seguirla, no encontramos una respuesta, nos encontramos a nosotros mismos leyéndonos. Quizá Riva Agüero, como todos los escritores peruanos, desde Garcilaso hasta Vargas LLosa, han buscado una ruta de lectura que le diera una forma a la de otro modo ilegible realidad nacional. No se trata de descifrarla, sino de aprender a leerla. No hemos cesado de imaginar mejores lectores. Al final, se produce un animado diálogo en el que participan Aníbal González Pérez, Díaz Migoyo, Alonso Cueto, Efraín Trelles, Ángel Delgado y Julio Ramos. Alguien pregunta si mantiene actualidad alguna de las ideas del Novecientos peruano. Lucho responde: Ninguna, o muy poca. Se impone la noción latinoamericana de una pérdida histórica sobre esa edad burguesa. Y concluye: No quiero dar la impresión de ser negativo, el Novecientos tiene su lugar y es mejor reconocerlo. No hay otro modo de establecer una tradición. Se trata, claro, de una tradición de la lectura.

En el Cactus Café se suma el poeta mexicano Rafael Vargas, que acababa de instalarse en San Antonio como coordinador del Instituto de Cultura Mexicana. Rafael conocía bien la literatura peruana y, por cierto, había leído y admiraba los libros de Loayza. Prosiguen los balances del 900, con la contribución de Rafael, quien sienta en la mesa a Alfonso Reyes, una de las grandes lecturas de Loayza. Apreciaba todo lo suyo, incluso su poesía. Pasamos todavía por la amplia librería de saldos, Half Price Books, donde terminan todas las vanidades, y también las bibliotecas parciales de los profesores idos. Terminamos la tarde en la clásica Scholtz Gardens con una cerveza y, a poco, Diaz Migoyo nos lleva en su auto a casa. Gonzalo ha sido abogado experto en seguros en este país pero la experiencia de abuso y maltrato de los más pobres lo hizo abandonar la carrera y volver a la literatura, animado, además, por la certidumbre que arde en Quevedo, a cuya obra dedicó su primer libro. Loayza llegó a hacer las prácticas de abogado, al final de la carrera, y cuenta de su jocosa experiencia en el estudio de los Lavalle en Lima. No le tomó mucho colgar la toga y volver a lo suyo.

Miércoles 27. Con Alonso Cueto volvemos al Driskill Hotel. Construido en 1886, el majestuoso y liviano edificio victoriano cuenta con un patio de columnas, chimeneas, un gran bar de cristalería y un salón de fumar. Parece el escenario de una novela de Henry James, donde una pareja secreta espera por el coche de correos que viene de la estación De Quincey. Es el hotel favorito de Borges, y nos resultaba ya familiar. El comedor está rodeado de espejos que multiplicaron a Borges, sin culpa suya. Después, en la magnífica Biblioteca Latinoamericana, la directora gentilmente nos hace el tour de los manuscritos antiguos y nos deja en las manos una de las cartas de Cortez a Carlos V y un mapa azteca del XVI. Por la noche vamos a una conferencia, insólitamente, sobre música cusqueña, que documenta la batalla festiva de los chunchos y los collas en Paucartambo. Recibimos otra lección de peruanidad compleja: “chunchos” nombra a las tribus de la selva, grupos más bien primitivos; en cambio, los collas designa a las poblaciones de impronta clásica, esto es, inca. Vencen siempre los primeros, los chunchos, derrotando de paso al encomendero. Con ese ritual, nos dice el antropólogo a cargo, derrotan al demonio y convocan el buen tiempo y la abundancia. Lucho ha visitado mi seminario dedicado a la crónica andina para hablar con los estudiantes de su lectura del Inca Garcilaso, a quien lee como a un gran escritor. Empieza por las versiones de Garcilaso propuestas por los historiadores peruanos y sigue, con entusiasmo, elaborando su propia lectura de esa memoria de los bienes perdidos. Cuando más cerca lo tenemos, su mundo se torna más remoto, nos advierte. Bella imagen de una obra hecha de sutileza y abismos. Cuando salimos, me confiesa: debería haber hablado de Garcilaso en vez del libro de Riva Agüero, que es, al final, prescindible. El Inca, concluye, es quizá el único que demanda una vida de lectura. Además de Vallejo, concede.

Carta

Carta a Julio Or6tega

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Jueves 28. Lucho se ha comprado una chaqueta sport muy elegante y, luego, un ajedrez electrónico, cuya existencia yo ignoraba y aún no estoy seguro qué es lo que hace, aparte de operar con pilas. Deduzco que debe ser una compañía imperturbable para un vuelo transatlántico. Hora de ocuparse de los papeles de la visa, los impuestos, y un cambio en la ruta de vuelta ya que ha decidido pasar un par de días en Washington. En el Coop de U.T. compramos una postal de Lyndon Johnson vestido de vaquero, que le enviamos a Mirko Lauer. Nos encaminamos por fin al Humanities Research Center para repasar unas carpetas de manuscritos de James Joyce. Esa noche nos ha invitado el politólogo latinoamericanista Al Saulniers, quien ofrece un cóctel en su casa a un economista alemán especialista en Perú. La reunión resulta amena, gracias a los economistas, todos jóvenes y deportivos, que compiten en experiencias con aduanas y maletas perdidas en viajes punitivos. Lucho contribuye con una historia de aduanas españolas y franquistas, donde, soy testigo, los policías sospechan de cualquier libro. Nos llevan a casa los Revilla, una joven pareja gentil; uno de ellos pariente de Alfredo Bryce Echenique. Llueve copiosamente.

Viernes 29. Último día de Loayza en Austin. Salimos de casa temprano para unas compras ligeras. Comemos con Merlin Foster, chairman del Departamento de Español y Portugués, mexicanista, mormón de larga data, hombre bueno y parsimonioso. Fueron famosas las fiestas en su casa porque no ofrecía, ni cabía llevarle, una botella de vino. Merlin nos explicó que había tomado en serio la declaración de Borges, en su visita reciente, de que le gustaría mudarse a Austin. Yo creía, más bien, que era una galantería suya, dada su larga asociación con la universidad. Tal vez pensó que María Kodama estaría más protegida ahí que en Buenos Aires. Y sin duda le gustaba la comunidad de escritores refugiados. Nadie lo amenazaba con otra entrevista, la cortesía era algo arcaica, y lo queríamos en varias lenguas. Moriría cuatro años después, y es cierto que lucía frágil, pero estaba radiante y enamorado. Como a todos los visitantes, le impusimos a Loayza el tour borgiano del campus. Por la tarde visitó mi clase, acompañado por Merlin, para una última conversación sobre literatura actual. Nuevas preguntas sobre ser y estar en la literatura peruana. Lucho se declara inserto en ella, con sus cuentos y sus ensayos, que también son fragmentos autobiográficos, confiesa. Comenta la ligera ironía de encontrarse con personajes y paisajes nuestros en la literatura europea. No hay nada semejante a la frescura de la muchacha colombiana que cruza las páginas de Fermina Márquez, que bien pudo ser limeña; pero el petimetre peruano que se cree observado por una dama encumbrada, en una página de Proust, y el digno general independentista peruano de Stendhal son, vagamente, parte del imaginario nuestro. En cambio, de Llona, el peruano parisino que contribuyó a la memorable compilación de ensayos sobre el work in progress de Joyce, no sabemos nada.

Lucho se define como escritor no profesional porque no escribe para vivir, aunque no criticaría a quienes lo hacen. Es cuestión de temperamento, concluye. Reconociendo su excepción discreta, aclara que a pesar de que escribe poco es, fundamentalmente, un escritor todo el tiempo. Esta conversación nos deja una leve sombra melancólica. Los estudiantes se han acostumbrado a asociar al escritor con el éxito y la fama, con la especialización de un discurso de opiniones. Lucho nos dice que a la violenta pregunta “Y Ud., ¿qué opinión tiene?”, solo cabe responder: “Y a Ud. qué le importa”. Este escritor con todo el tiempo a favor de la conversación comunica la nostalgia de una lectura de afable intimidad. Todavía hay tiempo, en la cena, para historias de la burguesía peruana, que parecen el material turbulento de una novela que le gustaría escribir. Y coincidimos en preferir de las de Vargas Llosa, La casa verde, por su impecable despliegue formal.

Sábado 30. A las seis de la mañana se marcha cargado de libros y ganas de volver a casa. Volvemos a las nuestras, en silencio, sabiendo que nos ha tocado compartir la rara nostalgia de lo genuino.

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