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Crítica de arte: "Bienal de Cusco: Interior expansivo", por Max Hernández

El crítico de arte Max Hernández Calvo opina sobre la Bienal de Cusco.

“Povera rural” de Grisa Camargo

“Povera rural” de Grisa Camargo

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El 9 de mayo se inauguró la primera parte (una antesala) de una importante apuesta conjunta entre la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco del Ministerio de Cultura, la Universidad Nacional Diego Quispe Tito, el Museo del Convento de Santo Domingo-Qorikancha y la Municipalidad Provincial del Cusco: la Bienal de Cusco, bajo la curaduría general de Víctor Zúñiga.

La Bienal de Cusco, que continuará el 2019, se inscribe en una historia de iniciativas de fomento al arte contemporáneo, cuyos hitos son la Bienal de Trujillo (1983-1987) y la de Lima (1997-2002), las que lamentablemente no sobrevivieron ni a la crisis de los ochenta ni a los primeros días de mandato del entonces recién electo alcalde Castañeda, respectivamente.

Esta plataforma para presentar el desarrollo artístico de la región, en diálogo con la producción nacional, está conformada por un nutrido programa de exhibiciones, presentaciones, performances, charlas y talleres.

El Salón Regional (Casa de la Cultura de Cusco) ofrece un panorama del arte de artistas cusqueños o residentes en Cusco. Destacan la instalación de Gabriela Figueras, con un desenfadado uso de materiales diversos, como neón, maniquíes y juguetes, en una fresca alusión crítica a la cultura visual y de consumo contemporánea; la escultura “Povera rural”, de Grisa Camargo, que con grandes bloques de adobe forma a la vez una chakana (de frente) y una escalera flotante (de perfil); el trabajo de Edwin Quispecuro, una serie de fotos de él y un niño vestidos como ukukus (figuras míticas del Quyllurit’i), grafiteando sus figuras en un carro antiguo, en una fusión humorística de la cultura urbana global (hip-hop) y las tradiciones religiosas, y las reinterpretaciones contemporáneas de la cerámica mochica de Marcelino Chino, en las que cita anuncios clasificados de servicios sexuales.

La exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Cusco ha sido concebida como un homenaje a las mujeres artistas cusqueñas, que ofrece un panorama de las creadoras jóvenes. Entre ellas, cabe mencionar a Valeria Salinas Yabar: su videoinstalación “Reinventar el hilo negro” conecta el dibujo, el bordado y el video en una reflexión sobre la identidad y la propia imagen. En “Comunión”, Delfina Nina Pinchi pinta un gran mural de su rostro cubierto de alfileres (en una suerte de autovudú), y se muestra la vez desafiante y vulnerable. “Dañado, entumecido, abatido, debilitado, pero... palpitando” es una instalación de Arlet Vera Núñez que ofrece una narrativa personal del cuerpo a partir del bordado. Andrea Flores Olivera también recurre a las tradiciones textiles en “K’anchariq”, bordando sobre fotografías de la artista patrones de pallays que parece sostener con las manos. “Lil Slut”, de Estephani Orihuela Alegría, es una instalación con radiografías que ofrece una contraimagen de la artista (manos, cabeza, pelvis) imposible de erotizar.

En el hotel Cusco se presenta el Salón de Invitados Nacionales, que incluye, entre otros, a artistas del circuito limeño (Miguel Aguirre, Jean Paul Zelada, Álex Ángeles, Ángel Valdez, Fernando “Coco” Bedoya, etc.). Las condiciones de la sala —un espacio recuperado en reparaciones— le da un carácter experimental a la muestra, que dialoga bien con las instalaciones de Mario Curasi (de filo político-satírico), Herbert Huamán (con un poético sentido de equilibro precario) y José Luis Carreño (intervenciones entre la construcción y el land art).

Otras dos muestras-homenaje son las dedicadas al fundador de la Escuela de Bellas Artes Diego Quispe Tito, Mariano Fuentes Lira, uno de los impulsores del indigenismo (Salón Mariano Fuentes Lira, Universidad Diego Quispe Tito) y a Alberto Quintanilla. La revisión del trabajo de Quintanilla aprovecha bien los contrastes entre la cristiandad hispánica y la tradición inca del Museo del Convento de Santo Domingo-Qorikancha como trasfondo a los encuentros entre la estética de guiño surreal y las referencias al mundo andino en su obra.

La Bienal de Cusco es una iniciativa importante en tanto plataforma para el desarrollo artístico regional, independiente del mercado (a fin de cuentas, los mercados se generan), y como espacio para un intercambio productivo entre artistas y profesionales y, especialmente, para un encuentro con el público. Esperemos que nuestra actual conciencia de la trascendencia de estos eventos para la vida cultural se traduzca en su apoyo y defensa.

Centro Histórico de Cusco

Varias salas y espacios. Hasta el 9 de junio.


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