WUFDentro de pocos días arriba nuevamente al Callao el buque-escuela español Juan Sebastián Elcano. En anteriores oportunidades vinieron en calidad de guardiamarinas el rey emérito, Juan Carlos I, el actual monarca hispano, Felipe VI, y ahora lo hace Leonor de Borbón, princesa de Asturias. El ya centenario velero lleva el nombre del célebre nauta quien concluyó la expedición de Magallanes confirmando el más atrevido pensamiento de su época: que la Tierra podía circunnavegarse. La vida de Elcano es novelesca.
Dentro de pocos días arriba nuevamente al Callao el buque-escuela español Juan Sebastián Elcano. En anteriores oportunidades vinieron en calidad de guardiamarinas el rey emérito, Juan Carlos I, el actual monarca hispano, Felipe VI, y ahora lo hace Leonor de Borbón, princesa de Asturias. El ya centenario velero lleva el nombre del célebre nauta quien concluyó la expedición de Magallanes confirmando el más atrevido pensamiento de su época: que la Tierra podía circunnavegarse. La vida de Elcano es novelesca.
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Nace en Guetaria, tierra guipuzcoana, hacia 1487. Poco se sabe de sus primeros años en que junto a las tareas del mar investiga sobre las nuevas tierras por descubrir. Hombre ya, participó en las campañas contra los turcos en los ataques a Orán, Trípoli y otros puertos más. Como fruto de su precoz pericia tuvo bajo su mando un navío de doscientas toneladas que formaba parte de la flota con la que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, marchó a Italia. En esa campaña la fortuna no se mostró pródiga con Elcano. Múltiples deudas y problemas de variada clase lo obligaron a tomar dinero prestado dando como garantía su nave a unos mercaderes saboyanos. Vencido el plazo de pago y no contando con el dinero, Elcano no tuvo más remedio que entregar el barco equipado y artillado a sus acreedores. La entrega de un buque armado a extranjeros, se consideraba en Castilla delito de alta traición.
Temeroso del real castigo, sin dinero, Elcano se refugió en Sevilla. Allí no pasaron desapercibidos sus conocimientos náuticos y pudo sentar plaza en la expedición que organizaba Fernando de Magallanes, quien lo nombró maestre de la nave Concepción, o sea, el segundo de a bordo. Durante la penosa travesía surgió un grave antagonismo entre Magallanes y Elcano. En la rebelión de San Julián, uno de los amotinados fue Elcano y cuando Magallanes pudo controlar la situación le perdonó la vida, pues necesitaba de sus conocimientos. Al ocurrir la muerte de Magallanes en la isla Mactán, en Filipinas, la figura de Juan Sebastián irá destacando aún más. Declarado el desastre, asume el mando de la nave Victoria, en Mindanao, que debía compartir con otros dos marinos, pero de hecho, con la aquiesencia de toda la tripulación, se convirtió en el conductor absoluto de los destinos de la expedición.
Elcano debía llegar por occidente a las Islas Molucas. El cronista de la expedición, Antonio Pigafetta, en su relato del periplo da noticia de las maravillas que sus asombrados ojos de europeo contemplaron en esas islas donde abundaban la canela, el clavo y otras ambicionadas y valiosísimas especias. Cargado de ellas, el 21 de diciembre de 1521, la nave Victoria, al mando de Elcano, emprendió el retorno a España. La consigna era no tocar en ningún puerto y llegar a la patria sin escalas. La falta de víveres los obligó a recalar en Cabo Verde en julio de 1522 y al continuar el viaje tuvieron que sufrir increíbles desdichas: frío, hambre, escorbuto y otras enfermedades que poco a poco fueron cobrando muchas víctimas. Finalmente llegaron a San Lúcar de Barrameda el 6 de setiembre de 1522 y, poco después, el 8, desembarcaban en Sevilla. Con Magallanes partieron 265 hombres y regresaban tan solo 18 que parecían espectros. Con las pocas fuerzas que
les quedaban fueron a postrarse ante la imagen de Santa María la Antigua en la Catedral.
—La vida al regreso—
Elcano se reunió con el emperador Carlos V en Valladolid y pudo darle noticia de todas las peripecias ocurridas. El monarca lo colmó de honores
dándole, incluso, un escudo de armas. Pero, al mismo tiempo, Elcano tuvo que levantar diversos cargos que el cronista italiano Pigafetta, gran admirador de Magallanes, había presentado en su contra. Elcano se defendió con vehemencia y pudo salir bien librado. El 13 de febrero de 1523 obtuvo el perdón del monarca sobre el asunto de la nave que entregó a los saboyanos. Elcano no estaba satisfecho. Pretendía el Hábito de Santiago, dirigir una expedición a las Molucas y rentas para su familia. En Valladolid tuvo un hijo con María Vidaurreta, sin que hubiera matrimonio, y los familiares de María, defendiendo su honra, clamaban venganza. Por esa razón Elcano tuvo que pedir licencia para ir acompañado por una escolta de dos hombres armados. Otras aventuras más ocurrieron antes que Elcano, en 1525, obtuviera del monarca el nombramiento de Piloto Mayor de Jofre de Loayza, quien marchaba a una expedición a las islas Molucas.
Lamentablemente desde un primer momento se multiplicaron las dificultades y el 30 de julio de 1526, en medio del Océano Pacífico, muere Loayza y su cadáver fue sepultado en el mar. Seis días más tarde fallecía Juan Sebastián Elcano, al parecer de tuberculosis, y su cuerpo también encontró sepultura en el océano. La inmensidad del mar sirvió como última morada a este marino insigne, de quien el cronista Francisco López de Gómara, con erudita prosa renacentista, dijo: “Los rodeos, los peligros y trabajos de Ulises fueron nada en comparación a los de Juan Sebastián; y así, él puso en sus armas el mundo por cimera y por letras ‘Primus circumdedisti me’, que conforma muy bien con lo que navegó, y a la verdad el rodeó todo el mundo”.
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