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Cuerdas con voz y alma

Jaime Guardia convirtió el charango en un instrumento de culto. Tras su partida, sus discípulos aseguran que la tradición continuará.

Jaime Guardia

El maestro Jaime Guardia conoció a Arguedas a inicios de los años 50. El escritor le dedicó su novela "Todas las sangres" y lo calificó como “el mejor charanguista del Perú”. [Foto: Paul Vallejos / Archivo]

Paul Vallejos / Archivo

Parece una guitarra de juguete, pero sus cinco pares de cuerdas provocan una especie de remolino sonoro: un silbido agudo —a veces dulce, a veces alegre, a veces chillón— que no solo acompaña, sino también guía los cantos, las danzas y los carnavales de los pueblos del Perú profundo. El charango existe desde inicios del siglo XVII y nació mitad indígena y mitad español a partir de esas guitarrillas renacentistas que trajeron los conquistadores. Sin embargo, en los encumbrados parajes andinos, este instrumento se volvió nuestro, fue transformándose en las manos de los indios que templaron sus cuerdas y redujeron su tamaño hasta conseguir ese sonido vibrante que emana como un torbellino de su pequeño caparazón de madera.

Ahí están para demostrarlo las láminas de Guamán Poma de Ayala y de Martínez Compañón, en las que se puede ver a estos músicos, algunos disfrazados de diablillos y pallas, que estrechan sus reducidas guitarras entre sus cuerpos. Con el tiempo, el charango se abrió paso a lo largo de toda la geografía andina, desde Quito hasta el Alto Perú. Su sonido afilado adquirió en cada lugar matices particulares, y su ejecución fue trasmitida, de generación en generación, entre campesinos, pastores, comerciantes, pongos de las haciendas y arrieros. En el sur de Ayacucho cobró matices legendarios. En Pausa —en la actual provincia de Páucar del Sara Sara— un niño de 12 años vio tocar a su abuelo, como este había visto tocar antes al suyo. Así, mientras correteaba entre las chacras, se fue haciendo músico. Su nombre era Jaime Guardia y alcanzó con el tiempo notoriedad por la endiablada melodía que podía arrancar a tan diminuto instrumento, mientras sus dedos se agitaban entre las cuerdas como alas de picaflor.

Ricardo Villanueva

Ricardo Villanueva estudió un diplomado en musicología en el Conservatorio Nacional de Música de Lima y fue becado por la Fundación Carolina para realizar un postgrado en musicología y patrimonio artístico iberoamericano.

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A los 19 años se presentó en los coliseos de la capital y grabó sus primeros discos. Entonces conoció a Arguedas, quien lo llamó “el mejor charanguista del Perú”. Fue él también quien le aconsejó que nunca —sin importar en qué dirección soplaran los vientos— se alejara de la tradición. Por eso, muchos años después, cuando Jaime Guardia ya era un venerable músico, y le pregunté por el origen de su arte, solo atinó a susurrar con solemne humildad: “Solo toco lo que escuché de niño”.

Ese es el encanto íntimo de su charango, una melodía ancestral que reprodujo hasta el final de sus días, y que supo trasmitir a las siguientes generaciones.

Chano Díaz

El músico ayacuchano Chano Díaz fue el productor musical de la película "Sigo Siendo", dirigida por Javier Corcuera.

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“Él trazó un camino para que la música andina sea más aceptada. Su muerte no deja un vacío, sino, al contrario, un legado a partir de sus enseñanzas”, dice el joven intérprete Ricardo Villanueva Imafuku, quien organizará el próximo 15 de agosto el IV Encuentro del Charango Peruano (en el Centro Cultural Peruano Japonés), en el que rendirá un homenaje póstumo al maestro pausino. En este recital se reunirán algunos de los mejores charanguistas contemporáneos, como Percy Rojas, Freddie Gómez, Chano Díaz Limaco y Julio Humala. Estos dos últimos forman, con Pedro Arriola y José Meza, la Cofradía del Charango.

La práctica de este instrumento se ha extendido en los últimos tiempos por toda Sudamérica, desde Colombia hasta Argentina y Chile, pasando por Bolivia, donde existe una sólida tradición que viene también desde épocas coloniales. “No se sabe exactamente dónde se originaron, pero existen diferentes tipos. Por ejemplo, en Puno y Bolivia los charangos tienen una cara ovalada, están hechos con el caparazón del quirquincho, y en Ayacucho son planos como guitarras”, precisa Villanueva. Tocar este instrumento es también formar parte de un linaje. El legendario músico arequipeño Ángel “Toro” Muñoz, quien formó en los años sesenta el Trío Yanahuara, se convirtió en el experto en el charango con cuerdas metálicas, uno mucho más pequeño que los conocedores llaman chillador o walaycho, muy popular en Arequipa, Cusco y Puno, como refiere el especialista Omar Ponce, en el documentado portal charangoperu.com.

Ricardo García

Ricardo García estudió en el Museo de Arte de Lima y por invitación del maestro Edgar Espinoza ingresó a trabajar ahí como profesor de charango.

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En un pasaje de Los ríos profundos, le hablan al niño Ernesto de Coracora, y este responde: “¡Caray, Coracora! Lindo tocan charanguito”. Eso lo sabía Arguedas muy bien. Y es justamente el charango de esta ciudad de Parinacochas el que más se ha extendido en Lima. Muchos de sus ejecutantes han sido influidos por Jaime Guardia. Entre ellos está José Guardia, hijo del maestro, y el propio Julio Humala, también coracorino, quien dice: “Don Jaime hizo que este instrumento propio de indios llegara a grandes escenarios, y logró además que el estilo ayacuchano prevaleciera en el Perú por oposición al boliviano. Mientras allá se toca de manera muy digitada, casi de cuerda en cuerda, como la guitarra; aquí se construye la melodía pulsando dos cuerdas a la vez, una con el dedo pulgar y otra con el anular. Esto le da más cuerpo a la música”.

Sin embargo, son pocos los intérpretes que se dedican exclusivamente al charango y hacen arreglos. Entre ellos destacan los nombres de Ricardo García, de Los Cholos, y Federico Tarazona, quien también es compositor y lutier, y uno de los que tienen mayor proyección internacional.

Julio Humala

Julio Humala cultiva diversos géneros musicales como huaynos, yaravíes, marineras andinas, takiraris y temas costumbristas. 

Difusión

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Antonio Muñoz Monge, periodista y experto en el tema, destaca, entre los muchos charanguistas en actividad, la figura del cusqueño Julio Benavente, quien apareció en la célebre película Yawar Fiesta, de Luis Figueroa, y es creador del estilo t’ipi, caracterizado por pellizcar las cuerdas al tocar. Otros nombres importantes son el coracorino Roberto Teves Jiménez, Avelino Rodríguez Pavón, la huamanguina Norma Cuenca y Boris Villegas, quien dice que aprendió a tocar este instrumento gracias a su abuela, quien fue profesora de Arguedas en Puquio.

“Tenía nueve años cuando lo vi aparecer en la casa con un terno marrón”, cuenta. “Un día me pidieron que bailara para él la danza de las tijeras. A él le gustó tanto que me dio de propina un billete verde y grande. Eran cinco soles que me sirvieron para comprar mi primera guitarrita”. Villegas, aparte de intérprete, es profesor de música en la Universidad Ricardo Palma, y aprendió a tocar escuchando a los guitarristas legendarios de Puquio, como Arturo “Chipi” Prado. Para él, el charango “es un instrumento cantante, tiene voz y alma”. Como decía el poeta Lucho Nieto, reúne en su pequeñez la alegría del carnaval, el llanto de la zampoña, el latido de la quena y el sollozo de la guitarra.

Norma Cuenca

Norma Cuenca

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EL AUKI SARASARA

[Carmen María Pinilla]

Cuando Arguedas velaba por la conservación y difusión de la música andina desde el Ministerio de Educación, escuchó el charango y la voz de Jaime Guardia, y quedó impresionado. Consideró que este artista transmitía límpidamente aquellos sentimientos que inspiraron la creación popular. Nuestro escritor había entablado una lucha tenaz contra autoridades y agentes del espectáculo para evitar que el folclor fuese ‘estilizado’ según los gustos del mercado, y alentaba a aquellos artistas que, como Guardia, lo expresaban con autenticidad. Eso dijo claramente cuando lo premió en 1962.

Un año después, desde las páginas de este mismo suplemento, Arguedas dedicó un homenaje a Lira Paucina, el conjunto integrado por Jaime Guardia, Jacinto Pebes y Luis Nakayama. Destacaba la capacidad de Guardia para contagiar al público profundos sentimientos de dicha, melancolía, ternura o fuego. Se preguntaba por qué tan exitoso músico no había sucumbido a las deformaciones o estilizaciones de muchos artistas profesionales. Seguramente —se respondía—, él, como sus paisanos, estaban protegidos por el auki o wamani Sarasara, la imponente montaña de Parinacochas.

Pedro Arriola

Pedro Arriola se inició en la música integrando los grupos “Indoamérica” y “Apu” y luego junto a Juan Ramírez funda el grupo “Yawar”,

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Para Arguedas tradición no significaba arcaísmo. Consideraba que existían ciertos elementos clave de la cultura andina que resistían a pesar del violento choque cultural producido por la modernización y el masivo proceso migratorio. No es de sorprender, por eso, que en 1964 le dedicase a Guardia su novela Todas las sangres, en la que recrea, entre otros procesos sociales, la heroica gesta de los migrantes andinos. Tampoco llama la atención que pidiera antes de morir que el charanguista tocase durante su entierro, al lado de Máximo Damián.

Cuando por los años noventa entrevisté a Jaime Guardia, él expresó su admiración y afecto por Arguedas. Le agradeció sus enseñanzas sobre la necesidad de defender la autenticidad del arte popular. Lo corrobora el antropólogo, músico y alumno de Arguedas, Rodrigo Montoya, quien dice que Guardia representa la lealtad hacia la música tradicional ayacuchana y su exitosa transmisión a las nuevas generaciones.

La ruta del Charango

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