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El cuidado de las almas

La obra de Baltazar Gavilán y otras imágenes religiosas son restauradas en el Museo Pedro de Osma.

El cuidado de las almas

El cuidado de las almas

Hubo un tiempo en que, cada Jueves Santo, su alargada y tenebrosa sombra se dejaba ver por la ciudad. Las procesiones se hacían entonces a la medianoche, a la luz de las velas, y su afilada imagen de casi dos metros de altura debió de haber infundido miedo. El cráneo brillante, los ojos inquisidores, el rostro congelado en un grito, las costillas sobresalientes y el brazo esquelético listo para aplicar el flechazo mortal debieron de haber causado pavor entre los limeños del siglo XVIII. 
     El origen de esta escultura del artista mestizo Baltazar Gavilán roza la leyenda, aunque la representación esquelética de la muerte era conocida ya en el arte gótico desde el siglo XII en Europa. Ricardo Palma le dedica una tradición —“La trenza de sus cabellos”— en la que narra cómo un amante despechado le cortó la larga cabellera a una bella limeña y luego, para evitar el castigo por su ofensa, se refugió en el convento de los padres agustinos. Ahí pasó sus días esculpiendo niños y vírgenes, y bebiendo sin parar. El personaje no era otro que Baltazar Gavilán. Este llegó a convertirse en uno de los mejores escultores de Lima y, cuando todos parecían haber olvidado su “pecado”, una noche decidió crear “una perfecta imagen de la muerte”. Los religiosos de la congregación quedaron impresionados con la tenebrosa efigie, y el escultor no tuvo mejor idea que ir a celebrar su triunfo con “una turca soberana”. Regresó pasadas las diez de la noche, agarrándose de las paredes, y se quedó dormido. Palma escribe: “A media noche despertó. La mortecina luz despedía un extraño reflejo sobre el esqueleto colocado a los pies del lecho. La guadaña de la Parca parecía levantada sobre Baltazar. Espantado y bajo la influencia embrutecedora del alcohol, desconoció la obra de sus manos. Dio horribles gritos, y acudiendo los vecinos comprendieron por la incoherencia de sus palabras la alucinación de que era víctima. El gran escultor peruano murió loco el mismo día en que terminó el esqueleto, de cuyo mérito artístico hablan aún con mucho aprecio las personas que en los primeros años de la Independencia asistieron a la procesión del Jueves Santo”.

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Álvaro Sandoval nos recibe en el silencioso convento de San Agustín, en el centro de Lima. Avanzamos por jardines y portales y, en la penumbra de una sala, nos encontramos con el imponente esqueleto. “No lo miren a los ojos”, nos dice Sandoval, y sonríe. “Dicen que su creador lo hizo y murió de la impresión”, explica. Pero Sandoval nos tiene que contar, en realidad, otra historia. Nació en Trujillo y desde hace 30 años se dedica a la restauración de esculturas en el Museo Pedro de Osma. “El arquero de la muerte” es un viejo paciente suyo. Lo conoció en 1998 cuando, con un equipo de restauradores, le dio una nueva vida, después de cinco meses de trabajo. Descubrió, gracias a su pericia para remover repintes, estucos y barnices, el color macilento original de la escultura, y que el cráneo lucía los flecos de una cabellera de monje. Del torso hacia arriba —dice Sandoval— la figura no es maciza sino solo un cascarón, lo que le quita peso a la estructura y la mantiene en pie. 
     Ahora “El arquero” volverá a pasar por sus manos para un trabajo de mantenimiento. Ya no sale más en procesión sino que es cuidado con celo por los padres agustinos, tal como lo hicieron con su creador tres siglos atrás. 

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En Barranco, en el taller de restauración del Museo Pedro de Osma, Sandoval nos muestra una selección de niños, vírgenes, ángeles, cristos y lienzos que esperan resucitar en estos días de Semana Santa para volver a los altares de iglesias o las colecciones particulares. “Algunos saldrán en procesión el Viernes Santo”, dice con orgullo. Se refiere al Cristo de Noguera —una imagen articulada del siglo XVII—, que pasó por el taller del museo, y que ya se encuentra en la iglesia de la Soledad para protagonizar la escenificación del descenso de la cruz. 
     Sandoval se pone una bata blanca y con manos de cirujano ausculta a un niño Jesús que tiene el rostro y el cuerpo lleno de cuadritos de diversos tonos. Como sucedió con la escultura de Gavilán, uno de ellos es su color original. Él y su equipo se encargarán de encontrarlo. 

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