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Cómo esconder veinte millones de dólares, por Jaime Bedoya

"Toledo debió enfrentarse a un dilema intelectual no menor: cómo esconder veinte millones de dólares"

Cómo esconder veinte millones de dólares, por Jaime Bedoya

Cómo esconder veinte millones de dólares, por Jaime Bedoya

Una vez trasgredida con natural fluidez la barrera moral que separa lo correcto de lo incorrecto, el expresidente Toledo debió enfrentarse a un dilema intelectual no menor: cómo esconder veinte millones de dólares.

La cuestión por sí sola configura una materia digna de tesis contemporánea. En tiempos en que la globalización empequeñeció el mundo y las filtraciones de bases de datos han hecho de la discreción un sospechoso privilegio del pasado, el reto demanda de la más alta inteligencia —y creatividad— al momento de disponer la ubicación de ese secreto que tienes conmigo y que nadie lo sabrá.

En el caso que nos ocupa es solo desde los territorios de la estulticia que se explica la desprolija manera que se tuvo de desnaturalizar la única y torva virtud del soborno: su invisibilidad.

Esta tradición, preservada a lo largo del tiempo por el uso de funcionales maletines James Bond plenos de billetes huérfanos de atribución y origen, se ha visto pisoteada —no hay otra palabra— por el irresponsable accionar del señor Toledo y su entorno.

Es comprensible la indignación que otros expresidentes deben estar experimentando por esta logística desastrosa. Es más, esa ira debe transformarse en ansiedad nocturna al verse forzados a recapitular sus pasos para cotejar si es que ellos—también— incurrieron en algún despropósito inadvertido. Parafraseando a Hitchcock, mientras no se encuentre el cadáver, el crimen perfecto existe.

La cutra supone un código de honor: el sigilo. Comprometer esto es la hazaña de un bobo. O, pensando lo mejor del perpetrador, es el clamor inconsciente de un alma atormentada que, sabedora de su yerro tal como el esposo que llega a casa oliendo a jabón de hostal, está gritando entre líneas ¡atrápenme!

Habrá sido el arrepentimiento interno del freedom fighter que se asqueó de sí mismo al verse cobrando por lo bajo en nombre de la democracia. Un choro disfrazado de servidor público es un embuste hasta para el propio gremio del hampa.

El clímax de esta cadena autocondenatoria fue la elección confesional del camuflaje para cobrar lo indebido: y se llama Ecoteva, con E de Eliane, C de Chantal, T de Toledo y Eva de Fernenbug, esta última utilizada por el protagonista como sobreviviente del “holocaustro” (sic), añadiéndole insulto a la injuria. Toledo, un maestro del error.

Teniendo en cuenta la penosa manera en que se tuvo a bien el resolver este asunto, cabe respetuosamente considerar si es que el susodicho, además de enfrentar todo el peso de la ley, no debería además ser juzgado por idiota. Condición que, según el contexto en que se presente, debería ser considerada delito.

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Alejandro Toledo

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