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Ezequiel Ataucusi: el profeta de los desvalidos

El próximo martes se cumplen cien años del nacimiento del fundador de uno de los movimientos religiosos y sociales más peculiares de nuestra historia: los israelitas del Nuevo Pacto Universal.

Ezequiel Ataucusi

Ataucusi y sus seguidores en una de las colonias en la selva central. [Foto: archivo Juan Ossio]

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Por Juan Ossio

Cuando murió, en junio del 2000, todos esperaban que resucitara. Sus seguidores anunciaron su deceso el 21 de junio, pero es probable que haya ocurrido antes y que la elección de esta fecha haya sido simbólica, pues hizo coincidir sus exequias con un sábado que, siguiendo los dictámenes bíblicos de los hebreos, está dedicado a honrar a Jehová.

Su nacimiento, el 10 de abril de 1918, tampoco fue casual. Según las lecturas bíblicas, este mes es el primero del año, cuando se celebra la Pascua y—en su sexto día— nació Jesucristo. Igualmente, el año tampoco es arbitrario y coincide con una serie de duraciones bíblicas que suman esta cifra y con una contabilización sui generis de los días de la semana, donde: 1 = 1; 2 + 3 + 4 = 9; 5 + 6 + 7 = 18. Es decir, 1918. Para los israelitas nada ocurre al azar. Todo está escrito en la Biblia, aunque para descifrar los textos hay que saber concatenar decenas de pasajes. Por eso Ezequiel Ataucusi Gamonal, en su origen humilde, estaba predestinado a ser un profeta y a fundar la Asociación Evangélica de la Misión de Israel del Nuevo Pacto Universal.

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Ataucusi nació en Huarhua, un humilde pueblito ubicado por encima de los tres mil metros, en el distrito de Pampamarca, en La Unión, Arequipa. Sus no más de 300 pobladores se dedican a la agricultura y la ganadería de camélidos, otros trabajan en una mina de sal que se explota desde la Colonia. De allí el nombre de la localidad, pues huarhua significa ‘sal’. Ataucusi apenas pudo terminar la primaria y después tuvo que dedicarse a ayudar a su madre en el mantenimiento de sus cuatro hermanos menores. Le tocó hacer este sacrificio debido a que su padre había abandonado el hogar, atraído por la hermana de su madre.

Su paso por la escuela y su posterior ingreso al Ejército le dieron cierta fluidez en el español, aunque hasta que se fue de este mundo siempre lo hablaría entremezclado con el quechua. ¿Cómo y cuándo accedió a los textos sagrados y cambió su vida? Según el mismo profeta israelita, se produjo en 1955. Entonces era zapatero en Picoy, un pueblo de Junín. En esos días, un adventista llamado Manuel Vela dejó olvidada en su casa una Biblia. Ataucusi quizás lo tomó como una señal y tal fue el impacto que le causó el texto que lo siguió leyendo durante días. Luego se hizo adventista, hasta que Dios se le apareció en sueños. Incluso narró que estuvo a punto de morir por unos graves cólicos, pero fue salvado por la divinidad. Su consagración fue en Palomar Sanchirio (Chanchamayo) cuando, según contó, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo le dictaron el santo decálogo y le confiaron la misión de difundirlo a los cuatro cantones de la tierra. Entonces se apartó de los adventistas e inició su prédica por la selva de Junín. En este evento portentoso se basa la Asociación Israelita y el liderazgo de Ataucusi. Poco a poco, se sumaron más adeptos y cuando lo conocí, por 1986, tenía unos centros de capacitación bíblica (cecabi) —así se conocían los núcleos de los israelitas— en casi todas la provincias del Perú. En Cieneguilla habían logrado constituir un centro ceremonial donde venían construyendo un gran templo.

Ezequiel Ataucusi

Ataucusi se lanzó a la presidencia del Perú tres veces con el partido Frente Popular Agrícola del Perú (Frepap). [Foto: El Comercio]

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En síntesis, ofrecían la salvación ante un inminente fin del mundo que, según sus cálculos, ya estaba cercano, pero que dilataba debido a que su mensaje todavía no había llegado a todo el mundo. Para este efecto había que hacerse israelita, seguir los dictados y ceremoniales del Antiguo y el Nuevo Testamento y vestirse según estos cánones.

Ellos asociaron el estilo de vida de los antiguos bíblicos con el de los incas y erigieron a estos últimos también como profetas. Así replicaron expresiones organizativas andinas en sus colonias en la selva y, cuando Ataucusi postuló a la presidencia en 1990, anunció que trasladaría esos preceptos a su futuro gobierno. De ahí que la bandera del arcoíris, asociada con el Tahuantinsuyo, se convirtiera también en símbolo de los israelitas.

La presencia de los incas está tan interiorizada que, para los israelitas, Ataucusi no solo encarnaba al Espíritu Santo, sino también al mítico héroe decapitado por los españoles llamado Incarrí, que al reconstituirse reintroduciría el orden perdido con la conquista. Es pertinente este corolario porque los más impactados por la prédica de la congregación son de origen andino y pertenecen a los sectores más pobres entre los pobres.

Esta composición social no es muy disímil de quienes optaron por adherirse a grupos terroristas como Sendero Luminoso. Sin mayores esperanzas, los desvalidos siempre buscan alternativas ideológicas que les ofrezcan bienestar y, en general, una condición paradisíaca. Desde un punto de vista sociológico, la alternativa de Ataucusi significó una salvación para el Perú. Ante la violencia predicada por los extremistas, él hizo que mayorías de pobres optaran por un mensaje de paz y una salida económica, gracias a la religión y la solidaridad.

Desafortunadamente, como siempre ocurre cuando desaparece el factor aglutinante, hoy sus seguidores se han dividido. Unos están identificados con un sector de Cieneguilla y otros con otro de Carabayllo. Además, se perfilan nuevos disidentes en las provincias.

Sin embargo, si los israelitas no han desaparecido, a 18 años de la muerte de su líder, es por su fuerza espiritual. Es cierto, Ataucusi no resucitó físicamente, pero lo hizo en sus corazones.

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