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La figura del padre en la literatura contemporánea

Jeremías Gamboa reflexiona sobre la figura paterna y su impronta en la literatura contemporánea.

La figura del padre en la literatura contemporánea

La figura del padre en la literatura contemporánea

La primera imagen que Gabriel García Márquez tuvo de su padre estuvo asociada a la aparición de un extraño: un hombre esbelto y moreno vestido de dril blanco que caminaba grácilmente por las calles de Aracataca, y a quienes los demás saludaban porque ese día cumplía 33 años. Su hijo tenía entonces nueve años y hasta ese momento aquella estampa era casi todo lo que tenía de él. Gabriel Eligio García y su mujer, Luisa Márquez, lo habían dejado en casa de su abuelo, el coronel Gerineldo Márquez, cuando tenía apenas meses de nacido para buscarse un futuro en Barranquilla. El niño había sido criado por el exmilitar. Años más tarde, cuando escribe finalmente su libro de memorias “Vivir para contarla”, describe el recorrido de un hombre que parece un huérfano y en cuyo tránsito por el mundo la figura del padre brilla por su ausencia: en un momento el joven García Márquez duerme en las calles de Cartagena aferrado a los manuscritos de sus cuentos, que le sirven de almohada.

     La primera imagen que Mario Vargas Llosa recuerda de su padre real fue también la de un espectro que llegaba de un sitio muy lejano, un señor que no se parecía en nada al joven apuesto que él creía muerto y cuya foto tenía en el velador de su cama. Lo conoció en el lobby del hotel de turistas de Piura luego de que su madre, Dora Llosa, le confesara que le había mentido: su padre estaba vivo. Tal como cuenta en “El pez en el agua”, su libro de memorias, el hombre vestía un terno beige y una corbata verde con motas blancas. En el lobby lo saludó con una sonrisa falsa, congelada en la cara, y lo llamó “hijo”. Los tres salieron a pasear por la ciudad y luego, mediante mentiras y subterfugios, escaparon a Chiclayo y al día siguiente a Lima. Lo que ocurrió entonces equivale a la irrupción de un dictador a través de un golpe de Estado doméstico. Tras el viaje, instalados en la ciudad, ese señor desconocido empezó a insultarlos y a golpearlos a él y a su madre, y es allí que el futuro novelista conoció el miedo, y también la rebeldía. En su habitación de la casa de la avenida Salaverry, deseó para el padre las peores desgracias concebibles. “No eran los golpes —ha confesado en su libro—, sino la rabia y el asco conmigo mismo por haberle tenido tanto miedo y haberme humillado ante él lo que me mantenían desvelado, llorando en silencio”.

     El padre de Franz Kafka, en cambio, siempre estuvo allí: omnipresente y omnipotente desde el inicio de los tiempos. Ante él, su hijo se siente pequeño y débil, totalmente inferior. Dos imágenes de “Carta al padre”, ese texto que Kafka escribe para revelarle su verdad a su progenitor y que nunca tuvo el valor de mostrarle, son particularmente estremecedoras: en la primera, el niño Kafka descubre su figura enjuta y esmirriada frente al cuerpo robusto de su padre en el vestidor de la playa y siente una gran vergüenza y un profundo desprecio por sí mismo. En la otra el padre descalifica a un actor de apellido Löwy llamándolo “insecto”, lo que genera un gran dolor en su hijo silente. También llamaba “insectos” a sus empleados cuando no cumplían sus deberes. El pequeño, una vez adulto, usaría ese motivo para componer al personaje principal de “La metamorfosis”.

     La obra de varios escritores de la tradición occidental parece haberse fraguado bajo la estela dominante de los rostros del padre. Así, buena parte de la obra del Nobel colombiano se puede entender como la mistificación de la imagen del anciano coronel en pos de establecer una imagen paternal que mitigue la soledad y la orfandad que asolan el mundo; la de Vargas Llosa como el incandescente grito de rebeldía ante todos los autoritarismos que convergen en la figura primigenia del temible Ernesto Vargas; y la de Kafka como la construcción de un universo en el que prima el poder irrebatible de Hermann Kafka. El coronel Aureliano Buendía, los espectros de Cayo Bermúdez y el Chivo, y el poder omnímodo y ubicuo que arrastra a Josef K en “El proceso” están construidos con esa sola materia.

LA VOCACIÓN
     En "Tiempo de vida”, libro de no ficción ganador del Premio Nacional de Narrativa 2011, el español Marcos Giralt Torrente confiesa que cada vez que se ponía a escribir en el estudio de su casa era luego de pensar que su padre, el pintor Juan Giralt, estaría trabajando a esa misma hora en su taller. Su carrera artística es casi una lucha sorda contra y con el hombre que lo había engendrado, que había definido parte de su vocación y en cierto momento dejó el hogar para iniciar otra relación sentimental, desatendiéndose parcialmente de las necesidades materiales de su hijo. La rabia es lo que moviliza al vástago. En “Algo dado”, ensayo sobre la escritura, parte del libro “Soñar y contar”, el inglés Hanif Kureishi cuenta que empezó a escribir en un cuarto encima del piso en el cual su padre, Shanoo Kureishi, intentaba avanzar novelas que nadie se animó jamás a publicar. “Me gusta trabajar cada día por las mañanas, como mi padre. En ese sentido le soy fiel a él y a mí mismo”, escribe. La historia de ambos la amplió generosamente en un libro posterior, “Mi oído en su corazón”, que traza el recorrido de una vocación artística que prolongó casi literalmente los sueños del padre inédito e instaló de manera pública el apellido de ambos. Marcos Giralt Torrente, en cambio, debió labrarse una imagen de creador que contestara a la del pintor. En su libro señala cómo añadió a su firma el apellido materno —que proviene de su abuelo, el escritor Gonzalo Torrente Ballester— como un gesto nítido de afirmación de pertenencia al mundo de las letras y como desafío al padre.

     “Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir, recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí”, escribe Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos”, el libro dedicado a su padre, el médico Héctor Abad Gómez, asesinado en la Colombia de los años ochenta. “Creo que el único motivo por el que he sido capaz de escribir todos estos años es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”.

     Abad Gómez era algo así como la cristalización del padre ideal para cualquier escritor: alienta a su hijo a seguir su vocación, lo mantiene un año entre el colegio y la universidad mientras decide la carrera que quiere seguir, le escribe cartas sacándolo de la depresión y relativizando ideas castradoras como la ‘gloria’ o el ‘éxito’. Lo mismo hará Serpeesad Naipaul, padre del escritor Vidia S. Naipaul, en la correspondencia que mantuvo con su hijo cuando este estudió becado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra, y pasó mil penurias en tanto joven extranjero casi indigente. En esas cartas, agrupadas en un libro titulado “Cartas entre un padre y su hijo”, el padre de Naipaul le ofrece al joven Vidia consejos sobre la escritura y la identidad del creador, le recomienda no perder su centro y anotar todas sus emociones —sobre todo las más oscuras— para escribir con ese material aquellos libros que iluminarán el mundo, y le propone algo impensable: que viva dos años en casa de ambos, en la isla de Trinidad, solo dedicado a leer y escribir. “Quiero que tengas la oportunidad que yo no he tenido: que alguien me mantenga a mí y a los míos mientras escribo. Bastarían dos o tres años”, le dice el 8 de marzo de 1952. La promesa no llegó a cumplirse. Vidia decidió quedarse en Inglaterra y hacerse escritor allí, y Seerpesad murió antes de ver publicado un libro de su hijo, cosa que lo ilusionaba profundamente. Naipaul regresará a él en varios de los ensayos de “Momentos literarios” y de "El escritor y los suyos", y ficcionará su vida en “Una casa para el señor Biswas”, su primera obra maestra. Es probable que cuando lloró en la foto oficial del Premio Nobel 2001, que ganó, estuviera pensando en él.

LA HERENCIA
     En otra ceremonia de Premio Nobel, esta vez cinco años más tarde, en el 2006, el escritor turco Orhan Pamuk leyó un texto conmovedor que llevaba el título de un futuro libro de ensayos, “La maleta de mi padre”. La presencia del objeto no es casual: en muchos de los asedios no ficcionales a la figura del padre, la pesquisa es disparada por este objeto legado que también resulta ser lugar de exploración y símbolo de la verdad. Así, el padre de Pamuk le dejó a su hijo una maleta que contenía todos sus escritos (sí, en su juventud también quiso ser escritor). En los objetos que se encontraban en él, y que ligaban la creación a los viajes y al cosmopolitismo, el autor de “Me llamo Rojo” pudo entender el papel que jugó su padre en su vocación y en la consolidación de su oficio. Por su parte, en “El africano”, el Nobel francés Jean-Marie Le Clézio repasa las fotografías que su padre, un médico que ejerció su oficio en solitario en países como Camerún o Nigeria, tomó de aquellos lugares mientras estuvo ausente de la casa de Niza en la que el escritor pasó su infancia durante la guerra. Ese será el mismo lugar al que luego él y su hermano irán a reunirse con su padre y someterse a su formación estricta. El sitio en el que descubrirán el mundo. “Algo me fue dado y algo me fue quitado”, escribe, haciendo el balance, Le Clézio. El padre no le dio amor ni suavidad, cosas que se perdieron para siempre en su vida desde la llegada a ese continente inhóspito y salvaje, pero sí le transmitió la identificación con ese espacio que resultaría clave en su trabajo de escritura.

     A Hanif Kureishi su editor le acercó una carpeta verde que contenía el manuscrito de una novela de su padre, y que dispararía la pesquisa de “Mi oído en su corazón”. Superada la resistencia inicial, el novelista reconstruirá la vida de su padre y la suya a la vez que asedia la novela inédita como quien tiene el privilegio de leer el sueño de una persona cercana para entender sus miedos y obsesiones. Una operación similar realizará Paul Auster en “La invención de la soledad”. La muerte de su padre lo llevará a entrar en la casa en que este ha vivido los últimos años de su vida para desenterrar documentos y rescatar de los cajones objetos y pertenencias de un hombre que, siendo su padre, siempre le pareció un extraño. El viaje interior por la casa y la memoria personal lo acercará a un hecho traumático que podría explicar la naturaleza desapegada y gélida de Samuel Auster, una disociación con el mundo y con él mismo que su hijo encontró ejemplarmente representada en una foto que encontró en una de sus búsquedas, y que terminó siendo la portada del libro: una imagen que reproduce al padre multiplicado por seis, siempre mirando a ningún lugar.

     Maletas, fotografías, cajones, manuscritos… la fijación con ellos parece transparentar la ansiedad de todos por determinar qué es lo que nos dejan los padres tras su partida. Esa es, al menos, la pregunta que obsesiona al narrador de Patrimonio, la espléndida memoria de Philip Roth que complementa “Los hechos” y cierra un arco narrativo que repone la imagen real del padre del escritor, el agente de seguros Herman Roth. Si en el primer libro aparecía joven aún, enfrentando una delicada operación ante la mirada atónita de sus hijos pequeños, en el segundo es ya un anciano viudo que enfrenta estoicamente un tumor cerebral, la agonía y la muerte ante la compasión de sus hijos maduros. ¿Qué es lo que deja tras su paso por el mundo?, se pregunta Roth. ¿Es acaso ese cuenco que recibió del abuelo y le deja un día en el carro? ¿Es el dinero que le iba a heredar y que al final le suspendió por pedido expreso del novelista? ¿Es la mierda que lo mancha todo cuando lo sorprende caído sobre el piso del baño, llorando su impotencia? Como todo gran libro, “Patrimonio” no ofrece una respuesta cerrada, aunque parece claro que el escritor ha heredado un temperamento y un sentido del deber que no proceden de ningún otro lugar.

     Al final del recorrido quedará siempre una sensación de soledad y orfandad, pero también una suerte de comunión interior con la presencia recobrada de quien es, a fin de cuentas, el hombre más importante de nuestras vidas. “He habitado la nada y de mi padre solo queda el recuerdo”, escribe para concluir su libro Giralt Torrente. “Me he hecho más frágil, me he hecho más triste, me he hecho más temeroso, me he hecho más escéptico, me he hecho más viejo. Este es el único camino que he recorrido hasta aquí”. Al terminar el suyo, Roth cuenta esta anécdota. Días después de su muerte, su padre se le aparece en sueños para corregirle el traje con el que lo vistieron para su velorio. Termina así el autor de “Pastoral americana”: “El sueño me decía que, al menos en mis sueños, yo seguiría siendo para siempre el hijo niño de mi padre, con la consciencia de un niño hijo, y que él seguiría vivo no solo como padre mío, sino como ‘padre’, en permanente juicio de todas mis acciones”. Completamente cierto. A fin de cuentas, ellos nunca se van.

Padres Nuestros
En América Latina se escribe cada vez más sobre el universo doméstico y, dentro de él, especialmente sobre la figura del padre, como lo hiciera el mencionado Abad Faciolince. Alejandro Zambra la ha llamado “literatura de los hijos”, y él mismo la ha practicado en libros como “Mis documentos” y sobre todo en “Formas de volver a casa”; Patricio Pron ha hecho lo propio en “El espíritu de mis padres sigue subiendo con la lluvia”; y Juan Gabriel Vásquez, en “Los informantes”. En autoficción, la piedra de toque es “Missing: una investigación”, de Alberto Fuguet, un autor que ya había tocado el tema en ficciones como “Tinta roja y Las películas de mi vida”. En el Perú hay una tendencia marcada a referirse al padre. A libros como “La hora azul”, de Alonso Cueto, se han sumado novelas recientes como Un olvidado asombro, de Marco García Falcón; “Austin, Texas, 1979”, de Francisco Ángeles y ”Nuevos juguetes de la Guerra Fría”, de Juan Manuel Robles. Acaba de aparecer “Pequeña novela con cenizas”, de José Carlos Yrigoyen, que aborda el nacimiento de la vocación poética como lugar de resistencia a la figura del padre biológico a través de la presencia transgresora del poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini.

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