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El golpe velasquista en la historia peruana: un contexto

A propósito de "La revolución que sacudió al Perú", una mirada al contexto que desencadenó las reformas velasquistas.

El golpe velasquista en la historia peruana: un contexto

El golpe velasquista en la historia peruana: un contexto

La historia del Perú moderno empezó a escribirse en la década de 1890, cuando el país se redefinió bajo un régimen oligárquico, que aprovechó las ventajas del mercado mundial para atraer inversión y consolidar el modelo primario exportador. Fue un orden excluyente, liderado por el civilismo, que no hizo mayores concesiones a los nuevos actores surgidos en esta modernización (clase media y movimiento obrero). En el campo prevaleció la concentración de la tierra en manos de gamonales dispuestos a reprimir cualquier reivindicación campesina.

Este orden tuvo su primera amenaza cuando Leguía, caudillo de la Patria Nueva, arrinconó a la oligarquía, se alineó al capital norteamericano y entendió que el ‘progreso’ dependía de un fuerte gasto en obras públicas. Su populismo autoritario favoreció a la clase media y mostró disposición a dialogar con obreros, universitarios y élites regionales. Apoyó el indigenismo, pero en el campo no hubo mayor novedad: los gamonales imponían su ley.

La crisis del 29 liquidó a Leguía y la oligarquía se recompuso. Apoyó a Sánchez Cerro, un coronel que no era de su agrado, pero que era quien podía contener la amenaza “comunista” del APRA. En las tres décadas siguientes, esta derecha tejió un contubernio con el Ejército y la Iglesia para defender su mundo conservador. Se cobijó en dictaduras militares (Benavides y Odría), autoritarismos civiles (Prado) y apagó el primer intento democrático-reformista (Bustamante). Claro que para sobrevivir entendió que debía dar algunas concesiones (derecho de huelga, seguro social, voto femenino), ampliar algunos servicios (educación y salud) e invertir en infraestructura. El epítome de sus aspiraciones fue la dictadura odriista.

No faltaron voces que cuestionaron esta modernidad conservadora. Los indigenistas reinterpretaron el mundo andino y ofrecieron alternativas para redimir al indio, como también lo hizo, desde una perspectiva mayor, la izquierda que surgió en los años veinte.

 

—Señales de cambio—

Desde el antiimperialismo (Haya de la Torre) y el socialismo (Mariátegui), se planteó construir la nación con el protagonismo de la clase media y los trabajadores. La reforma agraria era clave en ambas alternativas. La originalidad del marxismo peruano se apagó con la temprana muerte de Mariátegui. La derrota de Haya en 1931, por su lado, postergó la oportunidad de enfrentar el enorme desafío: la redistribución de la tierra, un mayor control de los recursos (petróleo y minería) e impulsar el mercado interno y la descentralización bajo el liderazgo de una burguesía más comprometida con los intereses nacionales.

Las expectativas de cambio retomaron impulso a partir de los años cincuenta. La clase media, favorecida por la expansión de la educación, se tornó más crítica y encontró expresión política en nuevos partidos, como Acción Popular. Una burguesía industrial reclamaba mayor proteccionismo, un Estado más promotor y la ampliación del mercado interno. Las ciudades de la costa se sacudían por la crisis del campo: miles de migrantes invadían terrenos, exigían trabajo y servicios básicos. El ‘desborde’ era incontenible y se gestaba una nueva cultura popular, percibida desde arriba como amenaza.

El agónico triunfo de Belaunde (1963) abría la segunda esperanza de transformar democráticamente el viejo orden. Pero, una vez más, la oligarquía —arropada en el odriismo, aliada con el APRA en el Congreso— bloqueó toda iniciativa, incluida la reforma agraria, lo que defraudó a los campesinos que se habían movilizado contra la usurpación de sus tierras. Mientras una guerrilla al estilo cubano era aplastada entre Cusco y Madre de Dios, el país asistía a los virajes del APRA y a la atomización de la izquierda, afectada por los vaivenes del comunismo internacional.

 

—Una mirada en el tiempo—

Que esta síntesis sirva para comprender el golpe de 1968, que no fue producto de la fatalidad ni un accidente de la historia. Fue la reacción liderada por una generación distinta de militares, más crítica de esa república construida sobre una inaceptable distribución de la riqueza, reflejo de históricas fracturas sociales y culturales. El progresismo de los sesenta también había impactado en la Iglesia, ahora dispuesta en apoyar medidas de fondo.

Los militares entendieron que era su turno: el peligro comunista era latente si no se actuaba. El escándalo del extravío de la “página 11” del contrato entre Belaunde y la International Petroleum Company apuró un golpe que llevaba meses madurándose, y que Velasco decidió encabezar. Casi nadie salió a las calles a defender el sistema. El 3 de octubre fue recibido con resignación y expectativa.

Urge una reflexión más serena de lo que ocurrió en el gobierno militar. A ello apunta el libro de María Delfina y Enrique Álvarez Calderón, “La revolución que sacudió al Perú” (Lima: Mitin, 2016). La responsabilidad de aquella revolución, “ni capitalista ni comunista”, no solo recae en los que la llevaron a cabo, sino también en los que en su momento tuvieron la oportunidad de afrontar el problema del campesinado y dar una orientación más nacional a nuestros recursos.


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