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Héctor Lavoe: el cantante de los cantantes

A 25 años de su muerte, la voz del profeta popular de la salsa sigue reafirmando su vigencia.

Te mira fijamente tras sus gafas oscuras, unos lentes opacos como de aviador. No sonríe, pero parece que estuviera a punto de hacerlo. No llora, pero sus ojos están cansados de tanto haberlo hecho. Su cabello, esponjoso, negro y tirado para atrás, define el contorno de un mundo que no se mueve sin ritmo, que no camina sin pasos de baile, un mundo que es montuno, bolero, guaracha y guaguancó, aunque ahora le llamemos salsa. Su cabeza reposa cómodamente sobre su puño derecho y dos anillos —que parecen de oro— se muestran. En el índice, un extraño símbolo que rodea casi por completo una de sus falanges. En el meñique, su propio nombre: Héctor. Te sigue mirando fijamente. Y te dice: “Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere”. Nunca movió sus labios, pero te movió a ti. Sus palabras son obituario y coro, trompeta y percusión abrazándote e invitándote un trago en el momento más difícil o en la madrugada más intensa. Es 1976. El primerísimo plano fotografiado por Lee Marshall, convertido en portada de De ti depende, su segundo álbum como solista, se convierte en su imagen más icónica, del mismo modo que la foto de Korda al Che Guevara o la que José María Silva le tomara a Carlos Gardel, otro ídolo de barrio, nunca de barro.

Pero Lavoe no fue solo una voz, una debilidad o una portada de disco. Lavoe, sobre todo, sigue siendo. Y eso se reafirma cada vez que un colombiano, un puertorriqueño, un venezolano o un peruano lo tutea sin haberlo conocido. No cantan sus canciones: cantan su propia vida. No lo bailan, sino que bailan con él. En ese mismo instante, nace la leyenda del Jibarito de Ponce, el Titán, el Rey de la Puntualidad, el Malo, el Todopoderoso, el Cantante de los Cantantes, la Voz. La epopeya de un hombre que fue el escenario y el ritmo, los reflectores y los aplausos, el público ferviente y la propia soledad. “Como el lindo clavel/ solo quiso florecer/ y enseñarnos su belleza/ y maldito perecer”.

Héctor Lavoe no era solo un cantante: era parte de la familia, tenía un lugar propio y un vaso lleno de Bacardí para acompañar los platos y la sobremesa de todo un continente. Él aparecía en sus espejos cada mañana, cuando hombres y mujeres se miraban al levantarse; era la ciudad intensa sobre la que caminaban, la bocina estentórea y el silencio al ver las avenidas desde la ventana de un bus. Eran la ciudad y lo que ella significa en la apoteosis de sus días y en la desesperación de sus noches. Él, un hombre de isla y una voz de tierra firme era, también, la vieja y querida almohada sobre la que los latinos ponían su cabeza antes de dormir. Pero su soneo y su pregón eran mucho más que un melodrama: eran también carne y pasión, sabor y lubricidad, saliva y son; apetito, achoramiento, calor gozado, compartido e incendiado. Una hoguera alrededor de la cual bailar remitiéndose al mamífero ancestral que habita en nuestra venas. Las venas abiertas de América Latina.

Pero esa hoguera se convirtió también en sacrificio ritual: Héctor Lavoe moría un poco cada vez que tenía éxito. Sus verdugos fueron sus propios productores: Fania Records explotó su imagen hasta que no le quedó color. Lo obligaron a grabar discos, no permitieron que se recuperara de sus adicciones en beneficio de la fama de “chico malo” que tanto vendía —su dolor se contaba en dólares— y lo expusieron a un último concierto que fue solo lágrima y dolor. “La noche que Lavoe cantó en silencio”, la llamaron. Era 1990 y casi no quedaba nada de él. Lo intentó durante cinco minutos y de aquella voz, LA voz, solo sobrevivían murmullos ininteligibles. Una percusión de su voluntad. Una lucha del viento por permanecer.

Hace 25 años que ese viento todopoderoso, esa tormenta vocal que fue Héctor Lavoe, cerró los ojos para siempre (tras sus lentes opacos de aviador) y convirtió su recuerdo en una sensible mezcla de silencio y canción. Y tanto en el Perú, como en los recovecos hispanos de Norteamérica y en toda la tierra latina, es una canción que suena para siempre. Quizá porque “en los barrios de guapos no se vive tranquilo”.

           — Somos hacha y machete y esta verdad —
“Perú le ha devuelto a Héctor Lavoe un reconocimiento y una fuerza que creía que ya no tenía. Aquí me han revivido. Esto ha sido una inyección fantástica. ¡Perú, me inyectaste!”. La voz agitó el toque de queda que pretendía silenciar las noches limeñas desde la señal de Radio América. Las palabras incomodaban y, al mismo tiempo, le dibujaban a los radioescuchas una sonrisa.

Lavoe el sonero era también Lavoe el dicharachero y Lavoe el pícaro. Por eso no tenía vergüenza para jugar con sus palabras, lo que le permitía la inmediata asociación con la adicción que medio mundo le conocía. Era cerca de la medianoche del sábado 9 de agosto de 1986. En su programa Sonido latino, Hugo Abele, su amigo peruano, le hacía la única entrevista en vivo que dio en nuestro país durante la semana que permaneció en Lima para dar seis conciertos históricos y extraordinarios en la Feria del Hogar. En una capital amenazada por apagones, crisis económica y violencia cotidiana, sus seis puntuales presentaciones en el gran estelar fueron, como la canción, un paraíso de dulzura. “Vinieron todos para oírme guarachar/ pero como soy de ustedes/ yo los invitaré a cantar”.

Héctor Lavoe

Se ha creado una leyenda en torno a Héctor Lavoe y su relación con el Callao, debido a la veneración que le profesan sus habitantes. Sin embargo, hay quien afirma que solo lo pisó para entrar y salir del Perú. [Foto GDA]

GDA

“Puede decirse que la historia de la salsa en el Perú se divide en A. L. y D. L.: antes de Lavoe y después de Lavoe. Las seis noches que se presentó a lleno total, ante más de 50 mil personas en la Feria del Hogar, definieron el mito. Para los aficionados a la salsa, para la opinión pública y para otros músicos, esos días fueron el nacimiento de algo completamente nuevo”, nos dice Eduardo Livia, director de radioelsalsero.com. Para Omar Córdova, creador de las fiestas Descarga, esos días fueron algo absolutamente especial. “La salsa dejó de ser Willie Colón u Oscar D’León, y empezó a personificarse en Lavoe, un hombre tan del barrio como su público y que, además, vivía las letras de sus canciones”.

“¿Sabes cuánto costará la isla San Lorenzo?”, preguntó el cantante tras un paseo por La Punta y El Callao a Kike Vigil, una de las voces más autorizadas de la salsa en el Perú y creador del portal Mambo Inn. A pesar de haber nacido en Ponce, Puerto Rico, la terraza del Caribe, Lima le robó el corazón en su primera ruta entre el aeropuerto Jorge Chávez y el hotel Sheraton. “La quiero comprar. Me encanta, estoy seguro de que ahí sería feliz. Además, el mar peruano es más sabroso que el caribeño”, dijo el sonero de 39 años que vio el baile de sus primeros amaneceres sobre las colinas de Machuelo Abajo, la localidad ponceña que lo oiría sonear por primera vez. Apenas a los 12 años se presentó en televisión y Felipe Rodríguez —conocido como la Voz en el Puerto Rico de los cincuenta— le auguró que sería una estrella. A los 14 formó su primera banda y, aun frente a la negativa de su padre, viajó a Nueva York a vivir con su hermana Priscilla.

Un hermano muerto antes en un confuso incidente era el motivo por el que su padre rechazaba ese viaje. Pero no hubo vuelta atrás. A las pocas semanas y tras haber sobrevivido gracias a distintos oficios —incluido el de pintor, bajado del andamio por una asustada Priscilla—, tuvo el día de su suerte: uno de los fundadores del nuevo sello Fania lo vio cantando en un local nocturno. “Mucho gusto, soy Johnny Pacheco”…, y no tuvo que decir más. Lo que siguió fue lo más parecido a la colisión de un cometa en la Tierra. Pacheco lo presentó a Willie Colón, otro vecino del Bronx, al que luego Héctor le enseñaría a hablar en español —“Recuerdo que tenía un sentido del humor brillante y era un gran imitador de cantantes, desde Chuito de Bayamón hasta Carlos Gardel, le salía cualquier voz”, recordó alguna vez el Rey del Trombón—.

Concierto de Héctor Lavoe en la Feria del Hogar (1986)

Concierto de Héctor Lavoe en la Feria del Hogar (1986)

La pareja fue un éxito desde su primer disco, El malo, de 1967, hasta el último, Lo mato, de 1973. Temas como “El malo”, “The Hustler”, “Se acaba este mundo”, “Guisando”, “Che Che Cole”, “Ausencia”, “Te conozco (bacalao)”, “Sonero mayor”, “La murga de Panamá”, “Barrunto”, “Aguanilé”, “Calle luna, calle sol” o “El día de mi suerte” marcaron el perfil de ambos músicos y amigos, y también la escisión del grupo, víctima de las debilidades de Lavoe. Al fin y al cabo, no nació Lavoe sino Pérez, un hombre tan débil o tan fuerte como cualquier otro. “Yo canto las canciones que la gente necesita, porque la vida es bonita”, entonaba el hombre que, a decir del colombiano Sergio Santana, autor del libro Héctor Lavoe, la voz del barrio, terminó víctima de las letras de sus propias canciones.

“Su vigencia tiene explicaciones sociológicas, de mitología popular, de fanatismo, que se encuentran en la acogida de la salsa, y crean una simbología que lo hace ver como su representante más grande”, asegura Santana. “Salió del barrio, representaba el cantar de la esquina, la voz del marginal. Estuvo endiosado y cantó sobre los grandes problemas sociales que enfrentaba el latino, el de Caracas, de Nueva York, de San Juan, del Callao, de Medellín. Todos se sentían identificados con Héctor Lavoe”. Por su parte, Eloy Jáuregui, periodista y juglar salsero y salseado, escribió: “Lavoe hace de la lengua y de las palabras su campo de batalla o un lecho hecho para hacer el amor”.

A pesar del éxito obtenido tras su distanciamiento musical con Willie Colón —iniciado con el disco La voz, de 1975—, su vida entera parece el resumen estremecedor de una miniserie con trágicos episodios. Aficionado a las telenovelas, acostumbraba recitar de memoria diálogos del capítulo que había visto antes de cada concierto. Después de llegar tarde por estar atento a cada episodio de El infiel, con Arnaldo André, o Pura sangre, con Humberto Zurita y Christian Bach, era lo menos que podía hacer por su público: conmoverse juntos. Aunque la ironía se olía en el aire: su propia vida parecía un cruel guion de Delia Fiallo, en el que mientras más lágrimas hubiera, más discos vendía. El rating implacable del éxito se lo cobraba. “Estoy seguro que mi suerte cambiará/ pero ¿cuándo será?”.

Héctor Lavoe retratado por el Decertor en la pared de una casa ubicada en Gambetta Alta - Callao.

Héctor Lavoe retratado por el Decertor en la pared de una casa ubicada en Gambetta Alta - Callao. La zona se caracteriza por su afición salsera. [Foto: Flickr DECEARTE]

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Grabó De ti depende en 1976 y continuó con otros hitos en su discografía solista: Comedia (1978), Feliz Navidad, junto a Daniel Santos, y Yomo Toro. Recordando a Felipe Pirela (ambos de 1979), hasta su canto del cisne: Strikes Back, de 1987. Temas como “El cantante”, “Vamos a reír un poco”, “El todopoderoso” o “Juanito alimaña” marcaron esos tiempos. Luego, la tragedia lo devoró. En febrero de ese mismo año saltó junto a Puchi, su esposa y madre de su hijo Héctor Jr., desde su departamento del barrio de Queens, Nueva York, tras un feroz incendio. Poco después, durante un asalto, asesinaron a puñaladas a su suegra en Puerto Rico. Solo un mes más tarde, el 7 de mayo de 1987, su hijo Héctor Jr., de 17 años, cayó abatido tras el disparo accidental de un amigo suyo. No pasaron muchos meses más hasta que sus constantes malestares lo llevaron a un hospital, en el que los médicos encontraron que era VIH positivo. Sus años enganchado a la heroína y las agujas compartidas con desconocidos, lo hicieron víctima de la que entonces era una enfermedad mortal a corto plazo. Cuando cayó del noveno piso del hotel Regency de Puerto Rico, tras un fallido concierto y una pelea con Puchi, el mundo lo vio sobrevivir solo para seguir cayendo.

En 1991 un derrame cerebral le paralizó medio cuerpo y anuló por completo su capacidad para cantar. David Lugo, su percusionista, se convirtió entonces en un personaje sospechoso y sombrío, que exhibía su triste condición en entrevistas sin sentido. “Todos tenemos problemas/ que tienen su solución/ sin pensar que el de la muerte/ de eso se encarga el Señor”.

 — Como el campeón mundial, dio su vida por llegar —
El 2 de setiembre de 1990, la Fania All Stars se presentó en el Meadowlands Arena de Nueva Jersey, como parte del cartel de la 15 edición del Festival de Salsa organizado por Ralph Mercado. Esa fue la noche en que Lavoe cantó en silencio. Ya era un hombre titubeante y débil, víctima de su propio dolor y del abuso de quienes percibían su fragilidad. Atrás quedó quien se atrevió a maquillar femeninamente a Cheo Feliciano, en una broma épica que casi le cuesta una tunda, aunque años después Feliciano lo contara entre risas. Tampoco estaba ya en él el muchacho irresponsable que no viajó con la Fania a Cuba en el único vuelo disponible, pero que luego se apareció en el escenario en el mismo momento en el que empezaban a tocar en el teatro Carlos Marx de La Habana tras un misterioso periplo nunca revelado, en tiempos de bloqueo y escasos vuelos. Tampoco vivía ya la voz desafiante que le mandó decir a Pablo Escobar “que su madre va a salir a cantar” alguna noche perdida en la historia de la hacienda Nápoles, junto a Maelo y Vicentico Valdés. Se permitía un desafío que, en otras circunstancias, podría haber sido mortal, quizá porque de patrón a patrón la vida lucía diferente. Quizá también porque Lavoe era un poeta, pero no de versos, sino de asfalto lírico. “No me preguntes qué me pasa/ tal vez yo mismo no lo sé”.

La voz del barrio. Sergio Santana

Este miércoles 27 se presenta en la Alianza Francesa de Miraflores el libro Héctor Lavoe, la voz del barrio, de Sergio Santana. El viernes 29, la fiesta Descarga que celebrará a Lavoe marcará la rumba en jr. Cervantes 159, Jesús María.

Archivo

Murió su mamá cuando era pequeño, y el siguió adelante. Murieron su hermano mayor y su padre cuando él recién saboreaba el éxito. Murió asesinada su suegra querida, a la que él le cantaba esa línea de “¡Sacude doble fea!” en “Periódico de ayer”, solo por fastidiar con cariño. Murió su propio hijo en una situación inexplicable. Fue víctima de la vida, de la suerte, de su hígado, de sus adicciones, de su sangre, del ron. Y, a pesar de todo, siguió ahí, dejando de ser hombre para convertirse en un tótem de la música latinoamericana.

“Quizá él vino al mundo para gozar y sufrir. Hacía felices a muchas personas, aunque él mismo no lo fuera”, dijo en una entrevista su hermana, Priscilla Pérez. “Héctor nunca llegó a comprender el grado de afecto que le teníamos todos y la importancia que tenía, lo que representaba para tanta gente”, aseguró Rubén Blades. “En su forma jocosa de ser y cantar encerraba la esencia de lo que es el pueblo latino, de lo que sufre y goza y ríe o llora un pueblo”, cerró Cheo Feliciano.

25 años después de su muerte, el 29 de junio de 1993, habiendo sido —y siendo— admirado, respetado, cantado y bailado, utilizado sus canciones como agua bautismal de calle y mundo, de pronto, lo más trágico de Lavoe es que, a pesar de sus tragedias, la vida se aferraba a él… y nunca pudo darse cuenta.

“No hay tiempo para tristezas… ¡Vamos cantante, comienza!”.

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