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Parejas románticas, padres con hijos, equipos de fútbol posando en el patio, invitados a una fiesta en la huerta familiar, eventos cívicos. Y mujeres, regias, guapas, posando orgullosas en el estudio. Un testimonio invaluable de un Cusco que transita entre la tradición y la modernidad es lo que nos ofrece el fotógrafo Horacio Ochoa (1905-1978). Sin embargo, hasta hace muy poco, nadie podía ver sus retratos ni recordaba a su autor. Su memoria se nos revela desde que la Fototeca Andina del Centro Bartolomé de las Casas inicia la investigación en su archivo, adquirido por la institución en 1993.
Parejas románticas, padres con hijos, equipos de fútbol posando en el patio, invitados a una fiesta en la huerta familiar, eventos cívicos. Y mujeres, regias, guapas, posando orgullosas en el estudio. Un testimonio invaluable de un Cusco que transita entre la tradición y la modernidad es lo que nos ofrece el fotógrafo Horacio Ochoa (1905-1978). Sin embargo, hasta hace muy poco, nadie podía ver sus retratos ni recordaba a su autor. Su memoria se nos revela desde que la Fototeca Andina del Centro Bartolomé de las Casas inicia la investigación en su archivo, adquirido por la institución en 1993.
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A decir del escritor Luis Nieto Degregori, a diferencia de lo que ocurre con las fotografías que perduran en el tiempo, los datos sobre los fotógrafos se pierden con los años y son muy difíciles de recuperar. Esto sucedió con Ochoa, sobre quien se ha podido rescatar muy poca información. Nieto, conocido por sus novelas policiales, es el investigador ideal para seguirle la pista al fotógrafo, junto con el equipo interdisciplinario de la prestigiosa institución cusqueña. Para él, la razón de que nuestra memoria para con nuestros maestros fotógrafos sea tan endeble, se debe a la poca importancia que en su momento se asignó a su actividad: “Se veía a la fotografía no como un arte, sino como un oficio. Su función principal era, simplemente, perennizar momentos de la vida cotidiana a pedido de su clientela”, afirma.


Esta infravaloración condujo a que se perdieran archivos de gran calidad. Hay casos dramáticos, como los de José Gabriel González, cuyas placas fotográficas de vidrio terminaron reciclándose para usarse en las ventanas de las casas. Felizmente, archivos de negativos flexibles como los de Ochoa se conservaron gracias al cuidado de la familia. A fines de los años 80, la Fototeca Andina del Centro Bartolomé de las Casas empezó a contactar a los familiares de los fotógrafos para que cedieran en custodia estos archivos para su correcta conservación. Eso permitió que, en el caso de Ochoa, más de 8.000 negativos se conserven.

Tras la pista de Ochoa
Este desdén por el trabajo fotográfico explica también, según el investigador de CBC, la ausencia de artículos, reportajes o entrevistas periodísticas dedicados a este gremio. La principal fuente de información resultan ser los testimonios de sus hijos o nietos. En el caso específico de Ochoa, se logró recolectar además, con paciencia detectivesca, algunos recortes periodísticos.
Gracias a una semblanza publicada en el diario “El Sol” de Cusco en 1949, sabemos que Ochoa estudió en el colegio de La Merced y que, de niño, destacó en el dibujo y la música. Documentación posterior da cuenta de sus funciones como alcalde de San Sebastián, en 1942, en una época en que esos cargos se consideraban honoríficos. Otra añeja nota periodística informa que Ochoa expuso sus premiados retratos a una reina de belleza del Cusco en las vitrinas de un comercio en el Centro de Lima. Pero no se registra ninguna exposición local, como sí las tuvieron sus colegas Chambi o Figueroa Aznar, que se mantenían activos y que eran reclamados por los clientes de mayores ingresos.

El cuerpo central de la obra de Horacio Ochoa está representada por sus retratos, realizados en su estudio de la céntrica plaza Regocijo y luego en el del barrio de San Sebastián. Allí se especializa en el retoque directo del negativo, especialmente para los retratos femeninos, para los que era especialmente solicitado. Su clientela procedía de las nuevas clases medias cusqueñas y sectores populares urbanos, que afloran tras los procesos migratorios del campo a la ciudad, a partir de los años cuarenta. También se sabe de su amistad con el presidente Fernando Belaunde o su vínculo laboral con Uriel García, influyente intelectual indigenista, quien ilustró con imágenes de Ochoa sus artículos publicados en la prensa argentina.

Un digno discípulo
Ochoa forma parte de la segunda generación de la Escuela de la Fotografía Cusqueña. Para simplificar, Nieto la divide en dos grupos: el de los pioneros, que reúne los nombres más conocidos como Juan Manuel Figueroa Aznar y su socio José Gabriel González, los primeros en abrir un estudio fotográfico en la ciudad. A ellos se suman colegas como Miguel Chani, Pablo Veramendi y el mismo Martín Chambi. Una segunda promoción, menos conocida y estudiada, reúne a quienes fueron en muchos casos discípulos de los pioneros, como es el caso de César Meza, los hermanos Filiberto y Crisanto Cabrera y Horacio Ochoa, retratistas unos, documentalistas otros, cada uno con notables peculiaridades.

Y la peculiaridad de Ochoa en sus retratos, enfatiza Nieto, está en el retoque fotográfico. “Esta técnica resultará fundamental para el tipo de retrato que él realiza. En la investigación de la Fototeca Andina, queda claro que él trabaja sobre cada uno de sus negativos hasta alcanzar una muy buena calidad, atención que pone especialmente en sus retratos femeninos, seguramente por la exigencia de su clientela. Ochoa lo retocaba todo: la mirada, el peinado, acentuaba algunos rasgos del rostro. Sus retratos femeninos son numerosísimos en su archivo”, explica el escritor cusqueño. Asimismo, la iluminación cenital en estos retratos nos recuerda las técnicas del Hollywood de los treinta. “Los estudios de los fotógrafos cusqueños tenían siempre una claraboya. La particular luminosidad del cielo del Cusco les permitía trabajar mejor los claroscuros y las sombras en cada retrato”, afirma.

La memoria en positivo
Hace dos años, la fundación alemana Gerda Henkel financió la conservación del archivo Ochoa, así como su investigación, catalogación y digitalización necesaria para la publicación de un libro que, por primera vez, estudia y divulga la obra de un recuperado creador, testigo privilegiado de un Cusco en transformación. Nos habla de cómo, a mediados de siglo pasado, los cusqueños se veían a sí mismos. Tomando un concepto del crítico de arte Gustavo Buntinx, Nieto advierte en estas fotos un cierto “travestismo cultural”, en el que ya no solo los mistis o “señores” adoptaban para sus retratos la indumentaria de lo indígena, como se ve en imágenes de los maestros mayores. En efecto, el trabajo de Ochoa demuestra que también los sectores medios y populares mestizos gustaban de retratarse usando trajes indígenas. “Al parecer, hablamos de un gusto que atraviesa a toda la sociedad cusqueña. Ochoa recoge la identificación de los sectores urbanos de la ciudad con la población indígena. A nosotros, como espectadores, nos toca leer qué hay detrás de esto”, afirma.

A punto de entrar a imprenta, el libro “Horacio Ochoa: imágenes del Cusco y su gente (1935-1960)” se presentará pronto en San Sebastián, barrio del artista, junto con una exposición en la galería municipal de este distrito cusqueño. Asimismo, el libro será presentado en Lima. Pero no todas son buenas noticias: lamentablemente, una parte del archivo de Ochoa se ha perdido para siempre, al sufrir severos daños en el histórico terremoto de 1950. Por ello, lamenta Nieto, cualquier juicio sobre el trabajo de este fotógrafo resultará incompleto. Todo lo que pueda decirse de su mirada, deberá basarse en sus retratos. En la cómplice y segura intimidad del estudio.

“Imágenes del Cusco y su gente ( 1935-1960)”
Autor: Horacio Ochoa
Editorial: Centro Bartolomé de las Casas
Año: 2026
Páginas: 144
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.





