Jorge Paredes Laos

Los dos vinieron de lejos. Ella nació en Lima pero partió muy pequeña a Polonia, la tierra de su padre, desde donde regresó —veinteañera y casada— para redescubrir el Perú. Y él vino de Holanda, su país natal, con un violín bajo el brazo, a conocer este extraño territorio que solo intuía a través de las crónicas españolas que había leído con asombro en Madrid y Sevilla. Ella volvió a mitad de los años treinta y se hizo historiadora gracias a su tesón y formación autodidacta; él llegó a inicios de los cincuenta, convertido ya en antropólogo, para recorrer los Andes y descifrar los enigmas de la sociedad Inca. En 1964 fue convocado como profesor en la Universidad San Cristóbal de Huamanga y sus viajes a nuestro país se hicieron frecuentes. En distintos momentos ambos conocieron a Raúl Porras Barrenechea, y el maestro sanmarquino fue determinante en sus respectivas carreras académicas. 
    María Rostworowski (1915-2016) y Tom Zuidema (1927-2016) han muerto con una diferencia de cuatro días. Él, la noche del 2 de marzo en Illinois, donde era un profesor universitario jubilado; y ella, el día 6 en Lima, donde vivió casi toda su vida. No fueron grandes amigos pero se conocieron y frecuentaron. Si quisiéramos hallar una gran coincidencia entre ambos, esa sería su exhaustivo estudio de las crónicas: las lecturas multidisciplinarias de estos documentos antiguos que reprodujeron y refutaron en sus libros e investigaciones. 

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“Ambos pertenecieron a ese grupo de intelectuales que, junto con John Murra, John Rowe y Franklin Pease, consolidó a fines de los años sesenta e inicios de los setenta aquella corriente historiográfica que recibió el nombre de etnohistoria”, dice Carolina de Belaunde, investigadora del Instituto de Estudios Peruanos. Según su explicación, tanto Zuidema como Rostworowski nos ofrecieron “nuevas lecturas” de las crónicas, pues, en vez de repetir lo que estas decían, las sometieron a otras disciplinas y a intensos trabajos de campo. Así descubrieron que algunas de ellas habían sido escritas solo para justificar la Colonia y otras trasladaban esquemas europeos a la realidad andina. 
    Por ejemplo, Rostworowski, entre sus innumerables aportes, desmitificó las sucesiones políticas en el Tahuantinsuyo que los cronistas creían eran similares a las europeas y recaían en el hijo mayor de un soberano. Ella descubrió que, por el contrario, en muchos casos prevalecía el correinado, y que el mando podía entregarse tanto al hijo más hábil, sin importar si era mayor o menor; o a un hermano; o al “hijo de la hermana”, una figura que podría designar a un vástago del gobernante con una mujer no inca. Por su parte, Zuidema propuso toda una teoría de dominio del espacio andino a partir de sus lecturas de las crónicas, pero sobre todo como producto de sus largas caminatas por el Cusco. “Identificó un sistema de 41 ceques (líneas) con los que los incas organizaron el territorio, la vida social, agrícola, religiosa, y su calendario”, explica la escritora, antropóloga y editora Karina Pacheco. Ella lo conoció en sus últimos años y descubrió el gran amor que sentía por el Cusco. Lo recuerda sentado en la sala de su casa, mirando con fascinación el Wanakauri, la mítica montaña cusqueña. Pacheco se encargó de traducir y preparar la reedición en español de "La civilización Inca en el Cusco", uno de los trabajos clásicos de Zuidema, quien estaba entusiasmado con el libro y pensaba venir al Perú para su presentación en mayo próximo. Sin embargo, el tiempo no le alcanzó para más.   

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Uno de los grandes amigos que tuvo Tom Zuidema en el Perú fue el antropólogo Juan Ossio. Cada vez que venía se alojaba en su casa y conversaban largamente no solo sobre antropología e historia, sino también sobre música y arte. Zuidema tocaba el violín desde niño —siempre contaba que este instrumento lo salvó de la soledad y la barbarie durante la Segunda Guerra Mundial, cuando pasó sus días encerrado en un refugio— y en el Perú se hizo amigo de varios músicos cusqueños, con quienes solía tocar en un cuarteto. 
    “Por supuesto, se conocieron y participaron en muchos eventos juntos”, dice 
Ossio, cuando le preguntamos por la relación entre Zuidema y Rostworowski. “Él la visitaba en su casa y conversaban muchísimo y discutían muchísimo también en un intercambio de ideas cordial y amistoso. Aunque en los últimos años ya no la vio porque ella ya no recibía visitas”, afirma. 
    Gracias a los estudios de Tom Zuidema, Rostworowski descubrió la importancia del dualismo en la sociedad andina y desarrolló el concepto de diarquía. En su libro "Historia del Tahuantinsuyu", Rostworowski escribe: “insistimos en la dualidad en el ejercicio del poder porque muchos estudiosos encasillados en una visión estereotipada del mundo indígena temen romper esquemas establecidos y no desean aceptar nuevos enfoques basados en numerosa información documental […]. En el Tahuantinsuyu cada curacazgo se dividía en dos mitades que correspondían a la visión indígena del hanan y hurin (anan o lurin), o de ichoq y allauca (izquierda – derecha). Cada una de esas mitades era gobernada por un curaca” [p. 186]. Sin embargo, tuvieron también grandes diferencias. Juan Ossio lo explica así: “María creía en la historicidad de los monarcas incas; en cambio Tom pensaba que estos no eran más que figuras totémicas de grupos sociales simultáneos. Él no los veía como personas, sino como emblemas y panacas. Esa era la gran diferencia que tenía con ella”. 

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En los últimos años Rostworowski vivió refugiada en su casa. Salía poco. Zuidema, por el contrario, se mantuvo activo hasta el final. Vino al Perú en el 2015 y, como ya se dijo, se alistaba a volver este año. Pero, en el fondo, su vida también se había vuelto solitaria. “Yo me propuse traerlo a Lima cada año —cuenta Ossio— porque desde que falleció su esposa, hace cinco años, su vida había cambiado drásticamente. Había vendido su casa, se había desprendido de sus libros (que donó al Centro Bartolomé de las Casas del Cusco) y vivía en un edificio con otras personas mayores, donde recibía cuidados y atención médica. Nos comunicábamos siempre y notaba que sentía una gran nostalgia”. 
    Hoy solo nos quedan sus libros y sus enseñanzas. Como dice Ossio, ellos abrieron caminos insospechados, suscitaron nuevas preguntas y derroteros respecto a la sociedad andina, que percibían como una cultura viva en el tiempo. Sus obras, más que teorías cerradas, son como dos grandes vías por donde las nuevas generaciones podrán seguir investigando y mirando nuestro pasado. En esa continuidad se encuentra su mayor legado.