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Mujer maravilla: La lucha contra los políticamente correctos

Su nombramiento como embajadora de la ONU generó protestas masivas. ¿Qué hay detrás de la popular heroína?

Cuando la ONU eligió a Red, el pájaro malcarado de Angry Birds como embajador para promover el Día Internacional de la Felicidad en marzo pasado, nadie planeó una protesta para removerlo de su cargo. Pero cuando el secretario general saliente, Ban Ki-moon, organizó una ceremonia para nombrar a la Mujer Maravilla como embajadora honoraria para el empoderamiento de niñas y mujeres, una docena de funcionarias de la organización llevaron pancartas en las que se leía: “Las mujeres reales merecen embajadoras reales” y “No soy una mascota”. Otros mil burócratas se sumaron a la protesta. Días después, 44 mil internautas se habían unido al movimiento. Protesta que, como todo descontento del siglo XXI, se materializó en una petición online en el portal change.org. Un par de clics había derrotado a la amazona del avión invisible y el lazo de la verdad.

Fue así que la superheroína más famosa —en el universo de DC Comics solo la superan Batman y Superman— terminó su labor antes de comenzarla siquiera: hace una semana, un discreto comunicado del organismo internacional anunciaba que la campaña con la Mujer Maravilla había llegado a su fin. Si uno visita el link donde se alojaban la información y los materiales, se topa con un mensaje de error. El boicot —acorde a esta era de combate a los estereotipos de género— pasó por alto algunos capítulos de la historia de Wonder Woman y se concentró sobre todo en su apariencia. ¡Por Hera!

“Aunque los creadores originales hayan querido que la Mujer Maravilla representase a una ‘guerrera’ fuerte e independiente con un mensaje feminista —aclaran en su web los inconformes antes de apresurarse a enumerar sus objeciones— lo cierto es que la actual versión del personaje es una mujer blanca de amplios pechos e imposibles proporciones, ligeramente vestida con un traje brillante que deja los muslos al descubierto, adornada con una bandera estadounidense y botas a la rodilla, el epítome de la chica pin up”.

Su pecado a primera vista pareciera ser el de todas las mujeres de carnes generosas que llevan la falda muy corta: llaman la atención por las razones incorrectas. ¿De verdad queremos que las niñas se identifiquen con ese personaje? ¿Quedan en el mundo mujeres que puedan sentirse empoderadas gracias a un dibujito gringo e hipersexualizado que se la pasa invocando a Minerva, Safo y Atena para derrotar a los enemigos del mundo libre?

Aunque en 1942 uno de los primeros bocetos del personaje se inspiró en una de las voluptuosas chicas Vargas, los creadores solo se quedaron con el minishort y la envidiable cabellera: una pin up, después de todo, es un juguete erótico para mirar, no una guerrera sobrehumana capaz de manejar una espada, repeler el ataque de un supervillano o pilotar ella sola un avión. Esta última era una habilidad asombrosa considerando que en la Segunda Guerra Mundial lo patriota era ser secretaria o enfermera. Bien vale la pena echar una mirada a lo que hay detrás del personaje antes de decirle que no gracias, que aquí no hacen falta mujeres blancas y medio desvestidas que nos rescaten de la opresión machista.

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La historiadora Jill Lepore, en su fascinante investigación “The Secret History of Wonder Woman” (Vintage Books, 2014), reconstruye los orígenes del personaje a través de la biografía de su creador, William Moulton Marston, un abogado y psicólogo egresado de Harvard que también inventó el primer detector de mentiras, un antepasado del polígrafo. De ahí que el arma de la Mujer Maravilla sea una cuerda mágica que ayuda a que los villanos digan siempre la verdad.

“¿Quién quiere ser una chica?”, se preguntaba Marston en un artículo sobre el atractivo de las historietas, un género dicho sea de paso satanizado en aquella época: “ni siquiera las niñas quieren ser niñas, en tanto nuestro arquetipo femenino adolece de fuerza, vigor y poder”. Para contrarrestar esos cómics hipermasculinos, según el abogado convertido en psicólogo convertido en guionista, hacía falta una heroína. Y no era solo una frase de marketing: ya en 1937, Marston había convocado una rueda de prensa para anunciar que en el futuro las mujeres gobernarían el mundo. Con lo que Lepore describe como una mezcla de retórica sufragista, psicología y propaganda agresiva, el psicólogo convenció a DC Comics de probar por seis meses a esta “héroe mujer” que acaba de cumplir 75 años y por primera vez llegará al cine en 2017. Una larguísima espera incluso para un personaje de ficción.

Marston, además, apoyaba el sufragio femenino, el control de la natalidad y el poliamor: durante décadas él y su esposa convivieron con la amante de él y los hijos de ambas en un arreglo tan adelantado para la época que lo mantuvieron en secreto. Lepore examinó diarios y cartas y encontró que, cuando Marston se enamoró de una de sus estudiantes, él y su esposa —que no quería dejar su trabajo como editora para convertirse en ama de casa— llegaron a un acuerdo: invitaron a la joven a vivir con ellos a cambio de que se encargue de la crianza de los hijos. Incluso después de la muerte de Marston, ambas mujeres siguieron juntas, como una familia. Pero la vida privada de su creador y su supuesta afinidad por el bondage (Lepore no encuentra evidencia suficiente de ello) no sirven para enjuiciar al personaje.

Si vamos a acusar a la Mujer Maravilla de servir a los fines del imperialismo norteamericano, recordemos que, en junio de 1943 (vol. 18), la Mujer Maravilla visitó el Perú y descubrió ‘la ciudadela de oro’: “¡Ya es hora de que esos incas perdidos sean gobernados por una mujer!”, le dice a la hija del jefe de turno.

Si vamos a acusarla de insolente por su vestuario, vale considerar que, en el imperio del acoso callejero, una mujer capaz de defenderse mientras lleva minishorts y botas de taco alto suena bastante poderosa.

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De hecho, dentro de las tareas que la ONU le encomendó a la heroína de ficción, estaba “compartir ejemplos de mujeres y niñas reales que todos los días hagan una diferencia”. Una tarea que, pocos saben, la Mujer Maravilla desempeñó por cuenta propia —y sin mandato de las Naciones Unidas— durante años: los primeros 57 números del cómic incluían un encarte titulado “Mujeres Maravilla de la Historia” y eran folletines con la biografía ilustrada de mujeres tan dispares como Florence Nightingale, Amelia Earhart o Sacajawea, una indígena norteamericana que sirvió de intérprete para los primeros exploradores del continente. En la serie se publicaron las historias de cantantes de ópera, científicas, periodistas, y con frecuencia se trataba de pioneras.

Si hay un problema con las pioneras, esas mujeres que vencen todos los obstáculos y alcanzan sitios que antes solo ocupaban hombres, es que a menudo se convierten en las únicas. Es decir, el logro de ser “la primera” no sirve para que sus congéneres sigan el ejemplo. En su podcast “Revisionist History”, Malcolm Gladwell analiza el fenómeno del token: ese individuo outsider “cuyo éxito no sirve para aliviar la discriminación, sino para perpetuarla”. Y argumenta que, con cierta frecuencia, las puertas se abren para el representante de una minoría y se cierran de inmediato. De manera perversa, ese token —esa superheroína solitaria en un universo masculino— les da permiso a los protagonistas de siempre a seguir discriminando, oprimiendo, marginando.

De hecho, cuando a la Mujer Maravilla la aceptaron en la Liga de la Justicia en 1944, le encomendaron tomar dictado a sus colegas: en esos cómics especiales, rodeada de hombres superpoderosos, la heroína se convierte en secretaria. Bajo esta óptica, poner el reflector en la Mujer Maravilla, darle el título de embajadora, significaría distraerse de otras batallas más urgentes y relevantes. Sin ir demasiado lejos, la elección de una secretaria general para liderar la ONU aún sigue siendo una tarea pendiente.

“La lucha por los derechos de las mujeres no ha sucedido en olas. La Mujer Maravilla era un producto de los movimientos sufragista, feminista y por los derechos reproductivos de 1900 y 1910 y se convirtió en una fuente de los movimientos de liberación femenina y feminismo de los sesenta y setenta. La lucha por los derechos de las mujeres ha sido un río”, concluye Lepore en su libro de no ficción cuya lectura resulta mucho más emocionante que cualquier película de superhéroes.

El problema de borrar u olvidar el pasado, en este caso el de la Mujer Maravilla, es que con ella y su propaganda y su piel blanca y su bandera estadounidense perdemos también la posibilidad de progreso. No hay cambio social sin memoria y no está de más reconocer que hace 75 años las niñas de cierta parte del mundo podían ilusionarse leyendo historietas en las que la protagonista es una agente de inteligencia que no sueña con casarse y cuenta con sus amigas (de la sororidad Beeta Lambda) para ayudarla cuando se mete en problemas. Cuando a un personaje de fantasía se le juzga con estándares de la vida real perdemos la capacidad de la ilusión.

Un mundo equitativo, justo y de mujeres empoderadas pero incapaz de soñar e imaginar no resulta tan maravilloso.


La película

En junio del 2017 se estrenará Wonder Woman, la cuarta entrega del universo DC, protagonizada por la estrella israelí Gal Gadot. Patty Jenkins es la directora de esta producción de Warner Bros., y es la primera vez que una mujer dirige un filme de superhéroes con una protagonista femenina. 

Presidenta

Para el número de lanzamiento de la revista Ms., fundada por Gloria Steinem en julio de 1972, los editores eligieron revivir a la heroína: “La Mujer Maravilla para presidente”, rezaba el titular principal. 

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