Toda memoria tiene un valor reivindicativo y otro, quizá, instructivo. La construcción de la narrativa propia se suele erigir sobre dos ideas: dar sentido a lo que uno ha hecho y obtener de ello una enseñanza, un significado. Las autobiografías de las estrellas de rock, sin embargo, carecen de ese espíritu pedagógico, lo que es de saludar. El rock no es un espacio de buenas costumbres y, además, la conciencia de la propia creación —y la distancia crítica para apreciarlo— es un bien escaso. Pero hay excepciones. Keith Richards y Patti Smith son dos ejemplos en los que, al convertir el testimonio en libro, el repaso de lo bailado no se convierte en moraleja, sino en una mezcla de confesión y complicidad de alto nivel literario. Y si bien se le atribuye a Frank Zappa una lapidaria célebre (“No se puede escribir de música de la misma forma en la que no se puede bailar sobre arquitectura”), Bruce Springsteen parece tener un caso a favor: sí se puede rockear con palabras.

El reconocido cantante, músico y compositor norteamericano Bruce Springsteen publica

"Born to Run" es la prueba. En estas memorias, Springsteen ha conseguido hilvanar el largo arco que va desde sus episodios formativos en New Jersey (a los fans peruanos les encantará saber que estudió en el colegio Santa Rosa de Lima, aunque para él la escuela es de ingrata recordación) hasta lo que es ahora, una estrella global que debe educar a sus hijos, no sin humor, en las consecuencias de la sobreatención mediática y la idolatría mundial (“Soy una suerte de Barney para los adultos”, es la explicación que da a uno de sus hijos a propósito de los autógrafos que debe firmar en la calle).

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El curso es intenso y repasa con detalle los ingredientes que lo han convertido en el gran cantor de las sombras proletarias del American Dream: un padre acabado por la frustración de las promesas incumplidas y la severidad de los trabajos alimenticios; una madre capaz de mantener un profundo sentido de la dignidad y que, por bandera, reivindica un sentido italiano de la familia; las calles y callejones de Asbury Park se muestran como los centros de educación y formación que funcionan, a su vez, como recordatorios cotidianos de la mediocridad y la rutina; el amor es un bien esquivo y la guitarra un refugio; Elvis Presley, Roy Orbison, Phil Spector, Bob Dylan y Van Morrison aparecen como faros que iluminan y señalan posibles caminos a recorrer; y el tiempo, a veces cruel, otras permisivo, abre y cierra ventanas que, siempre, les corresponden a los demás. De esta forma Estados Unidos empieza a desplegar el carácter simbólico de sus paisajes, así como el deseo individual de quebrar esa inercia y escapar a como dé lugar. Los autos y las carreteras se convierten así en fetiches y obsesiones (el Jefe dice en algún punto que le gustan demasiado los Cadillacs rosados como para convertirse en el nuevo Woody Guthrie), algo peculiar para quien, según relata en estas páginas, no aprendió a manejar hasta bien entrada la veintena porque su padre no tenía paciencia para enseñarle a conducir.

En la pista de al lado, el aprendizaje musical llega con alto voltaje pero con su carga de claroscuros. De ser un músico contratado, aprende la necesidad de que las bandas se benefician de las estructuras verticales (“La democracia en un grupo, con muy pocas excepciones, suele convertirse en una bomba de relojería”). De los contratos leoninos (Mike Appel), comprende que es necesario contar con un buen productor que a la vez conozca a un buen abogado (Jon Landau fue, en sus palabras, “el último en una larga lista de fans, amigos y tipos raros con los que trataba de reemplazar a la figura paterna”). Las sesiones de grabación en el mundo analógico parecen, desde la ventaja del futuro digital, una sacrificada dinámica de insistencia y repentismo. La búsqueda del sonido correcto siempre está al filo de caer en el “caos sónico” y es difícil convertir el vértigo de esa búsqueda en arte, o al menos en tensión armónica.


Springsteen en los primeros años de su carrera, con lo integrantes de E Street.

Springsteen en los primeros años de su carrera, con lo integrantes de E Street.(Foto:

El periplo que aquí se narra rebosa en historias y en la mayoría de ellas los protagonistas tienen nombre y apellido y son tratados con una mezcla de pasión, contexto y consideración personal; en unas pocas, incluso con pudor: Bruce Springsteen ha preferido mantener el anonimato de las chicas a las que aprendió a amar y olvidar (“Rosalita”, “Wendy”, “Sandy” y “Mary”, las protagonistas de sus hits, viven en estas historias pero sin ímpetu chismográfico). Sin embargo, entre los intentos de donjuanismo y los rigores del glamour mundial, Springsteen dedica párrafos sentidos a sus dos relaciones principales: su primera esposa, la actriz Julianne Phillips, de quien llegó a creer que lo había seducido con el único propósito de avanzar en su carrera actoral, así de afectado estaba por su estrellato; y su pareja actual, Patti Scialfa, cónyuge y compañera en la E Street Band, a quien adjudica, además, la evolución musical de la banda y una sofisticación que les permitiría romper con lo que él mismo denomina la “natural misoginia de las bandas de rock de los ochenta”. La contracara de esta fuerza erótica y creativa, acaso solapada detrás de las máscaras y los fastos, es la depresión y el desconcierto que produce lidiar con dos formas de ansiedad: el control y éxito. La psiquiatría, en esta historia de conquista y sobrevivencia, tiene un merecido rol.

 

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Sin embargo, no priman en estos recuerdos el psicologismo, sino los hechos más o menos desnudos. La voz que habla en estas memorias, como puede presuponer todo aquel familiarizado con el autor de The River, es espontánea y narrativa, muy casual y con una clara vocación por el storytelling, lo que le permite combinar de manera entretenida el anecdotismo con las ideas. “Los discos son con frecuencia test de Rorschach”, dice a propósito de la mítica malinterpretación de “Born in the USA” por Ronald Reagan: “Oímos lo que queremos oír”. Pero a la vez, la inmersión cultural que propone es honda y será la delicia de todo aquel que desee explorar el tejido literario, musical y cinematográfico del que se nutre, pues su imaginario está lejos de estar monopolizado por las postales de la América obrera. Sin salir de “Born in the USA”, resulta sorprendente constatar que el origen del tema es el guion de Paul Schrader que luego se convertiría en la película “Light of day” (o “Rockstart”, como fue conocida en estos lares: un nuevo mundo se abre en el cruce de referencias) y que Springsteen, por alguna razón, tenía el manuscrito, cierta noche, en su mesa de trabajo.


Bruce Springsteen con su hermana Virginia en la década del cincuenta.

Bruce Springsteen con su hermana Virginia en la década del cincuenta. (Foto:

En ese afán por contar y cantar, “Born to run” parafrasea el propio repertorio del autor, revisa el viejo equilibrio entre carga política y melodía pop, y sin tomar apenas ventaja imprime el ritmo que es posible apreciar tanto en sus obras maestras como en sus legendarios conciertos, que aún hoy, con 66 años encima, se extienden sin problemas por más de cuatro horas. Cuesta no asociar esa ambición con las más de 560 páginas que ha escrito a lo largo de siete años sin asistencia de periodistas ni escritores fantasma. Pero, a la vez, es totalmente consistente con su propuesta, la del sujeto que todo lo ha ganado y todo lo puede pero que, ya en la fama y de regreso de ella, es capaz de emocionarse como un niño cuando Mick Jagger lo llama para que haga la segunda guitarra de “Tumbling Dice” en un concierto en Newark. “¡Estos son los chicos que INVENTARON mi trabajo!”, concede.

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“Born to run” es un documento que revela el deseo de un hombre decidido a reflexionar sobre su leyenda. Como aproximación musical, brinda con detalle el proceso de producción y elaboración de cada uno de sus discos en lo que puede ser tanto una exposición de motivos como un intento por develar cuál es la técnica y cuál la motivación detrás de la magia (sin que esta se revele, pues el mago o no explica sus trucos o no conoce sus mecanismos internos). También, es una suerte de manifiesto acerca de la ética laboral del artista, ya sea en términos de producción de placas o de giras, un profesionalismo que, desde las letras peruanas, recuerda los horarios y la dedicación organizada con la que Vargas Llosa acomete sus proyectos. Y por último, es una invitación a sumergirse  en una de las aventuras musicales más satisfactorias que ha regalado el rock.

 

Discografía mínima

“Born to run” (1975).El tercer disco, el éxito que le significó pasar de ser el líder de un grupo de clubes en New Jersey a ser portada de Time y Newsweek. Razones no faltan: lo que en “Greetings from Asbury Park”, NJ había sido timidez y en “The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle”  cierta experimentación entre el jazz y el R&B, aquí se convierte en rock puro con vocación de himno. Dentro de los singles memorables están la canción epónima, la mítica “Thunder Road” y “Jungleland”.

“Born to run” (1975). El tercer disco, el éxito que le significó pasar de ser el líder de un grupo de clubes en New Jersey a ser portada de Time y Newsweek. Razones no faltan: lo que en “Greetings from Asbury Park”, NJ había sido timidez y en “The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle”  cierta experimentación entre el jazz y el R&B, aquí se convierte en rock puro con vocación de himno. Dentro de los singles memorables están la canción epónima, la mítica “Thunder Road” y “Jungleland”.
 

 

“Darkness on the edge of town” (1978). El día laboral es una promesa amarga para la clase trabajadora (“Factory”), pero sus noches se iluminan (“Something in the Night”, “Prove it All Night”). Lo que en

“Darkness on the edge of town” (1978). El día laboral es una promesa amarga para la clase trabajadora (“Factory”), pero sus noches se iluminan (“Something in the Night”, “Prove it All Night”). Lo que en "Born to run"era exaltación y entusiasmo aquí es sosiego y contención, que se expresa en un sonido menos expansivo y riffs más refrenados. Una obra maestra que revelaría su plenitud en “The Promise”, una versión ampliada que incluye tracks inexplicablemente ausentes, como “Fire” y “Because the Night”.

 

“The river” (1980). El pulso narrativo en su expresión máxima, con ambición y desarrollo. Las historias emergen con naturalidad (“I got a job working construction, for the Johnstown Company”), pero la melancolía y la nostalgia de los sueños deshechos se contrastan con la exaltación del amor en clave pop (“Hungry Heart”, “Sherry Darling”, “Two Hearts”). Un disco de madurez con Springsteen y la E Street Band exultante.

“The river” (1980). El pulso narrativo en su expresión máxima, con ambición y desarrollo. Las historias emergen con naturalidad (“I got a job working construction, for the Johnstown Company”), pero la melancolía y la nostalgia de los sueños deshechos se contrastan con la exaltación del amor en clave pop (“Hungry Heart”, “Sherry Darling”, “Two Hearts”). Un disco de madurez con Springsteen y la E Street Band exultante.

 

“Nebraska” (1982). Otro giro a la oscuridad después del cénit: Springsteen prescinde de la E Street Band y publica lo que, originalmente, eran demos grabados en cuatro pistas. El resultado es extremo, casi una renuncia al estéreo: guitarras, melodías mínimas, cierto minimalismo en tono B que lo reconcilia con su base folk. A pesar del desafío, dos canciones se volverían usuales en su reportorio: “Atlantic City” y “Johnny 99”.

“Nebraska” (1982). Otro giro a la oscuridad después del cénit: Springsteen prescinde de la E Street Band y publica lo que, originalmente, eran demos grabados en cuatro pistas. El resultado es extremo, casi una renuncia al estéreo: guitarras, melodías mínimas, cierto minimalismo en tono B que lo reconcilia con su base folk. A pesar del desafío, dos canciones se volverían usuales en su reportorio: “Atlantic City” y “Johnny 99”.

 

“Born in the USA” (1984). Greg Kot, el crítico de The chicago tribune, lo llamó “un álbum de 11 millones de discos vendidos con conciencia”. La frase es perfecta porque resume el poder comercial de un LP capaz de colocar siete de sus diez canciones en los charts (“Dancing in the Dark”, “Glory Days”, “I’m going Down”) sin menoscabo de su discurso político (la canción que da título al disco es una crítica al trato recibido por los veteranos de Vietnam) y su logro artístico (baste constatar la sublime belleza de “My Hometown”). Otro pico en una carrera en la que no faltan cumbres.

“Born in the USA” (1984). Greg Kot, el crítico de The chicago tribune, lo llamó “un álbum de 11 millones de discos vendidos con conciencia”. La frase es perfecta porque resume el poder comercial de un LP capaz de colocar siete de sus diez canciones en los charts (“Dancing in the Dark”, “Glory Days”, “I’m going Down”) sin menoscabo de su discurso político (la canción que da título al disco es una crítica al trato recibido por los veteranos de Vietnam) y su logro artístico (baste constatar la sublime belleza de “My Hometown”). Otro pico en una carrera en la que no faltan cumbres.

 

“Wrecking ball” (2012). Es por lejos su entrega más política, una reacción clara a la crisis financiera de EE.UU. del 2008 (de la misma forma en la que “The rising” fue su contestación al 11/09). Hay ira, incomprensión y el retorno a un rock sólido, áspero, sin concesiones, que explota en temas como “We Take Care of Our Own” (ampliamente utilizada por Barack Obama en sus campañas electorales) y “Death to My Hometown”. El regreso del Jefe.

“Wrecking ball” (2012). Es por lejos su entrega más política, una reacción clara a la crisis financiera de EE.UU. del 2008 (de la misma forma en la que “The rising” fue su contestación al 11/09). Hay ira, incomprensión y el retorno a un rock sólido, áspero, sin concesiones, que explota en temas como “We Take Care of Our Own” (ampliamente utilizada por Barack Obama en sus campañas electorales) y “Death to My Hometown”. El regreso del Jefe.

 

Prefacio de “Born to run”, por Bruce Springsteen

Esta semana llega a las librerías

Editorial: Literatura Random House
Páginas: 584
Precio: S/ 79,00 

Procedo de una población costera donde casi todo tiene un tinte algo fraudulento. Como yo mismo. A los veinte años no era un rebelde conductor de coches de carreras, sino un guitarrista que tocaba en las calles de Asbury Park y ya un miembro destacado de aquellos que “mienten” al servicio de la verdad… artistas, con “a” minúscula. Pero tenía cuatro ases en la manga. Era joven, acumulaba casi una década de experiencia en bandas de tugurios, había un buen grupo de músicos locales en sintonía con mi estilo interpretativo y tenía una historia que contar.

Este libro es a la vez la continuación de esa historia y la búsqueda de sus orígenes. He tomado como parámetros los hechos de mi vida que creo que dieron forma a la historia y a mi trabajo como intérprete. Una de las preguntas que me hacen una y otra vez los fans por la calle es “¿Cómo lo haces?” En las páginas siguientes intentaré aclarar el “cómo” y, más importante, el “por qué”.

 —Kit de supervivencia rock and roll—
ADN, capacidad innata, estudio del oficio, desarrollo y devoción por una filosofía estética, un puro deseo de… ¿fama?… ¿amor?… ¿admiración?…¿atención?… ¿mujeres?… ¿sexo?… y oh, sí… dinero. Luego… si quieres llegar hasta el final mismo de la noche, un furioso fuego en las entrañas que simplemente… no… deja… de… abrasarte.

Estos son algunos de los elementos que resultan de utilidad si te enfrentas a ochenta mil fans del rock and roll que aúllan y te esperan para que les hagas tu truco de magia. Esperan que saques algo del sombrero, del mismo aire, algo que no es de este mundo [...]

Estoy aquí para dar una prueba de vida a ese “nosotros” siempre elusivo, nunca totalmente creíble. Ese es mi truco de magia. Y, como todo buen truco de magia, empieza con una presentación. Así que…

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