El sueño de la serpiente del pintor asháninka Enrique Casanto. Pablo Macera publicó junto a Casanto en varias oportunidades. Destacan libros como "La cocina mágica asháninka" y "El poder libre asháninka". (Foto: Archivo / Pao Flores)
El sueño de la serpiente del pintor asháninka Enrique Casanto. Pablo Macera publicó junto a Casanto en varias oportunidades. Destacan libros como "La cocina mágica asháninka" y "El poder libre asháninka". (Foto: Archivo / Pao Flores)
Pablo Macera

Los pueblos amazónicos deben estar cansados de ser descubiertos a cada rato. Vienen siéndolo por lo menos desde el siglo XVI en adelante, si bien más que descubrimientos eran encubrimientos. Lo cierto es que ahora el petróleo y las hidroeléctricas los vuelven a colocar en el escenario nacional. El arte que producen es una forma de notificarnos sus urgencias. Esta vez hablaremos solo de los artistas rurales, para quienes el arte es una forma de religión a la cual algunos temerosamente llaman brujerías. Aquí presentamos obras y nombres de shipibos, asháninkas, aguarunas, boras, nomachiguengas, huitotos, aymenis...

Pablo Macera en su oficina del Seminario de Historia Rural Andina. El Dominical lo visitó en el 2011. (Foto: Archivo / Pao Flores)
Pablo Macera en su oficina del Seminario de Historia Rural Andina. El Dominical lo visitó en el 2011. (Foto: Archivo / Pao Flores)

Enrique Casanto es un combatiente cultural asháninka que, a puro destajo de colores, defiende su cultura. Ha publicado ya varios libros sobre la gesta de Juan Santos Atahualpa y acerca de los guerreros mágicos, brujos y dioses de su pueblo. En el mismo camino, a veces más sombrío, está su hijo Wilberto Casanto. Muy cerca de ellos, encontramos a Casancho, lleno de luz y perplejidad que revela las más ocultas creencias de su pueblo nomachiguenga. Quedan al último los hermanos Jairo y Víctor Churay. Víctor, la víctima alegre de Lima, fue asesinado aquí solo por eso, por ser más alegre que otros. Pero, en el corto tiempo que trabajó entre nosotros, fabricó un mundo espléndido. Al igual que Jairo, ambos han pintado no solo a los dioses sino también a los combatientes cotidianos cuando su pueblo tenía que enfrentar a los caucheros. Jairo sigue pintando como su hermano, sobre llanchama, la corteza de un árbol vermífugo. Hace días que quiere venir a Lima para hacer ver sus obras y no lo consigue. Falta dinero para que venga.

Pintura de Domingo Casancho. Noroni, el jaguar del cielo. (Foto: Archivo / Pao Flores)
Pintura de Domingo Casancho. Noroni, el jaguar del cielo. (Foto: Archivo / Pao Flores)

Un vecino suyo, Rember Yahuarcani, nos corrige: "No somos huitoto". Eso significa "hormiga peleona de combate", un nombre impuesto por los patrones. Yahuarcani reivindica el nombre 'aymeni', que significa "hombres de la chorrera". No es fácil para él como tampoco a los churay conseguir los colores: para el rojo buscan el achiote, para el verde la hoja de retama, el amarillo con el guisador. Y añaden el secreto confidencial de generaciones: por ejemplo, la retama solo tiñe de verde cuando se remoja en agua para exprimirla. Para el azul, hay que utilizar cáscara fresca de huitillo sin enterrar. Con cierto desafío al ver las pinturas masculinas de asháninkas, aguarunas, nomachiguenga, la señora Lastenia Canayo con sabiduría shipiba nos dijo: "Nosotras las mujeres también pintamos". Y, vaya, sí lo hacía. Ha publicado un libro entero sobre los 'dueños' que cuidan a las plantas y a los animales, y que sirven de intermediarios con nosotros los hombres. No le ha bastado. También, borda, sobre almohadones, a estos seres mágicos protectores.

*“Las maravillas del bosque”. Publicado en El Dominical el 20 de noviembre de 2011

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