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Peter de Cupere: el artista que crea con olores [ENTREVISTA]

Sin exagerar, las obras de Peter de Cupere desafían 20 siglos de tradición artística occidental. ¿De qué se trata?

Peter de Cupere no es una ‘nariz’ (un catador de la industria perfumera), ni tampoco un científico. Sin embargo, su especialización en las artes plásticas lo ha llevado a mezclar la sensibilidad del perfumista y las técnicas del químico para crear obras de arte insólitas. 

No son objetos en sí, sino experiencias, a veces creadas a través de artefactos como el “olfactino”, una mezcla de piano y aromatizador; o a través de paisajes y recorridos odoríficos como el “Laberinto olfativo” (2002), construido en el jardín de un castillo y donde el espectador debía confiar en su propio olfato para salir del laberinto. Para sus múltiples proyectos, De Cupere trabaja con la multinacional International Flavors and Fragrance (IFF), que tiene más de 120 años de experiencia y cerca de 28.000 productos relacionados con el olor, el sabor o el tacto en el mercado. Por ejemplo, para el olor de vaginas en su instalación “Madonna” (2014) —que buscaba la reivindicación metafísica de la mujer a través de los olores de su cuerpo como fuente de vida—, este debió obtenerse de 50 mujeres físicamente sanas. O para el conjunto de instalaciones de “Olor a guerra” (2015) en Poperinge, Bélgica —en conmemoración del primer ataque con gas letal durante la Primera Guerra Mundial—, trabajó con pólvora, gas, sangre, sudor, y con sustancias más misteriosas como el olor a miedo y a cadáveres en descomposición. Nos cuenta De Cupere que “los espectadores decían que percibían un olor desagradable, pero ignoraban que habían olido la muerte”. 

—Orígenes y la estructura ausente—
De Cupere nació en 1970 en Lovaina, Bélgica. Es el segundo de tres hermanos: una hermana mayor, pianista de repertorio clásico; y un hermano menor, bailarín. 

¿Cuáles son tus primeros recuerdos ligados al arte? 
Las fresas troceadas que ponía encima de mi tambor: las golpeaba hasta que rezumaban y ese olor me ponía alegre. Hasta hoy el olor a fresas frescas me pone feliz.

¿Y cómo descubriste el arte olfativo?
Cuando estudiaba Bellas Artes experimenté con la descomposición de la comida. Me pareció sorprendente cómo cambiaba la presencia de la obra con la descomposición de los elementos. 

¿Qué es lo más característico del arte basado en olores?
La reacción tan compleja que provocan. Los olores te sitúan en un umbral, frente a algo que deseas pero no puedes tener, o que no soportas y lo tienes cerca. En cuanto a la experiencia en sí, esa imposibilidad de desocultarlo del todo, de desentrañar lo que sucede adentro de uno, de lo que sucede afuera, es tal vez lo más característico. Además, los insumos de las artes tradicionales son visibles, mientras que los del arte olfativo son invisibles o responden a una estructura ausente; salvo por sus soportes o receptáculos, claro.

¿Y cómo funciona, fisiológicamente hablando?
El sistema olfativo involucra funciones clave en la memoria y la imaginación. La información química del olor llega de inmediato al nervio olfativo y de allí a la amígdala cerebral, área encargada de los procesos y de la memoria emocional. Además, pasa por las regiones más primitivas y menos conocidas del cerebro. Todo ello sucede en cuestión de pocos segundos y, de pronto, el espectador se ve involucrado como ‘experimentador’, como si él creara la experiencia misma de una paleta de olores y recuerdos. 

—El arte olfativo en la tradición—
Sin exagerar, las obras de Peter de Cupere desafían 20 siglos de tradición artística occidental. El olfato ha sido concebido como un sentido inferior al resto e inapropiado para el arte. Ya Platón, en su diálogo "Hipias mayor", define lo bello o el objeto del arte como “aquel placer que entra por la vista y el oído, mas no del placer devenido de los otros sentidos”. El olfato quedó relegado por menor, más animalesco y que solo aportaba un conocimiento efímero, superficial, sensual, peligroso inclusive. 

A lo largo de los siglos XVIII y XIX la sanidad pública en Europa luchó por desodorizar los lugares públicos y neutralizar los olores en la población como parte de la higiene personal. Costumbre que se impuso luego en todo el mundo civilizado, según expone el historiador Alain Corbin en su estudio "El perfume o el miasma: el olfato y lo imaginario social".  

No es hasta comienzos del siglo XX que se exploró el valor cognitivo del olfato, aproximación realizada desde la literatura. Marcel Proust, hacia el final del primer capítulo de "Por el camino de Swann", primer tomo de "En busca del tiempo perdido", hace una célebre genealogía de un recuerdo de infancia: 

“Siento estremecerse algo en mí […] percibo el rumor de las distancias que atraviesa. […] Y de repente apareció el recuerdo. Aquel sabor era el del trocito de magdalena que me ofrecían los domingos por la mañana […]. Mas cuando nada subsiste de un pasado antiguo, tras la muerte de las criaturas, tras la destrucción de las cosas, solo el olor y el sabor, más frágiles pero más vívidos que nunca, más inmateriales, más persistentes y más fieles, perduran todavía mucho tiempo, como almas recordando, aguardando, esperando sobre las ruinas de todo lo demás, soportando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable el edificio inmenso del recuerdo”.

Marcel Duchamp, Joseph Beuys, entre otros artistas plásticos también de inicios del siglo XX, ensayaron con los olores, pero no como elementos fundamentales de sus obras. Para ello habría que esperar la primera década del XXI, cuando artistas como el brasileño Ernesto Neto, el japonés Nobi Shioya, o la alemana Helgard Haug, por mencionar a los más representativos, exploraron el arte olfativo como género (así como el desnudo fue un género para los griegos del siglo V a.C., o la ópera fue uno recién creado para los italianos del siglo XVIII). 

Por su parte, Peter de Cupere, ya en 1999, recibió su primer gran reconocimiento del establishment por su instalación “Tierra de caña”, un paisaje odorífico presentado en un cuarto cubierto de pasto, cañas, tierra, olor a hierbas empozadas, a pescado podrido y un dulce aroma a limón y plantas frescas para el final del recorrido. “Te has adelantado a tu tiempo unos 15 o 20 años”, le dijo entonces Jan Hoet, el reconocido curador belga de arte contemporáneo.

—Olfateando la sociedad—
Su producción se estima en más de un centenar de instalaciones en museos de Europa, Asia y América. Además, DeCupere es responsable del Art Sense(s) Lab del departamento de Bellas Artes de la Universidad PXL-MAD Hasselt de Bélgica. 

¿De qué va este nuevo proyecto?
Es el primer programa universitario, en inglés, dirigido a estudiantes de artes plásticas, cuya reflexión y práctica gira en torno al gusto, el olor y el tacto,   no a partir del clásico prejuicio que los clasifica como “sentidos menores” o de escasa valía cognitiva, sino como “sentidos próximos”. Y como tales buscamos explorarlos y pensar la infraestructura para poderlos presentar. 

En el 2015, De Cupere, junto con miembros de la universidad, creó “One Drop of Freedom”, una gota de esencia de hierba enfrascada en una lágrima de cristal, puesta en venta a diez euros cada una, más una edición limitada gold leave edition de mil euros. Las rentas de la iniciativa se destinarán al Refugees Aid Flanders y a la Plataforma de Limburgo para Refugiados.

¿Tus obras tienen siempre una connotación política?
Yo creo que el trabajo que todo artista hace en un contexto social determinado, o se vale de este para potenciar su obra, necesariamente conlleva una interpretación y una crítica social. “One Drop of Freedom” es, en principio, una obra social. 

¿Por qué crees que sería importante prestar más atención a los olores?
Todos los olores son importantes para la sociedad porque son registros emocionales, no solo íntimos, de las relaciones entre las personas. Creo, sinceramente, que habría más tolerancia y mayor capacidad de empatía en las comunidades contemporáneas si desde niños nos enseñaran a oler a los demás: aprenderíamos, por ejemplo, que no olemos todos de la misma manera siempre, que las plantas y animales huelen mal cuando están enfermos, y que los humanos tenemos reacciones odoríficas similares. O ¿a qué huele la comida sana y a qué el fast food? A lo mejor, de saberlo, tendríamos mejores hábitos alimenticios. Asimismo, podríamos asociar aromas con circunstancias felices y una esencia de estos, en momentos difíciles, podría devolvernos el buen ánimo, como hace Des Esseintes, el antihéroe de la novela "A contrapelo" de J. K. Huysmans. Es más, creo que, en términos de sanación, los olores pueden ser el restaño que vincule la fractura entre mente y cuerpo. Los olores nos abren dimensiones de la realidad que no conocemos y que todavía están por descubrir, explorar y  aprovechar.

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