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Política: idealismo vs. el realismo

El idealismo vs. el realismo alrededor del papel que cumple la ética en la vida cotidiana.

Política y naturaleza humana

¿Qué regula la política? ¿Los principios éticos o el equilibrio de fuerzas e intereses? [Foto: Getty Images]

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Por Franklin Ibáñez

De tensa y conflictiva puede calificarse históricamente la relación entre dos formas de ver la política: una cuerda tirada en sus extremos por dos bandos, los idealistas y los realistas. Para los primeros, la política solo es tal si efectivamente es moldeada tanto en sus fines como en sus métodos por principios éticos. Para los segundos, la política puede reducirse al mero equilibrio de fuerzas e intereses, esto es, un modus vivendi o arreglo de cara a una paz al menos temporal. Una premisa, y eje central del debate, ha sido la pugna teórica sobre la descripción justa de nuestra naturaleza. ¿Es el ser humano fundamentalmente bondadoso o malvado? Una vez resuelta la cuestión sabremos cómo proceder en la política. ¿Consiste esta en el arte de regular la convivencia entre corderos o, más bien, entre lobos?

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Del lado idealista, la política, definida como búsqueda del bien común, es esencial a las personas. Nos realizamos humanamente en tanto miembros de comunidades. La prueba: somos seres sociales por naturaleza. La nación o sociedad es un útero segundo al cual le debemos el lenguaje, la cultura, la identidad: lo que somos. El ombligo es tan biológico como social. Por ello tantas veces renunciamos a lo que es nuestro para colaborar con el necesitado; o en tiempos extremos estamos dispuestos a dar la vida por la comunidad. Los estadistas deben extraer lo mejor de los ciudadanos, sembrar y alentar en estos los ideales nobles que, supuestamente, anidan en el corazón de cada uno. Nadie es autosuficiente; por lo cual, una simpatía espontánea nos conduce a la convivencia. El hombre es bueno por naturaleza —decía Rousseau—; solo hay que recordárselo y reafirmarlo como tal —podríamos agregar hoy—.
Para los realistas, en cambio, la intromisión de principios morales en la política es contraproducente, irrealista, equívoca: logra más mal que bien al partir de nociones equívocas de la naturaleza humana. El hombre es un lobo para el hombre —homo homini lupus—, sostenía Hobbes al contemplar los horrores que sus contemporáneos y compatriotas se infligían mutuamente en la Inglaterra del siglo XVII. Y como ellos, toda Europa. En nada atizaba el violento y ambicioso espíritu de los ciudadanos europeos de aquella época el que fueran todos cristianos, católicos o de alguna rama protestante. Siendo religiosos, eran crueles o, al menos, desconfiados. A quienes no conviniese con su tesis del recelo natural de los hombres entre sí, Hobbes les proponía que sopesaran su conducta cotidiana. Hoy nos diría: ¿acaso no tomamos medidas de seguridad por cuenta propia pese a la existencia de leyes y autoridades? ¿No cerramos con llave nuestras casas? ¿No llenamos las calles de rejas, cámaras y guardias privados?

De allí que, si la naturaleza humana es egoísta y agresiva, conviene un Estado que controle a sus súbditos, que les inspire un gran temor e imponga la fuerza. Un siglo antes, Nicolás Maquiavelo decía con cruel desparpajo que, en cuestiones de gobierno, era mejor ser temido que amado. Así el príncipe contendría los instintos arribistas y mezquinos de sus vasallos y posibles rivales.

Los idealistas podrían replicar a los realistas. ¿No han existido en todo tiempo y lugar almas nobles y grandes que conquistaron objetivos políticos y dieron una lección a la humanidad del derrotero a seguir como especie? Sócrates en Atenas o Jesús en Nazaret surgen como testimonios universales hace más de dos mil años; del mismo modo, podríamos citar a Gandhi o Luther King en el siglo reciente. Pero ¿no es cierto que fueron asesinados?, podrían acotar los realistas. Sí, pero el sacrificio no fue en vano, responderían los idealistas. Después de todo, sus convicciones han permeado hasta el día de hoy nuestros sistemas educativos, e incluso muchos arreglos jurídicos.

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El debate no tiene un claro vencedor y, ciertamente, deja suficiente espacio para planteamientos intermedios. Kant, por ejemplo, quería evitar la ingenuidad y el pesimismo de las posiciones extremas. Más bien, apostaba por un diagnóstico equilibrado. Por un lado, admitía que “a partir de una madera tan retorcida como de la que está hecho el hombre no puede tallarse nada enteramente recto”. Por otro lado, no dejaba de asombrarse por cómo la humanidad, incluso a ciegas y tropiezos a través de guerras, se ha venido desarrollando como especie con destino a la paz.

Domar nuestra insociable sociabilidad es la tarea perpetua de la política. Hacia allá nos conduce la naturaleza, para la cual nos ha dotado de racionalidad, y no solo de buenas o malas intenciones.

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