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Premio noble

El Óscar más merecido. Breve historia del galardón honorífico entregado al inmenso Charles Chaplin

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Cuando esta noche se anuncien a los flamantes ganadores en las distintas categorías, los ojos del mundo estarán puestos en las redes sociales: 88 años de historia reducidos a la gracia fugaz de un meme. Tal vez es lo que merezca la Academia de Hollywood. No se puede pedir mucho a una tradición fundada sobre el disparate. El hecho de que clásicos absolutos como "Caracortada" (1932), "Cantando bajo la lluvia" (1952), "Vértigo" (1958) o "Centauros del desierto" (1956) ni siquiera hayan sido nominados a mejor película debería bastar para desacreditar su valor institucional. Y, sin embargo, algunos momentos en la historia del Óscar lo redimen de todos sus pecados. Quizá el más grande de ellos ocurrió el 10 de abril de 1972. Aquella ceremonia —la número 44— coronó a "Contacto en Francia" como mejor filme del año, pero será más recordada por servir de marco para el Óscar honorífico entregado a Charles Chaplin.
     Cualquier lista sobre las omisiones más groseras del Óscar estaría incompleta sin Chaplin. Resulta incomprensible que su trabajo como director y actor no haya sido recompensado con una estatuilla dorada. Es cierto que en 1929 —en la primera edición de estos premios— se le otorgó un Óscar “especial” y fuera de competencia por "El circo". El rumor es que a Chaplin no le causó gracia ser excluido de la contienda; él hubiese preferido ganar ese premio en las mismas condiciones que sus colegas. Pero aquel desaire solo era la punta del iceberg. Sus siguientes películas fueron las magistrales "Luces de la ciudad" (1931) y "Tiempos modernos" (1936), ambas descartadas en todas las categorías. Recién con "El gran dictador" (1940), la Academia se acordó de que el autor de "Una mujer de París" (1923) era digno de trofeos, y le otorgaron cinco nominaciones (incluyendo, por primera y única vez en su carrera, mejor actor), solo para ser derrotado en cada una de ellas. En 1947 se estrenó "Monsieur Verdoux", un relativo fracaso de público y crítica que, sin embargo, le dio a Chaplin una nueva nominación, esta vez como mejor guion original; su popularidad había empezado a declinar y pronto abandonaría EE.UU. Era el principio del final. 

        ***
Estamos en Suiza, en una lujosa residencia a orillas del lago Ginebra. Chaplin es un anciano de 83 años que arrastra varios problemas de salud. Lo acompañan su cuarta esposa, Oona O’Neill (36 años menor que él); y sus ocho hijos, entre ellos Geraldine, ya entonces una actriz reconocida. La tranquilidad de la familia es alterada por una sorpresiva invitación: la Academia de Hollywood ansiaba agasajar a Charles Chaplin con un Óscar. Han transcurrido 20 años desde que el país que adoptó como su segundo hogar (había nacido en Londres en 1889) le negara el permiso de reingresar a su territorio, enviándolo al exilio. Esta terrible humillación fue el resultado de la persecución política que sufrió Chaplin en la época de la “cacería de brujas”, siendo acusado de comunista e investigado a fondo por el FBI de J. Edgar Hoover. Contra la voluntad de sus hijos (temen exponer a su delicado padre), Chaplin acepta la invitación. Finalmente, las autoridades le comunican al homenajeado que le conceden la visa de turista solo por diez días. Geraldine no oculta su indignación por lo que considera una nueva afrenta. Pero su anciano padre está encantado con la noticia. Se dirige a su hija con los ojos bien abiertos y la voz emocionada: “¡Aún me tienen miedo!”.
     La película biográfica "Chaplin" (1992), de Richard Attenborough, acertó un par de cosas: el casting de Robert Downey Jr. en el rol principal (fue nominado al Óscar) y reservar el clímax dramático para la ceremonia de los premios de la Academia de 1972. Calificarlo de gran momento nostálgico no termina de hacer justicia a lo acontecido aquella noche. Ante los ojos del mundo, Estados Unidos pedía disculpas públicas a Chaplin y se rendía a sus pies. En el filme de Attenborough, vemos a Chaplin sollozando frente a un auditorio a oscuras, mientras el público vibra con una recopilación de secuencias que pasa revista a los mejores gags de Charlot. La antología va cerrando con la escena más tierna de "El chico" (1921), pero la pincelada final corresponde a "El circo", cuando el Vagabundo reemprende su marcha, perdiéndose en el horizonte. El fallido biopic termina justo antes de que enciendan las luces; lo que pasó después fue demasiado mágico para intentarlo reproducir. 
     Fue la ovación más larga en la historia del Óscar y también la más conmovedora. Esos 12 minutos de aplausos y vivas ayudaron a sanar las heridas del pasado, y también devolvieron cierta dignidad a la frívola industria del cine. Allí estaba el octogenario Charles Chaplin, de pie y orgulloso de su obra, demostrando a todos que su grandeza excedía los límites de la pantalla. Su discurso fue breve porque, como él mismo dijo, “las palabras parecen tan fútiles, tan débiles”. Efectivamente, Chaplin fue inventor de un lenguaje propio que maravilló al mundo. Gracias a su genio, la humanidad se enamoró del cine. 
     Al año siguiente de este merecido homenaje, Chaplin ganó nuevamente el Óscar, pero esta vez en competencia, gracias a la música de "Candilejas" (1952), estrenada en Los Ángeles en 1972.

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