“La mujer más sensacional que nadie haya visto jamás. O que jamás verá”, proclamó Hemingway, sin ambages, sobre Josephine Baker. Se habían conocido en París a mediados de los años veinte, en Le Jockey, un cabaret de Montparnasse. El escritor la sacó a bailar y le complació saber que era una compatriota suya. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando le preguntó por qué vestía un abrigo de piel en una noche cálida de fines de primavera. Ella lo entreabrió un instante y le mostró su cuerpo desnudo. Al advertir el desconcierto de su acompañante, le explicó que se había puesto lo primero que había encontrado y que las chicas no solían llevar mucha ropa en el Folies Bergère. Venía de un ensayo, pues iba a presentar una nueva revista de variedades, protagonizada por ella como “la diosa de ébano”. Luego lo invitó a su casa, donde bebieron unas botellas de champagne que le había enviado un admirador.

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