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Racismo en los Premios de la Academia: el Óscar menos blanco

Un recorrido por la historia del galardón hollywoodense y los tintes de racismo en la alfombra roja.

El 24 de marzo del 2002 se transmitió historia en directo. Para la edición 74 de los premios de la Academia se había programado la entrega del Óscar honorario a Sidney Poitier, el primer actor negro que ganó uno de estos galardones (en 1964 por Los lirios del valle). Aquello resultó ser el preámbulo para los triunfos esa misma noche de Halle Berry (por Monster’s Ball) y Denzel Washington (por Día de entrenamiento), y ocurrió algo sin precedentes: dos afroamericanos obtenían los premios principales de actuación en el mismo año, una afortunada coincidencia que rehabilitó la imagen de la Academia, siempre atacada por sus sublimes patinazos. Entonces parecía que Hollywood quedaba blindado ante cualquier denuncia de discriminación racial. Y, sin embargo, 15 años después, nos encontramos discutiendo por qué los Óscar —como reza el hashtag— “son tan blancos”. ¿Tiene sentido hablar de racismo después de todo lo sucedido? ¿Es coherente que una Academia supuestamente infestada de supremacistas blancos declare mejor película del año 12 años de esclavitud? Como en toda polémica, las interpretaciones de la realidad son divergentes, y cuando eso ocurre, lo más saludable es inspeccionar las grietas que subyacen bajo los discursos, notar sus contradicciones y vacíos. Un ejercicio más exigente es empatizar con los afectados, en este caso un sector de la comunidad artística herido en su orgullo. Créanlo o no, los Óscar pueden importar.

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Fences de Paramount Pictures, con Denzel Washington y Viola Davis.

Fences (Paramount Pictures)

Evidentemente existe en Hollywood una crisis de representatividad. La industria del entretenimiento no ha hecho lo suficiente por promover políticas inclusivas y seguirá ese mismo mal camino si insiste en perpetuar estereotipos negativos (o positivos) de las minorías, si da por sentado que algunas experiencias merecen más atención que otras por el color de piel o la orientación sexual de quienes las viven. Tenemos una responsabilidad sobre la imagen del mundo que propagan los medios (incluyendo el cine), es solo que en algunos países desarrollados la sociedad civil está mejor organizada para manifestar su indignación.

Esta vez las nominaciones al Óscar dejaron satisfechos a los activistas que un año atrás alzaron su voz en protesta y llamaron a boicotear los premios de la Academia.
En muy poco tiempo se pudo constatar la efectividad de una campaña sin cuartel, lo que habla bien de la receptividad de la Academia. Las pruebas son contundentes: de una sola nominación en todas las categorías (la canción de Cincuenta sombras de Grey, para colmo de males) en el 2016, pasamos al récord histórico de 18 nominaciones para artistas y técnicos negros, entre productores de largometrajes y cortometrajes, directores de ficción y documental, actores protagónicos y de reparto, sonidistas, editores, fotógrafos. Aquí se incluye la nominación póstuma al dramaturgo August Wilson por el guion de Fences, una de las tres candidatas a mejor película plenamente identificadas con la cultura afroamericana, como lo son también Luz de luna y Talentos ocultos. Es significativo que entre ellas no haya más en común; son propuestas tan diferentes como el público podría desear. Y, sin embargo, en medio de este ambiente celebratorio, no podemos obviar la ironía de este final feliz hecho en Hollywood.

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Talentos ocultos (20th Century Fox) interpretados por Taraji Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe

Talentos ocultos (Créditos: 20th Century Fox)

Aquellos justicieros que en el pasado se indignaron por los “robos descarados” a Do The Right Thing (1989), Malcolm X (1992), El mayordomo de la Casa Blanca (2013), Fruitvale Station (2013), Creed (2015) y Straight Outta Compton (2015) se quedaron mudos ante la exclusión de El nacimiento de una nación, ópera prima de Nate Parker glorificada en el Festival de Sundance y adquirida a precio millonario por una casa distribuidora con la intención de arrasar en la temporada de premios. Se suponía que esta era la película que haría el pare al Óscar blanco. Y qué mejor manera de hacerlo que reivindicando a Nat Turner, un héroe olvidado de la época de la esclavitud, un rebelde (interpretado por el mismo director) que se alzó en armas contra sus opresores y les dio algunas cucharadas de su propia medicina. El mismo título del filme —como se darán cuenta los que estudiaron a D. W. Griffith en Historia del Cine— es un ajuste de cuentas con el pasado.

La total ausencia de nominaciones habría sido un escándalo de proporciones épicas de no ser porque Nate Parker pasó de héroe a villano: meses antes del estreno comercial, la prensa sacó a la luz que Parker estuvo implicado en un caso de violación en 1999. Allí murieron las aspiraciones de El nacimiento de una nación y quizá la carrera de Parker; la opinión pública parece haberlo sentenciado a él y su trabajo. La comunidad afroamericana se olvidó rápido de tan incómodo personaje y puso sus fichas en otros representantes más nobles: la majestuosa dupla Denzel Washington-Viola Davis en Fences; Barry Jenkins y las jóvenes promesas de Luz de luna; las carismáticas y brillantes mujeres de Talentos ocultos.
 


No puedo afirmar que se haya cometido una injusticia con El nacimiento…, tal vez las otras películas son simplemente mejores, pero si yo fuera Nate Parker no dejaría de preguntarme dónde está la furia por los atropellos de la Academia; me gustaría saber por qué me dejaron solo y si realmente creyeron en mi película o solo importaba como un vehículo para ganar un Óscar.

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