Ricardo Hinojosa Lizárraga

Ricardo Hinojosa Lizárraga

“Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separáramos”. Porque el fin de un amor puede ser siempre el comienzo de algo, Jack Kerouac decidió iniciar con esa frase su novela emblemática, “En el camino”, considerada la obra seminal de la Generación Beat, en la que sus protagonistas, Sal Paradise y Dean Moriarty, viajan por las autopistas norteamericanas en busca de alcohol, drogas y chicas, cómo no, con Charlie Parker y algo de bebop como fondo musical.

Pero no es Sal Paradise quien protagoniza “Maggie Cassidy”, novela que acaba de ser publicada en castellano y en la que no destacan las aventuras juveniles de un exaltado, beodo y empoderado poeta de carreteras y sus veleidades hedonistas, sino el amor iniciático, genuino, nervioso y ciertamente apasionado que muchos experimentan en la adolescencia. El trasunto de Kerouac esta vez es Jack Duluoz, que aparece en otras novelas como “Big Sur” o “Ángeles de desolación”, y quien protagoniza una historia de pasión con Maggie Cassidy —que en la vida real fue una joven llamada Mary Carney—, a la que conoce en una fiesta de Año Nuevo de 1939. El escritor tenía apenas 17 años. Aún no llegaba aquel momento en que conocería a Dean Moriarty (identidad literaria de Neal Cassady) y comenzaría a recorrer carreteras con él sin saber que, junto a ese delirante trip, estaban escribiendo una de las novelas que definiría el siglo XX. Por eso, no es difícil reconocer la importancia de la publicación de esta novela: es Kerouac antes de ser Kerouac. Es aún el joven deportista, no el bohemio incorregible. Era inocente y enamoradizo, no un intelectual de tertulias trasnochadas. Sin embargo, ya anuncia el estilo que lo haría célebre. Aquel en el que las palabras bailan, vibran y arden “como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”.

Aunque la crudeza de muchas de las obras principales de esta generación —como “Aullido”, de Ginsberg o El “almuerzo desnudo”, de Burroughs— puede parecer lo más llamativo, consciente o inconscientemente, el amor y la pasión fueron los ejes fundamentales en los que se apoyaron las vidas de sus principales integrantes.

—Cassidy no Cassady—

Casualidad o no, lo cierto es que no había parentesco entre el gran amigo de Kerouac y el seudónimo de su primer amor. La primera publicación de “Maggie Cassidy” se realizó en 1959, cuando el autor ya saboreaba el éxito de “En el camino”. Casi 20 años después de sucedidos los hechos, estos se convertían en literatura. “Nunca hubo sexo, fuimos buenos chicos”, dijo con nostalgia una ya anciana Mary Carney en 1992, en declaraciones al periodista John Suiter, también biógrafo de Gary Snyder, uno de los pocos beats aún sobrevivientes. Maggie Cassidy, en carne y hueso —y en la misma casa de Lowell, Massachusetts, que habitaba en los años en que está situada la novela—, aceptó ser la chica que Kerouac describía en el libro, pero no admitió muchos de los comportamientos que se le adjudicaban o algunas situaciones que ella no consideraba reales. “Al principio, cuando algunas personas me traían el libro, no me reconocía en él”, aseguró.

Tras ese romance iniciático, el camino de Kerouac previo a la ola beat se dibujó entre el fútbol americano, la Universidad de Columbia y la marina mercante, amén de casarse con Edie Parker —el primero de sus tres matrimonios—. Pero esta unión no la concibió nunca como eterna. Kerouac ofreció casarse si le pagaban la fianza que lo sacaría de la cárcel. Había llegado allí, junto a William Burroughs, por ocultar durante un día a su amigo de Columbia, Lucien Carr, quien acababa de asesinar a David Kammerer, otro conocido que había pasado de ser su Pigmalión a su acosador sexual. Kerouac y Burroughs contaron la historia a cuatro manos en Y “los hipopótamos se cocieron en sus tanques”. El cine rescató también aquel sórdido momento en “Kill Your Darlings”, del 2013. El amor y la pasión marcaron a los beats, ya lo decía al inicio, pero pocas veces lo haría de manera tan salvaje. Era agosto de 1944, la Segunda Guerra Mundial parecía no terminar nunca, y sus vidas parecían estar por empezar… de nuevo.

—Súbete a mi foto—

“Neal, ahora seremos héroes de verdad/ en una guerra entre nuestras vergas y el tiempo/ seamos los ángeles del deseo del mundo/ y llevémonos el mundo a la cama con nosotros antes de morir”, escribía Allen Ginsberg en “El automóvil verde”, uno de sus poemas más célebres, dedicado a Neal Cassady. Sin embargo, el gran amor de la vida del poeta judío fue en realidad Peter Orlovsky. Se conocieron a mediados de los cincuenta, en la casa del artista Robert LaVigne. Tras ver un desnudo suyo, Ginsberg pidió conocer al modelo. Bastó un encuentro para que unieran sus vidas los próximos 40 años. Solo la muerte de Ginsberg, en abril de 1997, pudo separarlos. Orlovsky aseguró alguna vez que, antes de conocer al autor de “Aullido”, era “un tarugo, un ermitaño, un imbécil”, y que su personalidad le abrió la puerta a una sabiduría para entonces impensable. Hasta entonces, además, era heterosexual. Una imagen de ambos desnudos, tomada por el fotógrafo Richard Avedon, se convirtió en hito de los sesenta y en uno de los primeros cantos de libertad del amor gay. Orlovsky murió el 30 de mayo del 2010, a los 76 años, quizá recordando la línea de una de las cartas que alguna vez le dedicó Ginsberg: “… yo imploro porque la luz del sol nos acaricie estando juntos. Te extraño como al hogar. Ilumíname de vuelta y piensa en mí”.

—Amor a quemarropa—

El 6 de setiembre de 1951, William Seward Burroughs creyó que era Guillermo Tell. Estaba absolutamente pasado de vueltas, como consecuencia de una ceremonia de drogas y alcohol en la que había participado junto con su mujer, Joan Vollmer. Sumergidos en juegos inconscientes, iniciaron el que les pareció más divertido: uno de ellos se pondría un vaso en la cabeza, el otro dispararía, el vaso reventaría, se reirían mucho y seguirían bebiendo. Pero esa noche, tras el disparo ocurrido en México D. F., ella no volvería a abrir los ojos y Burroughs —quien antes y después de ella vivió su homosexualidad con absoluta libertad— iniciaría su particular recorrido hacia el infierno. Para bien y para mal. “Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan, y a comprender hasta qué punto ese acontecimiento ha motivado y formulado mi escritura”, escribió muchos años después, cuando la heroína, las anfetaminas y la experimentación con ayahuasca que lo trajo al Perú eran cosa del pasado. Antes de asesinar involuntariamente a su esposa no había publicado nada. Después de la tragedia, escribió todo: “El almuerzo desnudo”, “Yonqui”, “Marica”, “Expreso Nova”. Todo. El amor después del amor, como quien dice.

1952. Jack Kerouac y Neal Cassady, un año después de la publicación de

1952. Jack Kerouac y Neal Cassady, un año después de la publicación de "En el camino". (Foto: RDA)
 

—Paseando a Mister Crazy—

Tras quedarse soltero por segunda vez, Neal Cassady decidió que no había mucho amor más allá de la botella y la locura. Poco después conocería al escritor Ken Kesey —autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, la novela que daría pie al filme “Atrapado sin salida”— y se involucraría con él en un descabellado proyecto de llevar la cultura LSD a todo Estados Unidos, a bordo de un bus que el mismo Neal conduciría. El amor por sí mismo lo llevó a protagonizar una aventura aparentemente imposible, pero que se inmortalizaría en “Ponche de ácido lisérgico”, la crónica de Tom Wolfe. El amor por sí mismo —o, mejor dicho, la falta de él— lo llevó, poco tiempo después, a protagonizar su triste final: murió en 1968, a los 41 años, colapsado por alcohol y barbitúricos, al lado de las vías de un tren en México.

Pero entre los beats hubo otras pasiones. El romance, por ejemplo, entre Lawrence Ferlinghetti y la literatura y la libertad. Él fue quien se aventuró a publicar “Aullido” con su editorial City Lights cuando otros se escandalizaban con solo oír unas líneas del poema. Hoy tiene 97 años. Está también el amor místico que Gary Snyder encontró en el budismo zen y la ecología, aunque se casara brevemente con la poetisa Joanne Kyger. Podríamos sumar a esta lista el amor de voces femeninas como las de Joyce Johnson, Hettie Jones o Diane di Prima. O, quizá, para concluir regresando al principio, podamos hablar del amor que Jack Kerouac nunca le dio a su hija Jan, a quien solo vio un par de veces en su vida y que tuvo la misma vocación autodestructiva de su padre. Escribió, entre otras, una novela llamada “Baby Driver”, convenientemente titulada en castellano “Una chica en la carretera”. Murió en 1996, a los 44 años, tres menos que los que tuvo su padre cuando falleció en 1969. A pesar de ser su única hija, Kerouac nunca mostró el menor interés por establecer una relación con ella. Cosas extrañas del corazón, viniendo de alguien que había demostrado tener uno bastante fuerte como para construir una sólida obra literaria, a pesar de sus adicciones, o quizá por ellas mismas. Después de todo, el vocablo beat no significa solo “golpeado”: muchos también lo usan como sinónimo de compás o latido. Tal vez, en este caso, convenga citar a una no beat —pero contemporánea a ellos— para entenderlo. Y es que, como diría Carson McCullers, “el corazón es un cazador solitario”.

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