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La restauración del teatro Manuel A. Segura

Un recorrido por la historia del Segura, uno de los escenarios más emblemáticos de Lima que ahora se encuentra en restauración. Las obras serían entregadas en octubre.

La fachada parece un cascarón vacío. Está cubierta por enormes mallas verdes y cruzada por andamios que ocultan su estilo neoclásico y art nouveau. Al interior, no hay butacas ni palcos ni galerías. Solo tablas y fierros. Y el único sonido que se escucha por estos días es el de los taladros y las combas. Donde antes estaba la caja escénica se abre un hueco inmenso como un cráter por el que ingresa la luz de la tarde. Y en los palcos y galerías, hombres y mujeres de cascos y guantes amarillos escarban la pintura de las sorprendentes figuras ornamentales de los antepechos —máscaras griegas de la comedia y la tragedia, hojas, flores y monedas— que poco a poco recuperan su color original: un tono crema parecido al durazno.

El teatro Manuel A. Segura, uno de los escenarios más representativos de esa Lima del novecientos, fue declarado en riesgo el 2011 por el Centro Peruano-Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres. Sus viejas columnas de madera estaban resquebrajadas; muchas de las cañas tejidas de sus paredes, deterioradas, y su cúpula, a punto de venirse abajo. Desde entonces, permaneció cerrado. Hace dos años se empezó a diseñar el expediente técnico para su recuperación. Después de las evaluaciones y autorizaciones respectivas, los trabajos se iniciaron en enero y, en una carrera contra el tiempo, se espera concluir con las obras a fines de octubre.

“No se trata de una remodelación, sino de una restauración”, aclara el arquitecto Reinhard Augustin, responsable de los trabajos de conservación, que están a cargo de la Empresa Inmobiliaria Municipal de Lima (Emilima). La idea es que este bello edificio hecho de concreto, ladrillo, quincha y madera recupere su aspecto original, aquel que tenía en 1909 cuando fue inaugurado por el alcalde Federico Elguera. Un retorno al pasado pero con los adelantos técnicos —en la caja escénica y en las estructuras— del siglo XXI.

Después de todo, el Segura no ocupa un espacio cualquiera: en este lugar hace cuatro siglos nació el teatro en la ciudad. Aquí existió primero un corral de comedias, luego hubo un real coliseo, después un teatro portátil y, finalmente, el edificio que todos conocemos, y que fue remodelado en 1959 por el arquitecto Héctor Velarde. Un sitio emblemático que ha soportado terremotos, incendios y ocupaciones militares, y que es parte de la memoria y del patrimonio de Lima. De ahí la importancia y necesidad de su puesta en valor.

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Cuando se habla del Segura se suele decir que aquí en los albores de la Independencia, en 1821, Rosa Merino entonó por primera vez el himno nacional, y que un siglo antes brilló Micaela Villegas, la actriz más célebre de Lima, conocida como la Perricholi. Pero esto no es cierto. Lo que pasa es que el terreno que hoy ocupa este teatro, en la cuadra dos del jirón Huancavelica, albergó a lo largo de los siglos escenarios diversos.

A inicios del XVII empezó a funcionar en este lugar un corral de comedias, que imitaba a los del Siglo de Oro español. Una especie de canchón donde la élite capitalina y la gente del pueblo comían y veían representaciones teatrales. Era la gran diversión de la Lima virreinal, pues las comedias llegaban a la ciudad tan pronto como eran estrenadas en Madrid.

La calle, como puede suponerse, no se parecía en nada a la actual. Era más bien un estrecho camino de tierra surcado por una acequia o canal prehispánico, y estaba ubicada a las espaldas del imponente convento de San Agustín. Una mole de adobe que asfixiaba todo el contorno. Este corral se vino abajo durante el terremoto de 1746 y sobre sus escombros se levantó otro recinto llamado Real Coliseo. Este fue el escenario en el que brilló la Perricholi. Los grabados de la época —recopilados por Manuel Moncloa y Covarrubias— muestran las bancas, el techo de madera y el modesto telón de este espacio.

El arquitecto Reinhard Augustin enseña algunos programas de esta época, obtenidos en bibliotecas virtuales españolas. En uno de ellos se anuncia la escenificación de la loa El demofonte, en homenaje a la virreina del Perú, doña Ventura de Guirior. El elenco estaba encabezado por Micaela Villegas y la fecha de la función “en la muy noble ciudad de Lima” era 13 de julio de 1777. La Perricholi, quien tenía gran habilidad para los negocios, se convertiría con los años en copropietaria del coliseo.

Bailarina Grace Cobián

Bailarina Grace Cobián en el teatro, en 2010, un año antes de que se cerrara el recinto para su recuperación. Abajo, Leguía en revista Variedades.

Archivo

Con las décadas, este espacio comenzó a llamarse Teatro Principal. Así lo conoció el libertador San Martín —un gran aficionado a las artes escénicas— y su lugarteniente y ministro de Gobierno, Bernardo Monteagudo. Se cuenta que el general argentino después de visitar el recinto quedó sorprendido por la tugurizada calle en la que estaba ubicado. La puerta de ingreso prácticamente chocaba con los muros del convento agustino, y durante las funciones se armaba gran trifulca debido a que las carrozas no cabían en la estrecha y maloliente callejuela. En sus escritos, el siempre afilado Manuel Atanasio Fuentes no escatimó adjetivos al decir que aquel teatro era “indigno de figurar entre los primeros establecimientos públicos de la capital del Perú”. Aun así este fue el lugar donde la soprano Rosa Merino entonó por primera vez el himno, el 23 de setiembre de 1821.

En esos meses, San Martín convenció a los agustinos para que cedieran parte del terreno que daba a la puerta falsa de su convento para ensanchar la calle y construir una plazuela. Como lo cuenta el arquitecto Samuel Amorós Castañeda en un artículo publicado por el Instituto de Investigación del Patrimonio Cultural de la Universidad Ricardo Palma, este fue el primer espacio público que se construyó en el Perú independiente. Después de idas y venidas, la plazuela se terminó de hacer a mitad del siglo XIX. De esta manera, el perímetro urbano quedó definido tal como lo conocemos hoy: el teatro y frente a él un espacio abierto que daba a unos portales de madera que hacían recordar a los de la Plaza Mayor. Sobre ellos empezó a funcionar una casa de hospedajes que llevaba el sorprendente nombre de hotel del Universo. Así lo dibujó el francés Léonce Angrand y lo fotografió Courret.

En agosto de 1883, casi al final de la ocupación chilena, el teatro fue destruido por un incendio. Luego, en los apurados años de la reconstrucción, se montó uno de madera que llevó el nombre de Portátil y que estuvo en pie hasta los primeros años del siglo XX, como lo cuenta Gustavo von Bischoffshausen en el reciente libro Teatro popular en Lima. Del idílico hotel del frente tampoco quedó nada. En la década de 1950 fue demolido para construir un desangelado edificio que en vez de portales tiene toscas columnas de concreto.

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“La última refacción del Segura fue entre los años 1998 y 1999, cuando se mejoraron los sistemas de iluminación y las tuberías de agua potable. Antes hubo una intervención importante en 1959, a cargo de Héctor Velarde”, cuenta Reinhard Augustin, parado al centro del desmantelado auditorio. Luego, recuerda cómo este edificio fue diseñado y construido a inicios del siglo XX como parte del desarrollo urbano de Lima.

En 1906 la Municipalidad decidió que la capital debía tener un moderno escenario tal como ocurría en otras ciudades latinoamericanas. Por esos mismos años se levantaron el teatro Colón de Buenos Aires, los teatros municipales de Río de Janeiro y Santiago, y algunas etapas del Palacio de Bellas Artes de México. En nuestro caso, la comuna expropió un terreno ubicado donde hoy se encuentra el hotel Bolívar (en la actual plaza San Martín), y convocó un concurso público para la ejecución del flamante teatro Nacional. Aunque se presentaron diversas propuestas, nunca se llegó a un acuerdo. Al final la idea fue desechada y cuando todo parecía quedar en nada, el alcalde Federico Elguera puso los ojos —una vez más— en el terreno de la segunda cuadra de la calle Huancavelica.

El alcalde encargó el diseño y la construcción de la obra al arquitecto italiano Julio Lattini, quien convocó al escultor Guido Masperi y al escenógrafo José Carottini para diseñar un teatro con una fachada de dos pisos, como nunca antes había existido en la ciudad. En lugar del patio que comunicaba la calle con el auditorio, como en los teatros precedentes, esta vez se construyó una entrada con boleterías, un vestíbulo con escaleras, dos grandes foyeres —uno en cada piso— y un auditorio de cuatro niveles: con plateas, palcos presidenciales y municipales, galerías y graderías. Los materiales usados fueron el moderno concreto armado para las bases, y después se siguió la construcción tradicional de quincha y madera, con revestimientos metálicos y de yeso, para los niveles superiores. Se eligió una ornamentación ecléctica que iba de lo neoclásico —con alegorías de la tragedia griega— al art nouveau, con sus formas florales. Las butacas y el telón eran de color verde hoja que entonces fue criticado por los puristas que los preferían rojos.

Se inauguró a todo dar el 14 de febrero de 1909, con el nombre de teatro Municipal, y la función estuvo a cargo de la Compañía Dramática Española, de la entonces muy conocida actriz María Guerrero. La obra escenificada fue La dama boba, de Lope de Vega. Este fue el escenario de las zarzuelas y conciertos de la belle époque, en estos palcos Ricardo Palma leyó un apoteósico discurso, el 16 de marzo de 1912, y un ilustrador de Variedades retrató al presidente Augusto Leguía en plena confabulación con sus ministros en los tiempos de la Patria Nueva. En 1929, cuando la Municipalidad adquirió el teatro Forero y decidió llamarlo Municipal, el coloso diseñado por Lattini pasó a tener el nombre de Manuel A. Segura, en homenaje al dramaturgo costumbrista.

Así quedó inscrito en la fachada como sello de su nueva identidad.

El teatro Manuel A. Segura

El teatro Manuel A. Segura

Archivo

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A fines de los cincuenta, este teatro estuvo a punto de ser demolido. En Lima los edificios ya eran más altos que las cúpulas de las iglesias y se pensó que en aras de la modernidad el viejo recinto de columnas de madera debía de ser reemplazado por otro. Solo mentes lúcidas y sensibles como las del limeñista Luis Solari Swayne y del propio Héctor Velarde frenaron aquel despropósito. Finalmente, se apostó por su refacción. En 1959 se reforzó sus estructuras con columnas y tijerales metálicos, se amplió su escenario y se construyeron nuevos camerinos, una sala de exposiciones y oficinas. La novedad más importante en ese momento fue la construcción —al costado derecho del inmueble— de un teatrín dedicado a conciertos de cámara que llevó el nombre de sala Alzedo. El Segura se reabrió el 9 de diciembre de 1960. Este ha sido el escenario que los limeños hemos conocido, donde el tenor Luis Alva dio sus mejores conciertos y se despidió de los escenarios el 2008 y donde la persistente bailarina Lucy Telge dio vida al ballet Municipal.

“Si ves al costado de las columnas de madera —dice Augustin, señalando con el dedo índice los altos de las galerías—, verás otras metálicas que se elevan hasta la cúpula. Esas fueron instaladas por Velarde en 1959”. Los trabajos actuales se apoyan en la consolidación de las columnas, vigas y tijerales que sostienen el auditorio y la enorme cúpula del teatro, así como el reemplazo de grandes porciones de quincha de las paredes, que habían sido afectadas por la humedad, los hongos y los insectos. En cuanto a las cortinas del telón, las butacas y las alfombras, el cambio será total. Aseguran que se parecerán a las que tenía el teatro en 1909.

Sin embargo, lo más llamativo del Segura son sus palcos ondulados como olas y decorados con figuras alegóricas. Estas molduras hechas de madera, con una argamasa de yute y yeso, habían sido repintadas varias veces y tenían una capa de purpurina que había borrado las facciones de las máscaras. Encontrar el color original de las mismas ha sido un trabajo quirúrgico que ha tomado varias semanas a un equipo de casi 150 restauradores. “Hemos hallado detalles desconocidos —dice Augustin—. Las máscaras tienen hasta cuatro expresiones distintas que van de la alegría a la tristeza y de la melancolía al dramatismo”.

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El foyer del segundo piso parece una plataforma abierta hacia el vacío. Al fondo se ve la boca del foso escénico atravesado por una red de andamios y a la derecha hay una salida descubierta que conduce a la azotea, en la que se han instalado los momentáneos talleres de refacción. Ahí restauradores cusqueños dan los últimos toques a las esculturas alegóricas. Destacan las efigies de dos Famas mitológicas que tocan clarines, con un diablillo que sostiene una lira. Las figuras colgarán en la parte central del friso del auditorio, tal como sucedía hace más de un siglo. En otra mesa se pueden ver los contornos blancos de las musas que serán reinstaladas en la fachada del teatro.

“El presupuesto que manejamos para toda la restauración, tanto del Segura como de la sala Alzedo, es de 61 millones de soles”, revela Claudia Ruiz, gerenta general de Emilima. El dinero pertenece al Fondo Metropolitano de Renovación Urbana. Del conjunto, la intervención más dramática se produce en la caja escénica que ha sido desmontada en su totalidad. “Estaba muy deteriorada, había una mala distribución de espacios, el piso estaba a desnivel y el techo a punto de caer”, explica la funcionaria. Se proyecta reemplazarla por una caja de acero que conservará la acústica y el diseño original de 1909.

En el ala derecha del teatro se construirán nuevas salas de ensayos para música, danza y artes escénicas que se comunicarán directamente con los camerinos y el escenario. “Al inicio pensábamos intervenir un 30 o 50 por ciento del teatro, pero creo que vamos a llegar al 80 o 90 por ciento”, añade Ruiz. El teatro parece hoy un gigantesco animal al que le han extraído las vísceras para disecarlo. La funcionaria afirma que el nuevo Segura se entregará el 31 de octubre. Ese es el compromiso de una gestión edil que culmina a fin de año. ¿Será posible? Por ahora se trabaja a tiempo completo.

PUBLICACIONES

Conjuntamente con la recuperación del teatro Segura, Emilima, a través de su fondo editorial, planea publicar dos libros. Uno dirigido a un público en general y otro texto para niños en el que de manera didáctica se narre la historia del teatro.

“A través del personaje de un niño que se encuentra con un fantasma se contará lo sucedido aquí en el pasado. Este argumento todavía está en evaluación, lo importante es despertar la curiosidad de los niños por la historia de Lima”, cuenta la geranta de Emilima, Claudia Ruiz, quien también es educadora.

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