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Tres castellanos ninguneados

Tres variedades del castellano peruano: andino, amazónico y afroperuano, y su estrecha relación con nuestra historia.

Hubo un tiempo en el Perú en que la Amazonía era vista como un espacio desbordante en plantas y animales, pero vacío de culturas y de gentes. Hubo también un tiempo en que los Andes eran representados como el lugar del subdesarrollo y la pobreza. Hubo un escritor andahuaylino que se lamentó así en uno de sus poemas tardíos: “Dicen que no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor”. Hubo un tiempo también en que hablar de una cultura afroperuana parecía un sinsentido si se intentaba ir más allá de la música criolla y de la cocina. “Dicen que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor”: eso también lo podría haber dicho, con su discreta pero acerada ironía, la artista afroperuana —“negra”, prefería decir ella— Victoria Santa Cruz y, con una risa más bien destemplada, el escritor iquiteño César Calvo.

No es que las cosas hayan cambiado mucho desde que Arguedas escribió, primero en quechua y luego en castellano, su “Llamado a algunos doctores” (Huk doctorkunaman qayay), pero, por lo menos, en los últimos tiempos hemos empezado a preguntarnos cuál es la mejor manera de indagar por las poblaciones asociadas a las colectividades afroperuanas e indígenas, incluidas las aimaras y quechuas, en nuestros futuros censos nacionales; y cuál es la mejor forma de registrar los datos demográficos sobre los idiomas que se hablan en el territorio peruano, sin dejar de lado —esperemos— la realidad del bilingüismo, que nunca ha sido tomada en serio por los sucesivos ejercicios censales.

Más allá de los números y sus certezas, algunos estudiosos, peruanos y extranjeros, estamos intentando plantearnos algunas interrogantes algo más profundas acerca de las lenguas y las culturas regionales en un país tan complejo y desigual como el nuestro.

Una muestra de estos tímidos avances es que estamos empezando a ver en nuestro castellano una diversidad de idiomas, un conjunto de variedades que se entrecruzan de maneras sutiles con las lenguas originarias, con la larga historia de cada región, con la política y sus ausencias; variedades que, sumadas a otros ‘marcadores’, como los llaman los especialistas, nos permiten a los peruanos construir nuestras identidades étnicas, sociales y regionales, y relacionarnos como colectivos —conflictivamente muchas veces, es cierto— con la sociedad mayor.

No hay que pecar de optimistas, sin embargo. Hasta hace poco, como mostró la lingüista Susana de los Heros en Utopía y realidad (2012), los textos escolares peruanos aún podían darse el lujo de poner en guardia a nuestros estudiantes contra los ‘barbarismos’, asociando este concepto a supuestos errores cometidos por los hablantes de castellano bilingüe, es decir de quienes tienen al quechua o al aimara como lengua materna.

Hay, pues, en el Perú un “bilingüismo de los unos y de los otros”, como afirmaba el especialista en educación intercultural Luis Enrique López. Y es justamente de este “bilingüismo de los otros” —los indígenas, los 'pobres', los ‘subdesarrollados’— que ha surgido el fermento que ha hecho de nuestros castellanos variedades únicas y complejas, y que permiten a sus hablantes expresar los más complicados matices del pensamiento y la emoción: contando un sueño, desarrollando un argumento, entreteniendo a una wawa, a un huambrillo o a un churre con una historia de nuestra propia cosecha, y todo ello pese a la ausencia de políticas estatales que contemplen la ‘promoción y desarrollo’ de estos castellanos, mas que sea en la escuela.

—Preguntas sobre tres castellanos—

“Y así dicen que nos han de cambiar la lengua por otra mejor”, podría haber añadido Arguedas en ese potente poema. Hoy, junto con un creciente interés por el quechua, el aimara, el shipibo, el asháninka, el awajún y las más de 40 lenguas originarias de la Amazonía, tal vez podamos notar algo más de respeto por los diferentes castellanos que se encuentran —y desencuentran— en espacios tan diversos como los mercados fluviales amazónicos, los impresionantes malls de las ciudades costeñas, los cuestionados tramos del Metro de Lima, las peregrinaciones de los Andes o los sicalípticos sets de la televisión local. Y entonces surgen varias preguntas: ¿cuáles castellanos?, ¿cómo demarcarlos?, ¿cuáles son sus rasgos, si los hay? Y las interrogantes más fuertes: ¿cómo explicar esta variación?, ¿cómo se formaron estas variedades?, ¿cuáles son sus conexiones, si las hubiera, con la geografía, con la historia, con la economía de cada zona?


Comunidad shipibo-konibo. Las lenguas amazónicas han originado un castellano peculiar que forma parte de nuestro patrimonio lingüístico. (Foto: Dante Piaggio/Archivo)

Comunidad shipibo-konibo. Las lenguas amazónicas han originado un castellano peculiar que forma parte de nuestro patrimonio lingüístico. (Foto: Dante Piaggio/Archivo)

Estas preguntas intentaron ser respondidas el pasado 11 de abril en un conversatorio organizado como parte de las celebraciones por los 100 años de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), entre cuatro destacados lingüistas: Rodolfo Cerrón-Palomino, profesor principal de la PUCP y tal vez nuestro mayor especialista en lingüística andina, quien se ocupó del castellano andino; Pilar Valenzuela, experta en lenguas pano y cahuapana, de Chapman University, y Margarita Jara Yupanqui, sociolingüista de la Universidad de Nevada, quienes hablaron sobre el castellano amazónico; y Sandro Sessarego, de la Universidad de Texas en Austin y estudioso de las variedades afrohispánicas, quien abordó el castellano afroperuano de Chincha. Ahí surgieron ejemplos y otras interrogantes: ¿por qué, por ejemplo, el reemplazo de /r/ por /d/ en el castellano afroperuano, como ejemplifica Sessarego con la oración Tiene una cada [cara] de monstruo? ¿Por qué el sonido sh y, en general, los fonemas palatales adquieren un valor afectivo en todo el norte y parte del centro del país, como anota con perspicacia Valenzuela a partir de ejemplos como ashúcar, de azúcar, en el castellano amazónico; angoshta, de angosta, en el castellano andino norteño; y Shanti, de Santiago, en el quechua huanca?

¿Por qué la existencia de diferentes estructuras posesivas en el castellano andino y amazónico, como De mi hermano su pelota, De mí mi chaqueta, De Llapo la iglesia? ¿Qué hay detrás de los distintos modos de comunicar la sorpresa, como la expresión ya vuelta en castellano amazónico, ejemplificada por Valenzuela yJara Yupanqui con la oración ¿Cómo ya vuelta me he embarazado?, dicha por una hablante que no se explicaba las razones de su estado actual, o como la estructura Había sido mala la María, con el significado ‘resulta que María es mala’ en castellano andino, que, según Cerrón-Palomino, ya ha pasado a formar parte de los usos estándares en nuestro país? ¿Por qué la frecuente ausencia de artículos en las frases nominales del afroperuano, como ilustra Sessarego con la oración Mi tía prepara plato tradicional?


 

—Historias regionales—

No es casual la selección de estas tres variedades como objeto de reflexión entre la comunidad de lingüistas y acorde con el centenario de una institución que tiene entre sus horizontes principales la búsqueda de una sociedad más justa en el Perú. Atender estas variedades resulta clave para combatir la discriminación desde adentro: desde el conocimiento de las creaciones culturales, de las formas de vida y de los modelos de desarrollo de esos colectivos ninguneados.

Es imposible resumir en unas cuantas líneas lo que se dijo en una reunión en la que se trataron temas tan diversos como la condición legal de los esclavos en nuestro territorio, la influencia del quechua en el castellano amazónico o la diversidad existente en el interior de lo que hemos venido llamando castellano andino, tradicionalmente entendido como una unidad sin matices ni fisuras. Sin embargo, quiero resaltar dos puntos en los que coincidieron los cuatro ponentes.

El primero, ya lo adelanté, es la importancia del bilingüismo para entender la formación inicial de las tres variedades de castellano mencionadas, sea con el quechua y el aimara, con lenguas amazónicas del tronco tupí o con lenguas africanas cuya identidad todavía está por esclarecerse. Un buen ejemplo de ello está en la importancia que Sessarego atribuyó, para la comprensión del castellano afroperuano, a los rasgos vinculados al aprendizaje del castellano como segunda lengua, rasgos que, con el correr del tiempo, se han cristalizado como características de esta variedad, y que lamentablemente hoy son utilizados solo por los miembros de las generaciones mayores en localidades como El Carmen, San Regis y El Guayabo.

El segundo punto es que los cuatro especialistas  hicieron énfasis en la importancia de acudir a la historia regional para entender la naturaleza y las particularidades de cada castellano. Así, Sessarego repasó aspectos no muy difundidos de la historia de la esclavitud, como la presencia jesuita en las haciendas del sur, para entender el papel del adoctrinamiento religioso y la educación en el desarrollo del castellano afroperuano. Cerrón-Palomino, por su parte, resaltó el nivel sorprendentemente alto y poco valorado de la adquisición de la escritura, tanto en quechua como en castellano, entre algunos indígenas durante las décadas más tempranas de la colonización, como un elemento clave para comprender mejor la historia de las relaciones entre el castellano y las lenguas andinas mayores. Valenzuela y Jara propusieron, en contra de interpretaciones previas, que la formación del castellano amazónico como una variedad distinguible es bastante tardía y probablemente estuvo relacionada con la explotación cauchera de fines del siglo XIX y principios del XX.


Rodolfo Cerrón-Palomino en el conversatorio sobre los castellanos en el Perú, el pasado 11 de abril en la PUCP.  (Foto: PUCP)

Rodolfo Cerrón-Palomino en el conversatorio sobre los castellanos en el Perú, el pasado 11 de abril en la PUCP.  (Foto: PUCP)

Resulta imposible, entonces, entender los castellanos del Perú sin comprender a fondo las lenguas indígenas con las que estuvieron en contacto y sin acudir a la historia de cada región. Lejos están los tiempos en que los lingüistas nos encerrábamos en nuestros textos, gramáticas y oraciones sin mirar por la ventana de nuestra torre hacia la historia y la sociedad. La etnohistoriadora María Rostworowski decía con humor y sencillez algo así como que su “método histórico” consistía en “leer el documento y salir a caminar”. Algo similar podríamos hacer los lingüistas más a menudo para terminar de entender por qué a los diversos colectivos discriminados en el Perú no les han terminado cambiando la lengua —o la cabeza— por otra supuestamente mejor.

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