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Vargas Llosa: “Quisiera tener la novela antes de mis 80 años"

Una conversación con el peruano más universal. El autor anuncia su próxima novela "Cinco Esquinas".

Vargas Llosa: “Quisiera tener la novela antes de mis 80 años

Vargas Llosa: “Quisiera tener la novela antes de mis 80 años

Mario Vargas Llosa no necesita presentación. En la siguiente charla, que representa una forma de reencuentro con El Comercio a través de este remozado suplemento, el premio Nobel de Literatura de 2010 nos habla de "Cinco Esquinas", su nuevo proyecto novelístico; de su prematura bohemia, del periodismo actual, de redes sociales, de la vigencia de la novela, de series de televisión… Queda claro que, desde que en 1967 declarara que para él la literatura es fuego, la llama de MVLL no ha dejado de arder. 

Hablemos de la novela que está escribiendo y de la noticia del título: "Cinco Esquinas".
Con tres títulos provisionales, andaba dándole muchas vueltas desde hacía tiempo y no tenía uno definitivo. Y a mí eso me angustia. Me ayuda muchísimo tener un título: trabajo mejor y de alguna manera el nombre me resulta siempre como una síntesis o de la historia o del ambiente, del clima que va a tener la novela… y de pronto, pues, ¡apareció!

¿Es definitivo? ¿Era lo que buscaba?
Mira, yo creo que es definitivo, aunque nada lo es hasta que uno termina el libro. Pero me gusta mucho. Creo que reúne bastante bien ciertos aspectos de la novela. Hay por lo menos dos personajes que viven en el barrio, y se dan allí diversos episodios. Y es un barrio emblemático. Yo lo conocí cuando era muy joven, empecé a hacer periodismo cuando terminé cuarto de media y trabajaba en La Crónica. Fueron tres o cuatro meses de mi época de bohemia durante el verano de 1952.

Cuesta imaginar su “época de bohemia”...
El periodismo era sinónimo de bohemia. Se trabajaba hasta tarde en la noche, esperando que todos los materiales pasaran a la imprenta, y después de eso los periodistas se iban a los cafés y a los bares. Había en el diario un dibujante muy simpático que vivía en los Barrios Altos, cerca de "Cinco Esquinas", muy aficionado a la noche, a la música criolla y al trago. Éramos bastante amigos y fui muchas veces a su casa, una casita muy modesta en este lugar que era como un símbolo del criollismo y de cierta fama. Había muchas peñas criollas y se decía que ahí mismo había nacido Felipe Pinglo, donde hoy está su estatua. 

¿Recuerda cómo se llamaba este dibujante?
Sí, pero no te lo voy a decir porque no sé si a la familia le gustaría. Pero sí te puedo decir que íbamos ahí con Milton von Hesse y Carlitos Ney Barrionuevo, que era mi gran amigo de esa época... Yo era el menor, apenas 16 años, éramos los tres más jóvenes del diario. Emilio Delboy también venía con nosotros; Fernando Palao, que se encargaba de Judiciales. Y Becerrita, el médico director de la página roja, un personaje de "Conversación en La Catedral", hombre pintoresco, como era en general el periodismo de esa época, muy diferente al de ahora. Mucho menos técnico, mucho menos profesional, más improvisado. Muy ligado a la bohemia, a la noche… y también al trago [risas].

¿Cómo eran esas noches?
Esos tres meses fueron la única época de farra en mi vida, bastante prematura, además. Nunca me gustó mucho el trago, así que las copas me las tomaba con cuentagotas. Pero sí hice esas cosas que nunca he vuelto a hacer después: quedarme hasta muy tarde, beber entre guitarras y cajones, contando anécdotas, cantando valses... episodios que ya evocaba en "Conversación en La Catedral".

¿Cantaba valses? 
Cantaba con mala voz, seguramente, pero sí cantaba valsecitos, huainitos. Bailaba mejor huainos que valses. En esa época había muchas peñas criollas en los Barrios Altos. Era una zona popular, pero no la peligrosa y marginal en la que se ha convertido: mientras otros barrios populares de Lima han ido modernizándose y progresando, en Cinco Esquinas parece que hubiera ocurrido lo contrario, ¿no? Ha retrocedido, está abandonado, es muy violento, hay tráfico de drogas, mendigos, vagos, delincuentes. Ahora que estuve en Lima fui, por la novela, hasta tres veces a pasear por ahí, y fue muy impresionante ver, por ejemplo, la Quinta Heeren y todas esas grandes casonas y sedes de embajadas hasta principios del siglo XX… hoy son ruinas ocupadas por los gallinazos. Quería ver cómo está en la actualidad. Y tiene muy poco que ver, la verdad. Lo único que sí sigue son esas bellas iglesias que están incrustadas en el barrio, como la de Nuestra Señora del Carmen o el convento de los Descalzos, que son monumentos coloniales maravillosos. Están los mismos callejones, pero hoy conviven con los basurales, la promiscuidad y la peligrosidad. Todos las bodegas tienen rejas, debe haber muchísimos atracos. Es una imagen interesante, en una ciudad que ha cambiado muchísimo en este medio siglo. Todo eso para mí está en el título y tiene bastante que ver con la historia que cuenta la novela. 

¿Cómo hizo para pasar inadvertido durante esas visitas?
Me disfracé con unos anteojos oscuros y unos jeans bien bolsudos. Solo una de las tres veces fui reconocido, precisamente cuando me bajé del auto a observar el monumento a Pinglo. Y vi algo muy divertido, un aviso que decía: “Espiritista piurano, atiende sobre todo de noche”. Me pareció tan bonito que lo introduje en la novela a través de un personaje. Parece una cosa inventada [risas].

¿Qué me puede contar del argumento de "Cinco Esquinas"? 
Todavía es una novela que está en proceso, puede cambiar mucho. Pero tiene que ver con el periodismo amarillo, ese que se ha vuelto el más representativo de nuestro tiempo: el de la chismografía, el escándalo, el que más que informar busca entretener, lo que significa que la valencia de la noticia está determinada por lo que pueda haber en ella de sensacional, de insólito, de sorprendente y, sobre todo, de escandaloso, ¿no? Ese fenómeno en el Perú inicia en los cincuenta con el periódico Última Hora. Fue su director, Raúl Villarán, quien introdujo el periodismo que confunde la información con el entretenimiento, o que privilegia el entretenimiento sobre la información, y utiliza la jerga —lo que hasta entonces era inconcebible en el periodismo— y da prioridad a la chismografía, al sensacionalismo… sin llegar a los extremos a los que se llegó más tarde. Precisamente, la novela está situada en la época más bien final de la dictadura de Fujimori, cuando Montesinos utilizó el periodismo amarillo, la prensa chicha como arma política, como instrumento que humillaba, denigraba y hundía en el descrédito a los adversarios y a los enemigos del régimen. La historia tiene que ver con esa deformación profunda del periodismo —un fenómeno que no es exclusivamente peruano sino que es universal— y también con el final de ese período en que se mezclaron en el país la violencia política, la descomposición de la dictadura y una movilización social muy fuerte. No será una novela política, pero todos esos hechos sí tendrán una gravitación sobre el argumento.

Digamos, entonces, que está empleando conocimiento de primera mano de 63 años atrás para una ficción ambientada hace 15…
Pero no es una novela histórica, ni evocativa ni mucho menos. La novela ocurre en nuestra época, es de nuestra época. El periodismo que aparece no tiene nada que ver con el que yo practiqué hace más de medio siglo ni muchísimo menos. Es sobre el periodismo de nuestros días, que es un fenómeno que, como te digo, no es peruano, sino que se da en todas partes; claro, de acuerdo a la cultura de cada país. El amarillismo y el escándalo tienen unas ciertas categorías algo diferentes, pero el fenómeno es muy generalizado, y creo que, básicamente, se puede definir como el periodismo que se convierte más en entretenimiento que en información.

¿Cree que la tecnología y los nuevos medios o las redes sociales han envilecido el periodismo?
Creo que, por una parte, le han dado más libertad y han incorporado a un público mayor, que ahora participa de manera directa de la información, el comentario y su actualidad; y, por otra, sí lo han envilecido en el sentido que han hecho desaparecer prácticamente los valores, la jerarquización y la importancia que tienen ciertos hechos sobre otros en medio de la abundancia de contenidos y el privilegio que tiene el amarillismo, que a veces relega a un segundo o tercer plano la noticia realmente importante. Creo que es un fenómeno que tiene esas dos caras. Por un lado, creo que es muy difícil que hoy se puedan establecer sistemas de censura eficaces. Se trata de establecer, pero esos sistemas estallan gracias a la tecnología, y ese es un gran progreso para la libertad de expresión y de crítica. Pera también esas nuevas tecnologías permiten que se introduzca en el mundo de la información una cantidad gigantesca de opiniones que pueden perturbar la objetividad e, incluso, desaparecerla. 

¿Cómo ve el futuro de eso? 
Va a depender mucho de la educación. Esto es un epifenómeno, una cultura en la que los valores están muy confundidos, muy trastocados, donde no se sabe qué es importante ni quién. Es un problema reciente, que no se daba hace 50 o 70 años, donde podía haber errores, pero no este grado de incertidumbre. Hay fenómenos muy alarmantes… hay mucha manipulación y abuso en las redes sociales. A mí me han inventado tres o cuatro textos que no he escrito. No hay manera de saber dónde nacieron, de tal modo que no se puede reaccionar, siquiera. Las consecuencias que puede tener la usurpación es algo terrible: así como hay mayor libertad, cualquiera puede intervenir también de maneras aviesas, manipuladoras, provocando falsedades que “dejan de serlo” desde que son asimiladas en las redes sociales. Es un fenómeno en el que todavía estamos muy confundidos, pues la tecnología avanza mucho más rápido que toda legalidad al respecto. Esa transición es también tema de "Cinco Esquinas". Justamente este período de transición: un gran progreso en contraste con la parálisis respecto a las consecuencias que se generan en el campo cívico, ético y en el de los derechos individuales. 

Montesinos fue, finalmente, un hombre de su época.
Él utilizó muchísimo y con gran eficacia el asunto para la corrupción. No quiero decir tampoco que el periodismo haya sido un modelo de virtudes teologales antes de Montesinos. Siempre hubo corrupción, en el periodismo y en todas partes, pero al nivel que se llegó por la instrumentalización que hizo Montesinos del amarillismo y del escándalo no se había llegado nunca, y ha dejado una huella profundamente negativa en la concepción de periodismo, a tal punto que es muy difícil establecer hoy una frontera clara entre lo que es el periodismo serio y responsable y el amarillo, porque hay una necesidad de supervivencia de la prensa seria que la lleva muchas veces a abrirle demasiados espacios al chisme y al mero entretenimiento. Nadie sabe cómo darle remedio a este asunto global porque en realidad está muy ligado a la cultura, y es la cultura misma la que ha permitido este inmenso acceso al espectáculo, la trivialización, el facilismo.

La sociedad del espectáculo.
Eso mismo, es una consecuencia directa de la sociedad del espectáculo.

¿No le parece que es un signo de los tiempos esta presencia mayor, hoy en día, de las novelas de duelo o las autorreferenciales?
Sí, es verdad, es un tema que es ahora muy constante… Obedece a un tipo de pretensión que es menos ambiciosa que otras; más intimista, más psicológica, más personal. Pienso que en algunos casos la novela está restringiendo su campo de mira y se concentra en hechos más privados y más íntimos. Aquí en España las últimas novelas más apreciadas son las que tienen que ver con episodios más íntimos y familiares… como si fuera muy osado, atrevido, emprender largas novelas; como si la época no estuviera predispuesta para leer libros esforzados, de muchas páginas.

¿No cree que hay una coincidencia entre el fenómeno de las redes sociales, donde la gente se refiere en abundancia a sí misma, habla más de sí, con esta aparente “falta de pudor literario”?
Puede tener que ver con esta revolución psicológica que significa tener un aparatito que te permite estar permanentemente en contacto con cientos o miles de personas, y estar contando constantemente tu propia intimidad. Hay menos pudor que en el pasado. Pero creo que también tiene que ver la ley del menor esfuerzo: hoy la gente tiene menos predisposición a ocupar largas horas leyendo un libro, acostumbrada a esa información microscópica que es la de las redes sociales, que es algo tan absolutamente sintético. Ahí también se da el peligro de la distorsión: las cosas no se pueden sintetizar al máximo extremo sin desnaturalizarlas, sin convertirlas en caricaturas. En la literatura algo de eso también hay: hay una literatura hoy día mucho más asequible, menos exigente con los lectores. Eso creo que también es un signo de los tiempos en la literatura y, en general, en la cultura. Por otro lado, una buena noticia que he recibido de tres editores –—algo muy interesante para mí— es que lo que tenía la apariencia de un avance arrollador del libro electrónico se ha detenido en Estados Unidos, en España. El libro de papel, que parecía condenado a desaparecer, ahora por el contrario está recobrando un público que, después de experimentar con el e-book, regresa al papel. Me decía un editor norteamericano que en Estados Unidos, donde avanzaba más rápido, los libros electrónicos de literatura están por debajo del 30%; en Francia es sorprendente, no pasa del 5%: el 95% de los franceses sigue leyendo libros en papel. Eso me parece una buena señal.

¿Por qué?
Porque creo que, si continuaba la tendencia y el libro electrónico terminaba relegando a los márgenes al libro en papel, se hubiera dado un empobrecimiento muy grande de la literatura y de la cultura en general. No pienso que se escriba lo mismo para la pantalla que para el papel, creo que la pantalla tiende a trivializar, a banalizar, a reducir la complejidad intelectual de aquello que se escribe.

Y se pierde la relación física con el objeto…
La pantalla tiende a simplificar, a presentar mucho más el facilismo que la lectura intelectual rica. Frente a la imagen uno tiende a ser pasivo, a rechazar la complejidad, a dejarse bañar por la imagen… Es muy interesante el fenómeno de las series. La televisión ha encontrado, por fin, un formato en que puede ser muy original y eficiente. Se están produciendo magníficas series, complejas, entretenidas, y es un tipo de ficción que pasa por la pantalla, entretiene muchísimo, tiene gran público. Pero creo que, de ninguna manera, va a competir con la novela, una cosa clarísimamente distinta. 

¿Qué series se están viendo ahora? Recuerdo que seguía "24", sobre la que ha escrito.

Yo veo siempre televisión, no más de una hora al día, pero he seguido, por ejemplo, "House of Cards", que me parece estupenda, creo que es una serie política maravillosamente hecha, con estupendos actores; he estado viendo "Juegos de tronos", que me parece muy interesante y bien construida. Lo que tenían los seriales televisivos, que eran la cursilería, el facilismo, la ridiculez, en estas series no aparecen para nada, se luce más bien una cosa mucho más compleja. Por ejemplo, "Breaking Bad" o "The Wire" son interesantes, genuinas, espléndidas y entretenidas inmersiones en el mundo de la droga y los barrios marginales de los Estados Unidos. Es un tema muy interesante y bastante creativo que da a la televisión un género que le es propio y que funciona muy bien. Pero tampoco lo compararía con la literatura. Creo que jamás alcanzaría ni la complejidad ni la capacidad de ruptura que puede llegar a tener una novela lograda. Pero sí es un género muy creativo.

Cambio de tema: pese a su vitalidad, esa legendaria vitalidad suya, usted ya no es un chico. ¿Sigue siendo espartana su rutina? ¿Cómo trabaja hoy?
[Risas] Esa es una manera muy elegante de definir mis 79 años. Trabajo exactamente como lo hacía antes, con la diferencia de que ahora puedo dedicar casi todo mi tiempo a escribir, a leer —que es algo maravilloso—, aunque tengo muchas más obligaciones que antes que no puedo evitar: determinados actos, asistir a representaciones... Pero la mayor parte de mi tiempo la puedo dedicar a lo que realmente me gusta que es escribir y leer. Sigo trabajando siempre desde muy temprano, de una manera muy disciplinada, siete días de la semana, dedicando solo los domingos a los artículos y el resto de días al libro que estoy escribiendo. No ha variado absolutamente nada mi sistema de trabajo.

Ni siquiera tras el Nobel
El Nobel lo que me ha traído es que son muchas más las solicitudes para presentar libros, dar conferencias, eventos que, incluso defendiéndome mucho, a veces no puedo dejar de hacer; tengo que viajar, que aceptar cosas universitarias que tienen que ver con el premio. Todavía no he aprendido a decir no, es una de mis grandes limitaciones, y solo hacer aquellas cosas que me gustan. Pero sí defiendo mi tiempo para escribir, con mucha disciplina.

A propósito de los diez años de su muerte y de los homenajes y de la aparición de Un hombre flaco, el perfil que publicó recientemente Daniel Titinger, si bien nunca se fue del todo podría decirse que Julio Ramón Ribeyro “ha vuelto”. Más allá de las discrepancias, ¿cómo ve hoy a Ribeyro? 
Las discrepancias con Julio Ramón fueron políticas, sí, en un momento determinado, lo dejé muy explicado en "El pez en el agua". Discrepancias literarias no tuve con él ninguna, yo siempre leí con mucho entusiasmo las cosas de Ribeyro, lo considero un magnífico autor, sobre todo un magnífico cuentista, o sea que mis opiniones personales no han afectado para nada el buen juicio que he tenido sobre él como escritor.

¿Qué planes hay para la bienal del próximo año, que será como su gran fiesta de cumpleaños número 80?
Bueno, no participo en nada de la preparación de ello, será como una fiesta sorpresa [risas]. Estoy muy contento de que se haga, y yo resignado a cumplir 80 años, qué remedio [risas].

¿Y para entonces podremos leer "Cinco Esquinas"?
Creo que sí, mi esperanza es terminarla para fin de año, y llegar a Lima con mi novela bajo el brazo. Nunca sé cuándo voy a terminar una novela, la verdad es que tengo casi acabado un primer borrador, espero con impaciencia empezar ya la revisión, que es lo que más me gusta y me divierte, muchas veces escribir, rehacer. Espero tener la novela lista antes de cumplir los 80 años, sería bonito.

Ha recorrido casi todo lo que se puede hacer en literatura, incluso ha llegado a la performance, que es la dramaturgia viva. ¿La poesía le va a seguir siendo esquiva? 
Escribo a escondidas y lo publico de vez en cuando, un poemita por ahí… Yo creo en lo que dice Borges, que en la poesía solo se admite la excelencia y, al mismo tiempo, aunque sé que estoy muy lejos de la excelencia, es imposible resistir la tentación de la poesía de vez en cuando. Creo que en todo prosista hay siempre un poeta frustrado, que los novelistas entienden que el género supremo, el género creativo primordial, primero, es siempre la poesía, y que todos se acercan de alguna manera a ella, a veces indirectamente en las novelas, a veces escribiendo poemas un poco a escondidas o con cierta vergüenza, que es lo que hago yo.

Pero no está en sus planes publicar un poemario, ¿o sí?
No, no: escribir poemas de vez en cuando sí, y publicar algunas cosas marginales. Podré hacer todas las locuras, pero esa no [risas].


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