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Virginia Woolf: Al final de las horas

A 75 años de la muerte de la fascinante Virginia Woolf.

Corren los últimos días de marzo de 1941 y la sombra de la guerra ha comenzado a extenderse por el centro de Europa. Al sur de Inglaterra, en el condado de Sussex, una mujer se sienta a redactar dos cartas a las dos personas que más ha amado en su vida: su esposo y su hermana. Escribe, nerviosa, con una letra apenas comprensible. Dobla los papeles y los deja sobre un mantel. Luego sale al campo. Es una mañana fría y todo parece disolverse en una atmósfera líquida. Cerca de ahí, el río es solo un rumor detrás de la niebla. La mujer avanza despacio, apoyada en un bastón, aturdida por las repentinas voces que estallan en su cabeza. Su silueta parece desvanecerse, lentamente, entre la bruma. 
    Veintiséis años atrás, en 1915, esta misma mujer había publicado, con no poca angustia, su primer libro. Era una novela breve que, después de infinitas dudas, tituló "Fin de viaje". En la trama, una joven inglesa descubre la vida y el amor, perdida en un hotel de un lugar ficticio de Sudamérica. El libro le tomó siete años de ejecución y la mantuvo en vilo durante mucho tiempo. Solo suspiró, aliviada, cuando alguien alabó “su profunda originalidad” y lo comparó con "Cumbres borrascosas" de Emily Brontë. La protagonista de "Fin de viaje", como su creadora, sufría de agobiantes crisis nerviosas. Esta historia llevaba el germen de una sensibilidad nueva. De ahí para adelante, la autora se impuso nuevas exigencias, rompió los moldes naturalistas y mecánicos de la novela victoriana, y en sus siguientes libros —"El cuarto de Jacob" (1922) o "La señora Dalloway" (1925), por ejemplo— se dedicó a explorar otras formas narrativas, a tratar de capturar los sentimientos y emociones de personajes y lugares, de sensaciones y olores, a través de largos monólogos interiores o de atmósferas intensas. Una mirada construida desde el precipicio de una vida inestable, forjada entre la genialidad y la depresión.
    La mujer se llama Virginia Woolf y su existencia fue hasta ese instante final un afiebrado ejercicio de reflexión y creación constantes. 

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“Era una niña de cara redonda como una ciruela, con los párpados y la boca como una escultura budista, profundamente esculpidos y de una dulzura exquisita. Tenía mejillas rosadas y ojos verdes”. La descripción corresponde a su sobrino Quentin Bell, autor de la primera gran biografía de Virginia Woolf, publicada en 1972, 31 años después de la muerte de la escritora. Apoyado en una copiosa documentación —cartas, diarios y recuerdos de parientes—, Bell reconstruyó la vida de su tía desde la intimidad familiar, escudriñó cada detalle y trató de no dejar ningún cabo suelto.
    Virginia fue la tercera hija del segundo matrimonio de Leslie Stephen, un viudo maduro, otrora religioso, periodista e historiador, perteneciente a la alta burguesía inglesa; y Julia Prinsep, una bella joven que también había enviudado previamente, a los 24 años. Cuando ambos se casaron, Leslie se mudó a la casa de Julia, donde ella vivía con los tres hijos de su primer matrimonio: George, Stella y Gerald. Leslie tenía solo una hija, Laura. La enorme casa de Hyde Park Gate —un barrio acomodado de Kensington, en Londres— llegó a tener siete pisos conforme fueron naciendo los cuatro hijos comunes del matrimonio entre 1879 y 1883: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian.
Por la gran diferencia de edades, los ocho hermanos se dividieron pronto en dos grupos. Los mayores, sobre todo George y Gerald, fueron vistos por los pequeños con recelo y temor. Virginia escribirá en sus diarios, más tarde, que ellos fueron los “tiranos y semidioses de su mundo infantil”. Sin embargo, se puede decir que en ese momento Virginia fue feliz. Se quedaba en casa con sus hermanas, pues, a diferencia de los varones, no iban a la escuela. Aprendió por su cuenta a leer y escribir, y desde muy pequeña se impuso una disciplinada formación. Recibía lecciones de su madre en el gran comedor de la casa; y su hermana Vanessa recordará —ya de adulta— esas mágicas tardes que solían pasar juntas en la habitación que daba al jardín. Ahí Virginia leía en voz alta a escritores como George Eliot y William Thackeray. A los nueve años ya editaba un periódico familiar llamado Hyde Park Gate News, en alusión a la calle donde vivían; y antes de llegar a la adolescencia, ya intuía que iba a ser escritora. Solo entonces se le permitió entrar a la enorme biblioteca paterna.
    Pero ese mundo idílico terminaría pronto. Cuando cumplió los 13 años su madre murió. Según Bell era “el peor desastre que podía ocurrir”. Y poco tiempo después Virginia sufrió su primera depresión nerviosa. Entonces, la relación con George, el mayor de sus hermanastros, quien le doblaba la edad, iría transformándose en “una escaramuza erótica repugnante”. Para sus hermanastras, él personificaba algo horrible y obsceno. Bell cita en su libro una carta en la que Virginia describe la situación con inocultable turbación: “Todavía me entran escalofríos de vergüenza al recordar que mi hermanastro me puso de pie, cuando contaba con más o menos seis años, para explorar mis partes íntimas”.


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Este acoso al parecer la marcaría para siempre. Bell intuye que las arremetidas de su hermanastro exacerbaron su frigidez, algo que con el tiempo la llevó a renunciar a la maternidad e incluso a interesarse por las mujeres, como Violet Dickinson; y la poeta y escritora Vita Sackville-West, quien inspiró el personaje de Orlando. Este enfoque es criticado por otros biógrafos. La francesa Viviane Forrester es una de ellas. En "Virginia Woolf: A Portrait", un personalísimo acercamiento a la vida de la escritora inglesa, Forrester afirma —irónica — que para Bell resulta más importante la incierta vida sexual de su tía y no que haya sido tan genial como Tolstói y Joyce, o que haya inspirado a generaciones de mujeres independientes con "Una habitación propia". “La atemporalidad, la potencia, la maravilla de la obra, todo deviene en algo secundario”, advierte, con desazón.
    Aunque no se puede afirmar que la obra de Woolf sea una escritura autobiográfica, sí existe, en sus libros y ensayos, un juego permanente entre la realidad y la ficción, como sostiene la periodista argentina Irene Chikiar Bauer, autora de otra biografía esencial: Virginia Woolf: la vida por escrito, un volumen de más de 900 páginas que se interna en las cartas y diarios de la escritora, y los hace dialogar con personajes y hechos contados en sus novelas.  
    Volvamos al año 1917. Los hermanos Stephen habían dejado para siempre la vieja casa de Hyde Park Gate y se habían mudado al barrio de Bloomsbury. Thoby era ya un destacado alumno en Cambridge, y cada jueves traía a la casa a amigos suyos y otros intelectuales, antiguos conocidos de su padre. El grupo era exquisito y animado. Eran unos aristócratas esnobs, ciertamente, pero brillantes. Sus ideas liberales y pacifistas, sus paseos por el campo para cazar mariposas, la práctica de una sexualidad libre y la plena igualdad entre géneros anticipaban el tiempo de posguerra, cuando Europa vivió los años veinte adormecida y seducida por el auge de las vanguardias artísticas. Virginia y su hermana Vanessa, que más tarde se convertiría en pintora posimpresionista, fueron en gran medida producto de lo que se llamó “el grupo de Bloomsbury”. Entre los nombres de esta peculiar cofradía destacaban el crítico Walter Lamb, el economista John Maynard Keynes, los escritores E. M. Forster y Lytton Strachey, el pintor Roger Fry, el crítico de arte Clive Bell —que se casaría con Vanessa— y Leonard Woolf, quien terminaría convirtiéndose en el esposo de Virginia, su soporte emocional y el gran promotor de su obra.
    Y 1917 es justamente importante por eso. Fue el año en que Leonard montó una pequeña editorial, Hogarth Press, en la que comenzaron a aparecer los relatos de Virginia, y a la que más tarde se sumaron las obras de otros autores, cuyos nombres serían claves en el devenir de la cultura occidental: T. S. Eliot, Katherine Mansfield, Dostoievski y el propio Sigmund Freud. Según la leyenda el manuscrito del Ulises de Joyce llegó a manos de Virginia y ella se sorprendió de que su autor usara “instrumentos no tan distintos a los suyos, como si su propia pluma hubiera caído en otras manos”.


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El escritor mexicano Sergio Pitol es un admirador de la obra de Virginia Woolf. En un prólogo escrito para una reedición de Flush —un exquisito divertimento literario en el que Woolf finge trazar la biografía de su amiga Elizabeth Barrett Browning a través de los ojos, monólogos y sensaciones de su perro, un cocker spaniel llamado, precisamente, Flush—, Pitol traza certeras líneas acerca de la concepción literaria de la autora inglesa.
    Pitol destaca la estructura de “Kew Gardens”, un relato de no más de diez páginas donde Woolf narra momentos precisos en la vida de cuatro parejas, unidos por  sensaciones y emociones diversas. “¿Qué es ‘Kew Gardens’ sino un conjunto de manchas de color oscilantes bajo los juegos de luz, el reflejo de un extraviado hilo de sol en una gota de rocío, el aleteo blanco y azul de unas mariposas? A la trémula sombra de las altas encinas, un caracol se esfuerza en arrastrarse bajo las nervaduras de una hoja caída. Todo es temblor y reverberación; atmósfera y color […]. En aquella bruma verde y azulosa, salpicada de colores y de sombras humanas, en que cada centímetro ha sido trabajado con maniaca precisión, ha habido acción, diálogos, un monólogo, recuerdos, amor”, escribe. Sería el anuncio de las grandes obras de Virginia Woolf, "El cuarto de Jacob" (1922), "La señora Dalloway" (1925), "Al faro" (1927) y "Las olas" (1931). No es casualidad que El cuarto de Jacob haya aparecido el mismo año en que se publicó "La tierra baldía", de T. S. Eliot; y el "Ulises", de Joyce. Los tres libros que iniciaron el siglo XX literario británico. “Se trataba, en verdad, de una revolución en muchos frentes”, afirma Pitol, y cita a E. M. Forster, el amigo de Virginia, quien decía que su literatura causó una sorpresa a sus contemporáneos, pues lo imposible había ocurrido: “un método esencialmente poético había sido aplicado a la novela”.  


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La resonancia literaria enfrentó a Virginia con otro dilema: su condición de mujer. No se puede decir, tres cuartos de siglo después de su muerte, que haya sido feminista —en un sentido estricto del término, como sí lo fue, por ejemplo, Simone de Beauvoir—, pero su obra y su vida marcaron un antes y un después en la valoración y la creación femeninas. Y en ese aspecto tampoco claudicó. Dos conferencias suyas se convertirían en 1928 en uno de sus ensayos más leídos y comentados hasta hoy: "Una habitación propia". La idea original partía de una pregunta que le plantearon acerca de la mujer y la novela. “Me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significaban esas palabras”, arranca Virginia. Lo más simple, como ella sugiere, hubiera sido desarrollar el tema con “unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado”. Pero no. Woolf desplegó las alas. Fue más allá de la conjetura inicial y se preguntó, por ejemplo, ¿por qué el sexo masculino era tan próspero y el femenino tan pobre? ¿Qué efecto tenía la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones eran necesarias para la creación de obras de arte? Luego advirtió, en el Museo Británico, que muchos libros se ocupaban de la “inferioridad” de la mujer. Entonces, escribió: “Posiblemente cuando el profesor insiste con demasiado énfasis sobre la inferioridad de las mujeres, no es la inferioridad de estas lo que le preocupa, sino su propia superioridad. Es esto lo que protegía un tanto acaloradamente y con demasiada insistencia, porque para él es una joya del precio más incalculable. […] De ahí la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar, que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad, una de las fuentes más importantes de su poder”. Entonces, la respuesta se caía de madura. La mujer necesitaba conquistar un poder que jamás había tenido. La creación, la invención, la escritura no era posible sin él, sin dinero y sin una habitación con cerrojo que le diera amplia libertad. Woolf cuenta la anécdota de su tía Mary Beton, quien a su muerte le dejó una cuantiosa herencia. “La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado 500 libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante”. 
También en Una habitación propia Woolf inventó la historia de una hipotética hermana de Shakespeare que tenía el mismo talento de su célebre hermano, pero que, ante la imposibilidad de realizarse como creadora, podría terminar volviéndose loca o suicidándose. 
    ¿Un preludio de lo que vendría después?


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A mitad de la década de 1930, Woolf había escrito ya lo más importante de su obra y, aunque no abandonaba su labor intelectual, cada vez sucumbía más a sus períodos depresivos (en realidad nunca hubo un diagnóstico claro sobre sus ataques). En dos ocasiones había intentado ya quitarse la vida y Leonard se había visto obligado a internarla en un sanatorio. Escribir era lo único que la mantenía viva y a salvo en los momentos de incertidumbre y dolor. Se dice que Leonard encuadernaba cada año cientos de papeles donde ella escribía sus diarios. 
    Pero en 1941 ella ya no puede más. 
    Londres había empezado a ser bombardeado por los alemanes, y el mundo que Virginia conoce se ha venido desmoronando lentamente. Ena la carta que le ha dejado sobre la mesa esa mañana nublada del 28 de marzo, le escribe a Leonard: “Querido, estoy segura de que de nuevo me vuelvo loca. Tú me has ddo la mayor felicidad posible […]. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros lo hemos sido”. Y ya está en el campo, como en su infancia y su juventud. Llenos de piedras los bolsillos de su abrigo, ella camina hacia el río. 
    Su cuerpo será encontrado tres semanas después. El cuaderno de 1941 se quedará con la tercera parte de sus hojas en blanco. 

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