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William Shakespeare: Ser o no ser contemporáneo

400 años después de su muerte, el bardo de Avon está vigente y sigue siendo el rey de la cultura popular.

William Shakespeare: Ser o no ser contemporáneo

William Shakespeare: Ser o no ser contemporáneo

Si Shakespeare viviera, escribiría rap y se llamaría Eminem. Lo dice Peter Brook, uno de los más influyentes directores de ópera y teatro contemporáneo, con lo que cabe la posibilidad de que a los 400 años de su muerte —se cumplieron este 23 de abril— el mayor dramaturgo de todos los tiempos no se esté revolviendo demasiado en su tumba. Puede incluso que la comparación le parezca adecuada y feliz.
    Decir que, transcurridos estos cuatro siglos, el bardo de Avon está vigente como nunca no es solo un facilismo semántico avalado por la distinción que supone nombrarlo y hacerlo propio. Es un hecho literal, difundido por redes sociales, juegos de PlayStation, géneros musicales, cómics y puestas de teatro que, lejos de considerarlo un bostezo, lo versionan libremente con iguales dosis de descaro, aprobación y efectividad. "Romeo y Julieta" en el Gran Buenos Aires, "El rey Lear" en "Los Soprano", "Ricardo III" en "Game of Thrones". Si bien desde que dominamos el mundo, los tópicos impulsados por la pasión y la intensidad humanas son casi los mismos, él los hizo suyos, los democratizó y los eternizó. Su persistencia podría resumirse en el atractivo indudable de sus obras, sumado al hecho de que llegó hasta hoy fresco y eficaz gracias a la cultura popular, estimulado por los más jóvenes.
    Intérpretes como Elton John, Dire Straits, los canadienses Rush, Elvis Costello, Bob Dylan en Desolation Row, Lou Reed, The Eagles con su "Get Over It", Bruce Springsteen o Tom Waits se inspiraron en sus versos para componer algunas de sus canciones. Pero compararlo con una figura de la cultura del hip-hop, algo irreverente en principio, tiene su pretexto. El rapero inglés Akala —fundador de la Hip-Hop Shakespeare Company— procuró demostrar, en un contrapunto cultural practicado con asistentes en una charla TED, las similitudes entre los textos del escritor isabelino y la música de referentes como Jay Z o Sean Diddy Combs. Una a una fue pronunciando citas que el público debía arriesgar: ¿eran de Shakespeare o de un rapero? “Será tal vez el odio que desprendo, o quizás el alimento espiritual”: Shakespeare, decían, pero lo escribió Eminem. 
    “El rey más benévolo se comunica mediante tus sueños”: Shakespeare, insistían, pero pertenecía a una letra del filósofo del hip-hop RZA. Sucede que el Bardo y el rap comparten el ritmo del pentámetro yámbico, compás sonoro que es todo un modelo de tensión de palabras y de perfección. Es lo que hace a Shakespeare tan difícil de traducir. Los Q Brothers, por ejemplo, trabajan sobre su influjo literario y transforman textos como "Hamlet" o "El rey Lear" en lo que ellos denominan a-rap-taciones. Su obra Otelo, The Remix fue una exitosa adaptación encargada por el mismísimo teatro Globe de Londres.
    El lenguaje de Shakespeare es elevado, semánticamente denso. Sus seguidores juran que con él es imposible aburrirse. En el libro "Cómo Shakespeare lo cambió todo", el periodista canadiense Stephen Marche sostiene que el autor inglés modificó la vida incluso de quienes jamás le prestaron atención. “Pertenece a esta época. El mundo que creó es obsceno y elevado, vulgar y etéreo, maravilloso y vil, lleno de confusión y de repentinas epifanías, tan complejo y complicado como el nuestro. Si a un chico no le interesan Otelo o Hamlet, probablemente jamás vaya a interesarle ningún otro personaje de libro o videojuegos”, comenta. 

No debe ser fácil lidiar con su reputación de denso a la hora de enseñarlo.
No estoy de acuerdo con que los jóvenes tengan problemas en leerlo. Todo lo contrario. Si uno enseña Kafka, tal vez solo un cuarto de los alumnos lo entienda, y solo a un diez por ciento le va a gustar. Pero casi todos captan el atractivo de Macbeth y su misterioso asesinato. Lo más difícil de entender sobre Shakespeare es que la suya era una cultura absolutamente popular, durante su propia vida y durante las décadas posteriores.

¿No es pretencioso decir, como explica en su libro, que no habría Obama sin Otelo, ni DiCaprio sin Romeo?
La gente solo entiende las historias que dejan una huella en su cerebro. DiCaprio, como concepto de ídolo de la adolescencia, realmente tiene su origen en Romeo. En la Edad Media no había adolescentes, había chicos y hombres. Shakespeare inventó la idea de esa preciosa fase intermedia como lugar apropiado para las más poderosas concepciones del amor. DiCaprio definitivamente ocupó esa posición. Obama es un caso diferente. Pero cuando leemos qué tan crucial fue el rol de Otelo en la historia de los Derechos Civiles en América, no es de sorprender que el primer presidente negro de los Estados Unidos sea también un outsider.

¿Qué haría Shakespeare hoy?
Fue el maestro de los efectos especiales en lengua inglesa. Quería que la audiencia sintiera cosas. Así que me imagino que estaría trabajando en donde se generan los efectos especiales más sostenibles: en cine y televisión. Podría ser alguien como Spielberg.

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De "El rey león de Disney" ("Hamlet") a "House of Cards" ("Macbeth" y "Ricardo III") y "Orange Is The New Black" ("Rey Lear"), Shakespeare está abonado a la pantalla. “Es tal el sentimiento por Shakespeare que siempre que me encuentro con jóvenes actores los animo a que trabajen con él para abrir la imaginación y la sensibilidad hacia todas las cosas. Shakespeare es una tierra de total libertad que te conduce a lugares desconocidos de ti mismo”, explicó cierta vez Al Pacino. En agosto del 2015, el inglés Benedict Cumberbatch encaró a los fanáticos que lo esperaban a la salida del teatro Barbican de Londres, en el que representaba Hamlet: “Es humillante y no hay nada menos agradable como actor que experimentar en el escenario las luces de sus teléfonos móviles grabando, molestando y distrayendo al elenco”. Cumberbatch venía de ser nominado al Óscar por "El código enigma", pero era con Shakespeare —autoridad máxima para legitimar la destreza actoral— con quien necesitaba reivindicarse desde las tablas. A Shakespeare se vuelve luego de éxitos inflamables, de taquilla arrolladora, pero contenido tirando a anémico. Mel Gibson hizo Hamlet dos años después de "Arma mortal 2", DiCaprio aceptó filmar una versión de "Romeo y Julieta" poco antes de firmar contrato para "Titanic".

— Hasta en los bares —
Como espectador, una de las experiencias más shakesperianas posibles sucede cada verano en el Central Park de Nueva York. "Shakespeare in the Park" se representa al aire libre desde 1954. Su origen es curioso: hace más de medio siglo el productor Joseph Papp comenzó a montar allí, desinteresadamente, obras del dramaturgo. En 1959 le exigieron que cobre arancel para cubrir los gastos de erosión del césped. La discusión llegó a la Justicia. Corolario: el parque tuvo que ceder a la terquedad de Papp y le construyó un anfiteatro, el Delacorte Theater, que es una de las joyas mejor escondidas en el corazón de Central Park. Shakespeare in the Park es gratis, pero obtener tickets es una aventura. Mucha gente duerme a la intemperie en una fila en la que se alternan homeless con sus bártulos, estudiantes con sus libros, amas de casa con sus tejidos o yuppies con su tecnología. Si se tiene suerte, ese mismo día uno puede encontrarse sentado a tres metros de Meryl Streep, Martin Sheen, Al Pacino, Christopher Walken, Morgan Freeman, Michelle Pfeiffer o John Lithgow mientras ellos van dejando los huesos en cada línea de texto en ese escenario mágico de noche estival por el que cada temporada circulan 80 espectadores.
    Cada vez que alguien afirma que el amor es ciego, que es mejor ser rey de sus silencios que esclavo de sus palabras o que algo hace mucho ruido y pocas nueces, ahí está Shakespeare. Cuando decimos que se nos trabó la lengua, que algo fue tomado a la ligera, que estamos en aprietos, que anoche no pegamos un ojo o que se nos pusieron los pelos de punta, ahí también. El escritor Carlos Gamerro recuerda a Oscar Wilde cuando dice que la vida copia a Shakespeare tan bien como puede. “Vivimos en el mundo que él creó para nosotros, representamos los personajes que él hizo a nuestra imagen y semejanza”, cuenta el novelista.

¿Tiene algún secreto su vigencia?
Es tan difícil generalizar sobre Shakespeare como generalizar sobre la vida. Algunas de sus obras transcurren en contextos históricos precisos: la Roma de Julio César, la Inglaterra de Enrique IV. Pero hay otras, como La tempestad, que podrían transcurrir en cualquiera de las modernas fábricas de sueños de Hollywood. Wilde, Borges y Harold Bloom, cada uno a su manera, han sugerido que es la realidad la que copia a Shakespeare. Por eso no queda atado a ninguna época determinada, sino que cada época, para inventarse a sí misma, debe convertirse en una puesta de Shakespeare. El teatro isabelino cumplía la misma función que el cine y la televisión entre nosotros: enseñaba a pensar, a sentir, a relacionarse. Shakespeare es el fantasma que reaparece en cada generación para decirnos lo que debemos hacer y lo que debemos ser.

Algunos dicen que hoy vagaría con imagen cool y que sería un ídolo entre los adolescentes. El artista estadounidense Mathew McFarrel lo ilustró como un superhéroe en "Super Shakespeare", y como el rebelde fresco. Trabaja por encargo de los festivales dedicados a la memoria del dramaturgo que se llevan a cabo en todo EE. UU. y que buscan atraer a un público nuevo y joven. McFarrell nos cuenta sobre las pistas visuales que contienen sus obras: "Tattooed Will" tiene el brazo tatuado con la bandera de Dinamarca y una serpiente transformada en estandarte con “Ser o no ser”. Arriesga desde su estudio en Ohio: “Si tuviera que adivinar qué clase de encarnación sería el Bardo en el siglo XXI, me inclinaría por el actor, rapero y guionista estrella de Broadway Lin-Manuel Miranda. Pero el atractivo universal de Shakespeare trasciende toda moda, tiempo y cultura”.
    Shakespeare revive en los cómics "Kill Shakespeare" —donde personajes como Hamlet, Julieta, Romeo, Otelo, Falstaff y Puck se enfrentan a Lady Macbeth, Yago y Ricardo III— y en "No Holds Bard", interpretación literal escrita en pentámetros yámbicos por el guionista histórico de Marvel, Eric Gladstone, la idea de que Shakespeare era un superhéroe ya en la Inglaterra isabelina en la que transcurrió su vida. También, en decenas de juegos de PC y PlayStation. La editorial Penguin lanzó hace unos meses cuatro obras de Shakespeare en lenguaje de WhatsApp: "Romeo y Julieta" o "Sueño de una noche de verano" “escritas” en soporte de mensajería instantánea y con mensajes flacos de palabras y llenos de emoticones y abreviaturas, que explican la trama a través de emojis. 
    Para estrategias debatibles, las de varias salas alternativas de Nueva York, que cada fin de semana proponen entender y transformar la experiencia shakesperiana en algo más inteligible y divertido ayudándose con unos chupitos de whisky o pintas de cerveza. New York Shakespeare Exchange, Shakesbeer, Shotspeare, Drunk Shakespeare y Three Day Hangover son, según sus responsables, “un vehículo para enganchar a nuevos públicos con el teatro clásico de un modo no convencional”.
    A Shakespeare no lo iban a escuchar los ricos, sino los pobres que se pasaban cuatro horas de pie, tomando alcohol, y que en el mejor de los casos terminaban durmiendo en el mismo teatro. Hoy, si una función en Broadway sale más de 80 dólares, las montadas con y para borrachines cuestan apenas unos 10 o 15. Argumentan que Shakespeare lo hubiera aprobado. Lo decía Macbeth hace 400 años: “La bebida, señor, es un gran provocador”.


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