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Woody Allen: ¿escuchamos las notas finales del director?

Woody Allen inicia una de sus últimas temporadas como músico. Nosotros estuvimos en uno de sus shows. Esta es la crónica

Con la mirada en el vacío y el paso lento del más resignado de los hombres, Woody Allen sube al pequeño escenario del café Carlyle sin saludar a nadie. A solo cinco metros de él, intento hacerle el primer retrato con una cámara semiprofesional esquivando la tenue oscuridad de esta íntima sala de conciertos. Woody no prohíbe las fotografías, pero sí el uso del flash.  Ya sentado sobre una rústica silla de madera, el director más prolífico de estos tiempos hace una veloz reverencia al público y se acomoda los audífonos antes de comenzar la función en este local subterráneo situado dentro de un lujoso hotel en el este de Nueva York.

Allen, lo comentan todos los trabajadores de este lugar, se está quedando sordo. A pocos días de iniciar la promoción de su última película Café Society, Woody se resiste al retiro y continúa con sus temporadas tocando el clarinete con una orquesta de Nueva Orleans. Tiene ochenta años, medio siglo en el cine, cuarenta y cinco largometrajes filmados y un sentido del oído que ha comenzado a apagarse. Ya alguna vez demostró que podría ser un realizador de películas con ceguera como en Hollywood Ending, pero el terror por perder su capacidad auditiva ya lo expresó con incontrolable paranoia en la premiada Hannah y sus hermanas. Exponente a tiempo completo de todas las fobias en sus guiones, quizá Woody Allen no quiere imaginarse cómo será el día que su estrepitosa vida se convierta en una irónica escena de cine mudo.

Allen y la Eddy Davis New Orleans Jazz Band en la municipalidad de Roma, tras el estreno de su película

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Desde hace más de dos décadas, Allen elige algunos meses del año (este 12 de setiembre se anuncia el inicio de una nueva temporada hasta el 12 diciembre) para tocar con la Eddy Davis New Orleans Jazz Band en el Carlyle. Siempre los lunes, siempre de nueve a once. En las afueras de este hotel no hay luces de neón que adviertan la presentación, tampoco hay campañas de publicidad en el centro de Times Square ni en las metálicas paredes del Metro. Es posible vivir aquí por años sin saber que el director de cine más excesivo y abundante de la historia ofrece breves temporadas con el jazz más artesanal y exigente. En una ciudad donde todo se grita y todo se vende con luminosos anuncios interactivos, las presentaciones de Woody Allen mantienen la silenciosa sutileza del placer escondido.

Nació como Allan Stewart Konigsberg, pero se rebautizó a los 17 años como Woody Allen en homenaje a Woody Herman, un incansable clarinetista de los años cincuenta. Casi todas sus películas transitan al ritmo de un instrumento de viento, al compás del jazz más rudimentario. La música de Nueva Orleans es más que un pasatiempo para el director de Zelig. Su disciplina al intentar arrancar armonías sostenidas al difícil clarinete es una incurable obsesión.  Cuando ganó el Óscar a mejor director por Annie Hall en 1978, Allen no fue a recibir su estatuilla porque en esos años la premiación de la Academia se celebraba los lunes por la noche. Y para Woody los lunes son para tocar en algún bar neoyorquino. Ese día, algunos periodistas lo esperaron afuera del Michael’s Pub en vano porque él tomó un taxi hacia su departamento en la Quinta Avenida sin decir una sola palabra.

A pesar de una fugaz lluvia, sigue siendo una noche de verano caliente en Nueva York. Han pasado casi cuarenta minutos de concierto y un acalorado Woody Allen se ha abierto algunos botones de una camisa celeste de oficina. Después de un prolongado solo para cerrar una de las canciones, el cineasta de Brooklyn parece querer entregarse a una reponedora siesta. Esa sensación de verlo dormido por unos minutos desaparece cuando toma aire, suelta los brazos, cierra los ojos de nuevo y hace el mejor esfuerzo para escuchar el saxofón y la trompeta, instrumentos que al unirse al clarinete componen la llamada santísima trinidad del jazz. Y si bien Allen es ateo, ese momento de descanso para oír tocar a sus compañeros es lo más cercano que tiene a una religión.

Cuando ganó el Óscar a mejor director por

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El encargado del ingreso me advierte con cortesía que conseguí reservar el penúltimo espacio disponible para esta noche en el centro de la barra del bar. Es difícil encontrarse con un concierto de Woody Allen. La única forma es estar pendiente de cada actualización en la página web del Carlyle y así confirmar que habrá temporada de la Eddy Davis New Orleans Jazz Band. Un asiento cuesta entre 165 y 215 dólares —con un consumo mínimo de 75 dólares—, el cover del bar (para ver el concierto de pie o en la barra) cuesta 120 dólares —consumo mínimo de bebidas y comida por 25 dólares— y la hora máxima de llegada es las 8:45 de la noche. Según el cartel pegado en la puerta de emergencia, aquí no entran más de cien personas. Solo ocho mesas y unas diez sillas en la barra, el piano ocupando casi todo el escenario, los micrófonos ausentes e innecesarios.

Uno de los administradores del recinto repite sin hacer mucho aspaviento las razones de un posible adiós del Allen músico. Los mozos del lugar repiten los mismos argumentos mientras sirven caviar y champagne en las mesas. La edad y los problemas de audición. El día que este ganador de cuatro premios Óscar estrenó Café Society, su último largometraje, en el Festival de Cannes, protagonizó lo que podría ser un gag de una de sus películas. Le preguntaban reporteros de todo el mundo en distintos idiomas o en un inglés impreciso y Allen le pidió ayuda a uno de sus actores, Jessen Eisenberg, quien improvisó como traductor. “Perdonen. El problema son los audífonos. Ya tengo un audífono puesto y sobreponer otros audífonos hacen que no pueda escuchar nada”, explicó, despertando carcajadas. Para Woody Allen, hombre de extremos, no existen fronteras entre el exceso para atraer miradas y una aparente necesidad de pasar inadvertido. Hace 50 años, antes del estreno de su primera película What's Up, Tiger Lily?, peleó con un canguro dentro de un set de televisión en vivo y en directo. Ahora su leve  sordera, mantenida en reserva por sus más cercanos, fue presentada a nivel mundial en una concurrida conferencia de prensa.

Más que un clarinetista virtuoso, Woody Allen es esforzado, terco y tradicional. Por ratos, su instrumento no está al ritmo de la banda y en algunos de sus solos es evidente que tiene que hacer un doble desgaste para arrancarle notas al clarinete y que su soplo no muera en la impotencia del sonido imposible. En las mesas algunos tratan de disimular una burla al gran maestro del cine contemporáneo. Allen no se perturba e insiste. Y aquí la descompensación sonora no es por la edad, ni por el mal de oído. Woody Allen tiene en sus manos un clarinete Albert System, un instrumento que no se fabrica desde los inicios del siglo veinte y que mantiene la tradición del jazz de Nueva Orleans. Es el tipo de clarinete que usaba su ídolo musical, George Lewis.

Wild Man Blues es el nombre del documental que grabó hace casi 20 años Barbara Kopple, donde seguimos a Allen en una gira por Europa. Allí aparece el admirado director entre perdido y confundido por los hoteles más costosos del Viejo Continente y viajando sobre una góndola en Venecia. Desconcertado y feliz, Allen navega tranquilo por lugares que nunca lo reciben como si fuera un extranjero. Los auditorios que aparecen en el documental contrastan con la intimidad de esta noche en el Carlyle. Allen, como músico y cineasta, siempre ha tenido más taquilla fuera de Estados Unidos. Cafe Society no tendrá colas en las salas de Manhattan, pero sí llenará butacas en Roma, Berlín o París. Afuera del Carlyle solo hay dos autos estacionados y la gente que camina por los alrededores solo busca encontrar abierta alguna tienda de ropa de la avenida Madisson, al frente del hotel.

En las mesas de este café-bar también hay más turistas que neoyorquinos. Nadie quiere que termine este recital. Woody Allen mira el reloj, guarda el clarinete y se despide en voz baja como si estuviera pidiendo perdón. Dos jóvenes japonesas se derrumban en llanto al ver en sus celulares el registro de las fotos que se tomaron con el director-músico en el hall del hotel. Es difícil pensar que ese hombre decaído y triste esté por comenzar con la agitada promoción de su última película y que en los próximos meses inicie la grabación de otra con Justin Timberlake y Kate Winslet. Es casi imposible aceptar, también, que ese oído ha comenzado a traicionarlo hasta alejarlo del clarinete. Ojalá que dentro de ese frágil y envejecido individuo aún viva ese escritor incansable que filma un largometraje por año. Ojalá todavía pueda escuchar a quienes piden un concierto más. Ojalá nos siga engañando a todos.

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