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Ficción: "Costra", por Juan Carlos Cárdenas

Un capítulo del debut literario de Juan Carlos Cárdenas.

"Costra", por Juan Carlos Cárdenas

[Ilustración: Manuel Gómez Burns]

Manuel Gómez Burns

                   (El asombroso Piter Parker, vol.2)
                                Un deseo de libertad

El padre de Piter Parker fue asesinado por los militares o los terrucos en la guerra, antes de que él naciera. A su madre le pasó lo mismo semanas después de darlo a luz. Fue alimentado por una “madrina”, una extraña que le daba de lactar, contratada por sus tíos. Él no sabía quiénes eran los militares ni los terrucos, no conoció el holocausto civil en forma directa, y cuando le pidió a su tío Ben que le explicara quiénes eran, este le respondió: Son la misma huevada, mihijito, unos reconchasumadres.

Piter Parker y sus tíos se mudaron a la ciudad buscando mejores oportunidades, en el pueblo solo había cerros, plantas, animales y una iglesia. Aunque el lugar era hermoso, la vida ahí era algo incomprensible. Entre las extrañas costumbres de sus tíos, los sermones del cura y las series de televisión, Piter Parker entendió que pertenecía a un mundo bastardo y amorfo. Los vestigios de rituales asombrosos solo lograban confundirlo y lastimarlo. Estos no eran bien vistos, eran considerados como “cosas de salvajes”. Nunca llegaría a comprenderlos ni asimilarlos, y si lo hacía alguna vez, el mundo lo vomitaría por ser así. Por eso, el niño de mejillas rosadas disfrutaba de distracciones simples y fabulosas como ver crecer el ichu entre el silencio sepulcral de las montañas. Ben y Mey nunca tuvieron hijos, Mey no podía, había sido violada por los terrucos y los militares hasta el cansancio. Le desgarraron el útero cuando le metieron un fusil entre las piernas.

Sus tíos consideraban a Piter Parker como un hijo y querían para él una mejor educación de la que ellos recibieron, querían salir de ese pueblo estancado en el tiempo y la nada. Cuando llegaron a la ciudad, se instalaron en el norte, en un vecindario de regular peligrosidad y gran pobreza. La vida siguió como debía seguir, impulsada por su misma inercia. Era lo de siempre, sin muchos contratiempos, solo los interminables problemas económicos, nada nuevo. Acné, pajas, amor o la idea del amor. Pero esto se interrumpió cuando cursaba el quinto año de secundaria, una mordedura de araña en su colegio le cambió el rumbo a su ordinaria existencia.

Los Ministerios de Salud y Educación tenían un convenio con un gran laboratorio gringo al que le permitían usar las áreas de enseñanza de los cursos de Física y Química para la producción de unos nuevos medicamentos. Lo hacían fuera del horario escolar y solo en los colegios estatales, por supuesto. Una estrategia para reducir los costos en la producción de medicinas experimentales que ayuden al tratamiento de enfermedades pandémicas en Asia, África y América Latina, le explicó uno de los ejecutivos gringos al ministro de Educación. Este fingió interés por el tema y tomó el cheque que le alcanzaban fingiendo desinterés. Lo que no dijo el yanqui es que las enfermedades pandémicas eran cultivadas por el mismo laboratorio, aunque eso tampoco le importaba a nadie.

El Centro Educativo N.° 7072 estaba incluido dentro del convenio entre el laboratorio y los ministerios, y la araña que mordió a Piter Parker, además de venenosa, estaba modificada genéticamente. Su ataque le causó una desagradable necrosis y le dio habilidades especiales. Piter Parker adquirió una velocidad, agilidad y fuerza notablemente superiores a las del humano promedio. Aunque le salieron ventosas en las manos, no se podía quejar, nunca había estado tan bien. En el colegio ganó popularidad, ya que antes solo era “el chico raro de la clase”. Solía llevarse alacranes y viudas negras en envases de vidrio al salón. Los cazaba por su casa, con el único amigo del barrio que tenía. Los matones no solían meterse con él, tal vez por lo raro que les resultaba, pero sí con sus amigos, un par de nerds inofensivos y amables. Gracias a sus nuevos poderes, Piter Parker logró enfrentarse a los abusivos, partiéndoles la madre cada vez que estos jodían a sus patas. De esta forma, ganó una buena reputación, respeto de los chicos y admiración de las chicas. En la universidad, estudió Ciencias Biológicas, estaba interesado en la biotecnología y la manipulación genética incluso antes de la mordida de la araña. Le interesaban las cosas que solo a los ‘marcianos’ les suelen interesar. Con sus nuevas habilidades y experiencias, su confianza en sí mismo mejoró y tuvo su primera enamorada a los dieciocho años. Pero esta relación no duró mucho, interrumpida por las nuevas actividades en las que Piter Parker se vio envuelto.

Costra, por Juan Carlos Cárdenas

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Difusión

NARRATIVA

Costra

Juan Carlos Cárdenas
Editorial: Animal de Invierno
Páginas: 176
Precio: S/39,00

Para ayudar económicamente a su tía Mey y a su tío Ben, que cada día estaban más viejos, obtuvo un trabajo de fotógrafo a medio tiempo en un conocido diario de la ciudad. Pero eso no interrumpió su relación amorosa sino la súbita muerte de su tío Ben, la cual cambió todo. Ocurrió un día cualquiera, cuando este hacía cola para comprar leche y pan en un Mercado del Pueblo. Eran tiempos difíciles, la miseria y la muerte rondaban entre la hiperinflación, el desempleo, la delincuencia y el terrorismo. A un policía ebrio le molestó que Ben le reclamara por colarse en la fila, así que le metió tres balas en la cara. Fue noticia nacional porque hubo varios testigos. Metieron al tipo en la carceleta del Poder Judicial y fue puesto en libertad al tercer día. El agente trabajaba para Caracol, un conocido y bien relacionado mafioso que controlaba el negocio de la cocaína en el puerto de la ciudad, entre otras cosas.

Este suceso marcó a Piter Parker, quien entendió que la justicia no existía y que, en su lugar, estaba el atropello de los más débiles. Rememoró la muerte de sus padres en manos de los militares —o los terrucos—. Son la misma huevada, mihijito, unos reconchasumadres, le había dicho el tío Ben en alguna ocasión. ¿Quiénes eran los buenos y quiénes los malos? Los rígidos valores morales con los que había sido criado no funcionaban en esa realidad. Un gran poder implica una gran responsabilidad, mijito, le solía repetir su tío con ilusión e ingenuidad cuando le hablaba de cómo las nuevas fuerzas políticas reestablecerían el orden social. Pero quienes mataron a sus padres y a su tío se cagaban en el poder y su relación con la responsabilidad. Por eso, ahora que tenía superpoderes, las cosas cambiarían para Piter Parker. Decidió hacer justicia por sus propios medios. Entonces, la pregunta afloró: ¿quién debía pagar por el daño hecho? Una larga lista fulminó su cerebro al meditarlo. Caracol, el policía corrupto, la pantomima de Poder Judicial, el Estado, la sociedad entera...

Así fue como Piter Parker, aún adolescente, vistió su prototraje de superhéroe por primera vez. Unos pantaloncillos licrados color azul marino de su tía Mey, la vieja chompa gris de su uniforme escolar único, sus únicas zapatillas de lona marca Tigre y un pasamontañas negro del tío Ben. Habían pasado cuatro días desde que liberaron al policía que mató a su tío, cuando a la mañana siguiente, los titulares de los principales diarios amarillistas de la ciudad dieron fe de su hazaña. “Tombo corrupto muere tolaca en su casa”. “Caracol muere acuchillado en lujosa mansión de barrio residencial”.

De esa forma, Piter Parker asumió el trabajo de superhéroe casi a tiempo completo y sin paga alguna. Su idea de hacer justicia se había extendido por toda la ciudad. En menos de un año perdió a su enamorada, quien no soportó sus misteriosas y constantes ausencias; perdió la beca que tenía en la universidad, debido a sus inasistencias; y en el trabajo, a causa de sus desapariciones, recibía, además de insultos, menos dinero.

El tiempo pasó y una mortal ruina lo embargó, dejó de sentir aquella satisfacción que experimentaba al hacer justicia. O no entendió que la justicia, o eso que él llamaba justicia, era solo el placer enfermizo que obtenía asesinando otros seres, aquellos que consideraba abominaciones. Sin embargo, era un placer incompleto, disfrutaba solo dentro de los parámetros que su moral le permitía. Su mente era una prisión, incluso dentro de sus perversiones, donde quizás debería ser liberada. Realizó un autoanálisis y concluyó que era un superhéroe misio, sin enamorada y con los poderes de una araña. Esta realidad lo hizo reflexionar sobre qué pasaría si descartaba el estúpido axioma impuesto por su tío, ya que realmente, en ese mundo material, él no tenía ningún poder en absoluto.

Juan Carlos Cárdenas

Juan Carlos Cárdenas

Archivo

Juan Carlos cárdenas (Arequipa, 1982)

Aunque la vida laboral de Juan Carlos Cárdenas gira actualmente alrededor del marketing, se puede afirmar que nunca ha dejado de escribir. Ni ahora ni cuando trabajó como chofer de carga, vendedor de teléfonos móviles u organizador de conciertos de rock under. Estudió Literatura en San Marcos y esta es su primera novela. Vive y reside en Lima. Escribe en todas partes.

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