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"La fiesta del humo", por Luis Hernán Castañeda

Un pasaje de la última novela de Luis Hernán Castañeda, reeditada por Peisa

La fiesta del humo, por Luis Hernán Castañeda

La fiesta del humo, por Luis Hernán Castañeda

En agosto de 1990, mi hermano menor viajó a Lima por primera y última vez. Cinco meses después, el 2 de enero de 1991, lo encontraron muerto en una zona de las afueras conocida como los Pantanos de Villa. Cuando se fue a la capital, Lucas tenía veintiocho años y alquilaba un departamento en el jirón Bolívar, no muy lejos de la iglesia de La Merced. Podía mantenerse sin problemas gracias a cachuelos periodísticos y horas de enseñanza en la Universidad Nacional de Trujillo. Una carga de trabajo ligera, que le permitía dedicar las mañanas y los fines de semana a escribir una novela titulada "Hotel Europa", que ha quedado inconclusa. Muy poco sabíamos sus parientes de las razones que llevaron a Lucas a escribir esa estrambótica novela que hoy tengo en mi poder. Razones tan oscuras como el enigma de su vocación literaria, que le nació en la adolescencia y siempre mantuvo en privado, detrás de la sonrisa franca que conservaba de la niñez. Su relación con nuestros padres era cercana: nunca, al menos, faltaba a los almuerzos dominicales en la casa de Pacasmayo. Ellos no se enteraron del viaje a Lima hasta que Lucas los llamó desde allá e hizo un comentario, que quizá fuera un desliz, sobre el intenso color azul de las aguas de los Pantanos de Villa. Referencia que, por el lugar aludido y por su tono poético, a ellos debió resultarles arcana y hasta preocupante. 
    Conmigo tenía un vínculo más distante. Resulta lógico que así haya sido, ya que viví en el extranjero entre el 88 y el 92. En Montreal, Canadá, ciudad en la que primero conseguí establecerme gracias a un programa de empleo veraniego, y en la que después me fui quedando porque regresar no era una opción. Más allá de las obligatorias llamadas de cumpleaños, lo único que nos unía eran los recuerdos. Pero hace cosa de un año que he vuelto a residir en mi país, aunque no en mi ciudad natal sino en Lima, y en estos meses de soledad obligada se me ha dado por pensar en muchas cosas. Por ejemplo, si hay algo que lamento de haber estado lejos por tantos años, es el haberme perdido etapas cruciales en la vida de mi hermano, durante las cuales definió su camino y se hizo adulto. Ahora que he regresado tengo la oportunidad de pensar en su vida, quizá con más intensidad y dedicación que nunca, puesto que mi actual empleo como profesor de colegio me permite disfrutar de muchas horas libres. Otros profesores se quejan del trabajo, las clases, las correcciones y los alumnos; yo, como buen métèque que he sido, estoy bastante satisfecho con mi situación actual. Es por las tardes y por las noches que he empezado a redactar estos recuerdos y divagaciones sobre Lucas. Los escribo con la ilusión de obtener claridad sobre sus días finales, ilusión que persigo con una esperanza tibia. 
    Mi vida era más complicada en enero de 1991, cuando mi madre me llamó por teléfono para contarme que mi hermano había sido encontrado en las inmediaciones de una urbanización llamada La Encantada, que queda al sur de Lima. Al principio no entendí si el hecho había ocurrido en una playa o en un pantano, o quizás en una mezcla o frontera entre estos dos espacios. Al principio no entendí gran cosa. Después he ido entendiendo, no sé si lo suficiente. Tampoco me dolió mucho, pero era por el shock, pues luego una tristeza desesperada me sacudió entero y me mandó a una borrachera de varios días. De eso no es necesario escribir aquí; mis noches patrullando la avenida Sherbrooke son otra historia. Una historia de inmadurez y desolación. Lo importante es que el cuerpo de Lucas fue descubierto muy temprano por la mañana por un corredor, vecino de La Encantada, que notó la presencia de un bulto sobre la arena. Siempre he querido saber quién era ese hombre, pero esa información no van a dármela. Como había neblina, esa maldita brouillard del infierno que nos embota el corazón, el hombre creyó que se trataba de un bufeo varado o algún otro animal marino, y solo al acercarse pudo comprobar que se trataba de un ser humano. El parte policial señala que el cuerpo de mi hermano tenía un orificio de bala en el estómago. Lucas tenía puesto un jean y un polo azul, no llevaba medias ni zapatos, y en su billetera faltaban el dinero y las tarjetas de crédito. Además, cargaba una pistola que no estaba registrada a su nombre y cuya procedencia no pudo ser determinada. No había alcohol ni drogas en su organismo; estaba completamente limpio, fórmula usada por los policías que hizo llorar a mis padres como si se tratara de una segunda muerte.
    Desde entonces no hemos tenido paz. La investigación se prolonga con calma y crueldad, pero sin arrojar aún ninguna luz sobre el caso. Nada indica que las circunstancias del homicidio, término que la policía utilizó desde el inicio, vayan a ser aclaradas en el futuro cercano. Mi familia ha perdido la fe que alguna vez tuvo, aunque fuera mínima, en los canales oficiales, y ha recurrido a los servicios de un investigador privado que tampoco ha sido tan eficiente como se esperaba. Yo en ese tipo nunca confié, para ser sincero. Sin pensar demasiado ni en el caso ni en nosotros, el investigador sugirió que podría tratarse de un robo a mano armada realizado por delincuentes comunes: un robo con un pésimo final. La hipótesis era respaldada por la presencia, en la zona donde fue hallado Lucas, de asentamientos humanos que suelen causarles problemas a los vecinos de La Encantada. Respuesta simple, quizás certera, pero dicha con un desánimo que rechacé visceralmente. Mi hermano no es solo un trámite más en la vida cotidiana de un pobre detective. Cuando mi madre me habló de esta posibilidad protesté, acusando al investigador de pacotilla de disculpar su ineficiencia con especulaciones racistas. Ella me cortó porque no era el momento para mis análisis sociales. 

Novela: La fiesta del humo
Autora: Luis Hernán Castañeda
Edición: Peisa
Páginas: 280
Precio: S/ 48.00

Vida y obra: Luis Hernán Castañeda  (Lima, 1982)
Es narrador y profesor de Literatura Hispánica en Middlebury College, Vermont, Estados Unidos. Ha publicado el libro de relatos "Fotografías de sala" (2009), y las novelas "Casa de Islandia" (2004), "Hotel Europa" (2005),  "El futuro de mi cuerpo" (2010), "La noche americana" (2011), entre otros. Además, muchos 
de sus cuentos han aparecido en diversas antologías locales e internacionales. 

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