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Fragmento de "La voluntad del molle", de Karina Pacheco

Un pasaje del segundo capítulo de la primera novela de Karina Pachecho, reeditada por el FCE.

Fragmento de La voluntad del molle, de Karina Pacheco

Fragmento de La voluntad del molle, de Karina Pacheco

No hicimos aspavientos al entrar en su habitación. Sonreíamos como quien se adelanta para una travesura inocua y aún mantiene la mirada límpida como para fijarse que el suelo está cubierto por una leve pátina de polvo. Elisa se dio tiempo para decir espera, buscar un trapo y despejar la parte del suelo sobre la que nos reclinaríamos, y tuvo tiempo incluso para comentar que sería bueno contratar a una empleada que nos ayudara con la limpieza de la casa. Finalmente abrimos las puertas del armario y nos arrodillamos sobre el suelo. Mi hermana se agachó y alargó un brazo. Extrajo primero la bolsa con los zapatos de papá. Me la pasó y recuerdo con claridad la desolación que se apoderó de mí al tomarla. Ella se quedó mirándome un momento. Luego volvió a reclinarse sobre sus rodillas y con más esfuerzo comenzó a sacar varios pañolones y al final ese baúl rojo, repujado con flores y hojas de cobre.
    —Ya está —dijo resuelta—. Ahora hay que ver con qué reventamos estos candados, pues no creo que en casa haya ninguna llave tan pequeña que case con estas cerraduras. 
    Se irguió y sentí cómo bajaba con premura por las escaleras para luego abrir y cerrar cajones en la cocina. Yo deposité la bolsa de zapatos sobre la cama de mamá y levanté el baúl. Pesaba. Empecé a sacudirlo y oí el ruido de papeles y objetos mezclándose. Entonces lo volví a dejar sobre el suelo. Tal vez allí dentro hubiera cosas frágiles. En ese momento vi a mi hermana en la puerta. Tenía la mirada congelada mientras sostenía un destornillador en una mano y un cuchillo en la otra.
    —No me mires así —le dije sonriendo—. En esa pose y con esos ojos parece que me vas a matar.
    Ella sonrió y se acercó al baúl. Fuimos cambiando las puntas del destornillador hasta que dimos con una lo suficientemente delgada pero sólida que consiguió romper el primer candado, y con ella también rompimos el segundo. Ya me disponía a abrirlo cuando Elisa me detuvo.
    —Todavía estamos a tiempo de quedarnos con la duda, arrojar este baúl al basurero y asunto acabado —señaló, en un tono fatal que indicaba que hablaba por hablar, quizás por si acaso.
    —No. Sabes bien que no vamos a quedarnos con la duda —le dije. Y como para cortar el temor que parecía haberse apoderado de ella, agregué—: Y en cualquier caso, jamás te permitiría tirar al basurero un baúl tan bonito.
    Volvió a sonreír. Se parecía tanto a mi madre. Era su clon. Mi padre y todos mis tíos lo decían. Recordé entonces la última noche de carnavales en Urubamba. Elisa volvió de una fiesta con varias copas de más y trastabilló con todos los objetos que halló a su paso. Mamá se levantó y la ayudó a ponerse el pijama. Cuando ya la estaba dejando acostada, mi hermana la quiso abrazar.
    —Espero ser tan buena como tú, mami —le dijo.
    —¡No! ¡No digas eso! Ojalá tu vida sea muy distinta a la mía —esa fue su respuesta. La dejó con el abrazo extendido y se retiró rápidamente de nuestra habitación. 
    Ahora contemplaba a mi hermana y, aunque mamá no lo quisiera, era difícil que su futuro fuera muy distinto al suyo, pues por azares de la genética sus personalidades eran muy semejantes. En los últimos meses, yo había ido descubriendo que más allá del impresionante parecido físico que ambas guardaban, compartían también gestos, cuestionamientos, la misma manera de abordar la vida: con gran temor, pero al mismo tiempo con resolución llegado el momento.
    Abrí la caja y contrariamente al olor de moho que esperaba hallar, fue de naftalina el aroma que se esparció. Elisa destapó el chal azul que cubría la superficie y entonces nos encontramos con algo que jamás hubiésemos imaginado.
    Lo primero que sacamos fue un frágil papel en el que destacaba el logo del correo. Mi padre era un maniático de la conservación de facturas, hasta de las más triviales. Durante algunos segundos imaginé que debajo de aquel folio aparecería la historia de gastos menores efectuados por papá desde que tuvo uso de razón. Supongo que a Elisa le ocurrió lo mismo, pues sonreía mientras elevaba aquel papel hasta la altura de sus ojos. La sonrisa no le duró mucho. Se trataba de la factura de una carta certificada dirigida a la cárcel de máxima seguridad del Cusco. La fecha del envío correspondía a dos semanas previas a la muerte de mamá. Mi hermana me miró con la cara absolutamente desconcertada y yo sentí que la mía estaba igual, más aún por el hecho de que jamás habíamos oído el nombre del destinatario: Alejandro Ramírez.
    Sin apenas intercambiar palabras, procedimos a abrir el sobre que aparecía a continuación, enviado a nombre de mamá, pero a la dirección de una casilla postal. Me sentí conmocionada al leer aquella carta, en silencio, dejando que a mi lado Elisa se pudiera enterar de su contenido al mismo tiempo. El papel temblaba en mis manos mientras entendía que ese hombre se dirigía a mi madre con una confianza antigua y con unas palabras cargadas de pasión, señalando cuánto soñaba con volver a tenerla entre sus brazos, a contemplarla mientras dormía, a resucitar el lunar de su cuello adolescente (que hacía varios años un médico le había extirpado). Estas palabras indicaban que no era un amante que hubiera surgido tras la muerte de papá. Y el final de la carta parecía confirmarlo:
    “Querida, solo faltan tres años. Sé fuerte. Por favor, sé fuerte. Nunca lo olvides, le tenemos que ganar a la vida todo lo que nos fue arrancado. Siempre tuyo: Alejo”.
    En ese momento y aún hoy, tres años son para mí una eternidad. Qué tiempos de distancia habrían afrontado mi madre y aquel hombre como para que hablara de más de mil días por venir como “solo faltan tres años”. Cuando desvié la mirada y me encontré con la bolsa de zapatos de mi padre, se me saltaron las lágrimas. Sentía rabia porque ella lo hubiera engañado, como lo había hecho con nosotras, pero también un sentimiento de tristeza porque no hubiera logrado sobrevivir esos tres años para ser feliz con ese otro hombre que parecía adorarla.
    —¿Qué crimen habrá cometido para estar ahí? —irrumpió mi hermana.
    —Debe de haber sido algo muy grave. Pues no cabe duda de que lleva preso mucho tiempo. Quizás si encontramos más cartas nos enteremos de lo que hizo.
    —A estas alturas, no creo que sea un violador, y lo único que espero es que tampoco sea un estafador… No sé, aunque ella haya mantenido este romance en secreto, no alcanzo a imaginar a mamá con un maldito…
    Dijo esto y comenzó a llorar. Hasta su manera de llorar era igual a la de mamá, ahogada, como luchando por contenerse.
    Había muchas más cartas, al igual que facturas de las que mi madre le había enviado mediante correo certificado desde hacía una docena de años. Fuimos extrayéndolo todo, pero rodeadas por tantos papeles, no sabíamos por dónde empezar. Clasificamos a un lado las cartas de Alejandro y en otro las facturas. Después proseguimos hurgando. Había tantas cosas sueltas... Atada con un lazo a un broche de la tapa interior del baúl, colgaba una llavecita.
    —¿Y esto? ¿Qué abrirá? —preguntó mi hermana.


Novela: La voluntad del molle
Autora: Karina Pacheco
Edición: Fondo de Cultura Económica
Páginas: 268
Precio: S/ 45,00

Vida y obraKarina Pacheco (Cusco, 1969)
Estudió Antropología en la Universidad San Antonio Abad del Cusco  y un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Hace diez años inició su carrera literaria con "La voluntad del molle" (2006)  y luego con "No olvides nuestros nombres" (2008), historia que ganó el Premio Regional de Novela del INC-Cusco. Su novela "El bosque de tu nombre" (2013) recrea la violenta Guatemala de estos días. Es directora de Ceques Editores.


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